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Remigio Rodríguez Rufino, era natural de Riosa, pequeño pueblo de Asturias.
De padres campesinos pobres, pasó una infancia dura y llena de privaciones.
Llegado a la mayoría de edad, dejó su tierra natal en busca de mejores oportunidades. Era ya, para este tiempo, un joven fuerte y trabajador, dispuesto a progresar a costa de cualquier sacrificio.
Pronto se da cuenta que en su país no existe posibilidad alguna de salir de pobre. Menos aún, si toma en cuenta, que dada su edad, es probable que termine alistado en la milicia o enviado al norte de África a alguna colonia, como “voluntario”, de la legión.
Escapa entonces a Portugal, donde consigue embarcarse rumbo al Brasil.
Por fin después de un viaje, que se le hace interminable, y después de haberse pasado días tirado, vomitando, enfermo y sintiéndose un desgraciado, llega a la mítica América. Acá, dicen, el dinero está tirado en las calles.
Lamentablemente para él y pese a reconocer las innegables bellezas del país, sobre todo, la de las mulatas, Brasil, es sumamente caluroso.
No soporta el calor que lo deja tirado y sin ganas de nada.
Continúa entonces su largo periplo, rumbo al sur, en busca de climas más benignos.
Se instala un tiempo en Montevideo, donde se siente mucho mejor.
En uno de sus innumerables cafés, consigue trabajo como lava copas y aprende el oficio de mozo, oficio que más tarde, le servirá, cuando salte el charco y se traslade a Buenos Aires.
En esta ciudad entra a trabajar en una confitería de la Avda.de Mayo, pero ya, con status de mozo experimentado.
Es entonces cuando deja de ser Remigio. Su nuevo apelativo será Gallego.
Que lo llamen de esta forma le desagrada bastante y no pierde oportunidad de recordarles, airadamente, a quienes quieran escucharle, que es asturiano.
Pese a todo, pronto olvida sus protestas, al notar la ofensa de sus patrones, que sí, son gallegos. Se consuela pensando que Galicia, en una época, perteneció a Asturias y por último no son tan diferentes gallegos de asturianos. Malo hubiera sido que lo llamaran a uno andaluz o gitano. Esos tipos que se la pasan dando pataditas en el suelo y revoleando sus manitas al aire, que parecen moros cuando cantan y que mucha navaja y poco trabajo, que a eso si le temen.
Trabaja día y noche como una mula, decidido a juntar hasta el último centavo para poder comprar su propio bar. Vive en una piezucha, que más parece madriguera, en el fondo de un conventillo del barrio sur.
En el inquilinato, conoce a una agraciada joven boliviana, de nombre Rosa Anunciada Mamani, la que un tiempo después, pasa a ser su concubina.
Transcurren para la pareja, algunos meses de algo parecido a la felicidad, al cabo de los cuales, ella le da la desagradable noticia de su embarazo.
Esta noticia lo pone realmente furioso, de sólo pensar en los gastos que se le avecinan, rechina los dientes y se arranca los pelos en espantosos ataques de ira.
Nueve meses después, como la mayoría de los críos, nace Romualdo.
Deberán pasar otros siete años, antes que Remigio pueda hacerse del capital necesario para abrir su primer bar. Le ofrecen entonces un buen local en el barrio de Liniers dando frente a la Avda. General Paz, próximo a la terminal de ómnibus.
En este lugar, ante la persistente insistencia de su esposa, deja de lado su idea inicial de poner un bar-café y termina abriendo un restaurante, con comidas típicas bolivianas.
En los primeros tiempos todo anda bien, el negocio no es del todo malo.
Su mujer se ocupa de la cocina, mientras él atiende las mesas. Cosa ésta no del todo agradable, le molestan demasiado estos tipos que huelen a coca y se maman como locos con cingani o cerveza.
Pasados los primeros meses, Rosa Anunciada, agotada tal vez por el trabajo y la atención del pequeño, cae enferma. Remigio, desesperado por que no puede conseguir un cocinero boliviano, que acepte cobrar el sueldo que pretende pagar, debe hacerse cargo de la cocina.
Una cosa era ser mozo y otra muy distinta ésta, de estar metido allí adentro con tremendo calor y preparando esas comidas extrañas y llenas de picantes.
Hasta esa época, el niño, que ya estaba por cumplir los nueve años, tuvo una infancia feliz, o al menos así la recordara él. Pero, su madre muere y su padre, que era un bruto simple, deja de serlo, para convertirse simplemente en un bruto o peor aún, en un bruto resentido. Resentido sobre todo con su muerta mujer, a la que achaca toda sus desgracias por haberlo llevado a abrir ese horrible boliche.
Para vigilarlo de cerca, según dice, y para ahorrarse un sueldo, hace trabajar a su hijo de lava copas.
El niño se convierte en el blanco de todas las rabietas del padre, con él se desquita de todas sus frustraciones y resentimientos.
Le costaran todavía dos años más, a Remigio, poder desprenderse de ese local.
Abre entonces un nuevo restaurante, éste en el barrio de Las Cañitas, es por supuesto, mucho más elegante y con comensales menos olorosos. De todas formas, no dejan de ser desagradables, éstos son más prepotentes y con grandes humos de gente bien.
Las comidas que cocina siguen siendo una porquería, pero de otro tipo.
Para aliviárselas un poco, asciende a Romualdo a ayudante de cocina. O sea que además de lavar copas y baños, el aún niño, debe preparar gran parte de las comidas.
Transcurren así los años. Cambian los locales y los nombres de los restaurantes. Cambian también los barrios y los clientes, pero Romualdo sigue metido en el lugar que mas odia, la cocina. Está por cumplir los veinte años, ya es el cocinero oficial, pero se ha convertido en un extraño ser.
Bajo de estatura, tirando a gordo, con espesas cejas y tupida barba que no condicen con su rostro aindiado y de marcado color moreno, especie de maloliente nibelungo, que vive entre flameantes hornos y hornallas. Parco en palabras y decididamente hosco, le resulta muy difícil cualquier tipo de comunicación con las personas.
Pese a esto, ante la insistencia de su padre, que no lo ve muy interesado en el tema, se casa con Romina Alderete, jovencita paraguaya, que oficia de mesera. Ésta, pese a su relativamente corta edad, es madre de un niño de unos dos años de edad, al que ha puesto de nombre Roque Remigio.
Pasados unos meses de su casamiento, en cierta oportunidad, encuentra a su padre secreteado alegremente con Romina y a ésta coqueteándole descaradamente. Si bien esto no le produce ninguna molestia, no deja de extrañarle la actitud de ambos. Días después, ve con verdadero asombro, al viejo, siempre tan duro y seco, jugueteando amorosamente con Roque. Ese crío mal educado, llorón y lleno de mocos le resulta sumamente desagradable y a partir de ese momento el desagrado pasa a ser decididamente odio.
No le asombra, en cambio, el día que ve salir a su mujer, acalorada y a medio vestir, del dormitorio de su padre. Pese a la estrechez de su cerebro, algo así estaba imaginando desde hacía ya bastante tiempo. Superando el miedo que siente ante las inesperadas reacciones de ella y a su carácter realmente podrido, se decide a increparla, pensando que es lo indicado en estas circunstancias.
Ella lo paró en seco, diciéndole que a él qué carajo le importa lo que haga ella, que por último Remigio es un verdadero hombre que sabe darle a una, todo lo que una mujer necesita, no como vos porquería que lo único que sabés hacer es pasártela entre las ollas y los sartenes.
Ante esta chorrera de palabras, Romualdo agachó la cabeza y rumiando algunas maldiciones, mientras pensaba en futuras venganzas, marchó a su cocina, especie de ergástulo, donde pasaba sus días, odiando a todos y a todo.
Para ese entonces, Romina, había sido ascendida a adicionista y desde su nuevo puesto manejaba con mano férrea al personal y controlaba con mirada de águila, sobre todo, las ganancias, los gastos y las cuentas bancarias.
No pasaría mucho tiempo, para que Remigio, aquejado de extraño mal, muriera entre horribles convulsiones.
Romualdo, con gran felicidad, ve próximo el día de su libertad, pero, pronto una noticia, que parece una broma cruel del destino, lo hace caer en terrible desesperanza y en gran angustia.
La tal noticia es que ha aparecido un testamento, donde el muerto, reconoce como propio al hijo de Romina, cosa que todo el mundo sospechaba. En el mismo, deja sus bienes, en partes iguales a sus dos hijos, pero, nombrando a la madre del menor, albacea de lo heredado por los dos, hasta la mayoría de edad de este último.
No pocos problemas le causa tratar de entender cómo, de golpe, pasa a ser padrastro de su hermano.
Nuevamente, agachando la cabeza, vuelve a su trabajo habitual. Cada vez más hosco y reconcentrado, aguantando además los malos humores y constantes reprimendas de su mujer, que ahora actúa, tiránicamente, como dueña absoluta del boliche.
Roque, que no hace absolutamente nada, se dedica a basurearlo cada vez que se cruzan, lo llama gordo boludo y se ríe descaradamente de él.
De golpe, ocurre un trágico e inesperado hecho. Faltando poco tiempo para que Roque cumpla la mayoría de edad, éste, su madre y treinta parroquianos que cenaban esa noche en el restaurante, mueren con los mismos raros síntomas, con que falleciera tiempo atrás Remigio.
Este extraño caso, llama la atención de la policía y de jueces varios que resuelven iniciar una exhaustiva investigación. Lo único que queda claro es que Romualdo ha desaparecido y nadie puede dar noticias de su paradero. Aparentemente el mismo día del tremendo hecho, con alguna argucia legal ha conseguido dejar en cero todas las cuentas bancarias.
Muchos meses después, algunos turistas, cuentan que creen haber visto, en una lejana isla del Pacifico sur, a un individuo, que respondería a la descripción física del desaparecido. Dicen que, al preguntar por él a los habitantes del lugar, éstos refieren que en realidad lo que más les llama la atención de este simpático y tímido señor, es el hecho de que se alimenta solamente con comestibles que se puedan comer crudos y que vive en las afueras del poblado, en una pequeña, pero confortable casita que, sin embargo, no tiene cocina.
--------------------------------2005
Mi amigo Pablito
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Yo tenía para esa época, más o menos siete u ocho años.
Es la edad en que uno empieza a tener verdaderos recuerdos, de años anteriores se recuerdan hechos puntuales, que vaya a saber por qué, quedan grabados.
Vivía, en aquel entonces, en un tranquilo barrio de las afueras, lleno de baldíos y potreros, donde pasábamos el día jugando.
En verano, cazábamos mariposas o sea, a ramazos, matábamos montones por pura diversión. ¡Había tantas!
Influenciados tal vez, por el odio ancestral de los quinteros para con los pobres zorzales, salíamos con nuestras gomeras a matar pájaros.
En esto, yo me destacaba por no ser capaz de acertarle a nada. Envidiaba la puntería de los mayores.
Un buen día en que toda la banda estaba de cacería, vi a un pájaro en lo alto de un eucalipto y sin dudarlo, le apunté y disparé, con tan buena puntería, que cayó a mis pies fulminado. Con cara de suficiencia, los llamé para mostrar mi hazaña. Miraron al pajarito y con cara de desprecio, me dijeron ¡Animal, a los horneros no se les tira!
Nunca más le tiré a un pájaro.
Para esa época, decía, se mudó al barrio un pibe nuevo. Un lindo chico, según mi madre.
A mí, de entrada me pareció buena persona, pronto nos hicimos amigos.
Se llamaba Pablito Aimar, como el actual jugador de fútbol, no se si tendrían algún parentesco, no creo, simplemente serían homónimos.
Teníamos la misma edad. Además de ser macanudo, poseía algunas cualidades que pronto hicieron que lo admirara.
La primera y más notable, era su agilidad. De un brinco, era capaz de subirse a una pared bastante alta y correr por ella con total seguridad, y sin el menor temor. Sus saltos eran increíbles. Corría por la cumbrera de un techo y de allí saltaba a una medianera y de ésta a la rama de un árbol o al piso, siempre caía bien y con suavidad.
Nos pasábamos los días juntos, jugábamos, andábamos en bicicleta o explorábamos los alrededores.
Sin embargo, algo extraño había en él. De pronto en lo mejor de un juego o de un paseo, decía ¡Me tengo que ir! Y sin más explicación salía corriendo. Más de una vez intenté seguirlo, pero cuando llegaba a la esquina donde había doblado, o a la puerta de calle por donde había salido, ya no lo veía más.
Cuando se es chico, no se juzga demasiado o se averiguan cosas de un amigo, se es amigo y listo. Pese a esto, poco a poco, más cosas me iban llamando la atención. Primero habían sido sus movimientos y su agilidad, luego sus repentinas escapadas, ahora me daba cuenta del extraño ronroneo que hacía cuando estaba concentrado en algo.
Al principio, a mis preguntas contestaba con evasivas, pero con el correr de los días, aunque con cuenta gotas, fue contestando algunas de mis inquietudes.
Me contó que padecía una extraña enfermedad. Era prácticamente desconocida ya que afectaba solamente a una persona cada trescientos cincuenta millones. Aparentemente su tatarabuela la había contraído en su juventud, en un viaje a Egipto. Desde entonces se trasmitía, a través de las mujeres de la familia, pero se manifestaba solamente en algunos varones. En las mujeres se daba como una toxoplasmosis, más o menos intensa. En los hombres adquiriría formas más complicadas. Se la conocía como el mal de Catkingsohn. No pude saber más.
Todos estos datos, que tal vez podrían haber preocupado a una persona de más edad, a mí no me afectaron en lo más mínimo y nuestra amistad continuó igual que siempre. Seguíamos explorando casas deshabitadas y patiperreando felices. Ahora que digo patiperreando, me acuerdo que los perros no le eran para nada simpáticos. Me causaba mucha gracia verlo enfrentarlos, mostrándoles los dientes y haciendo un extraño bufido, que, generalmente, los hacía salir corriendo con el rabo entre las patas.
Un día, llegamos hasta una vieja casa abandonada. Estaba bastante alejada, dentro de lo que había sido el campo de los Lacroze.
En el momento en que llegábamos, se largó una tormenta impresionante. Caía una cortina de agua, viento y unos truenos que daban pavura. Muertos de risa, corrimos a buscar refugio en el interior. Adentro llovía casi tanto como afuera, pero encontramos una habitación pequeña que se mantenía seca. Por las estanterías que quedaban, se veía que había sido una especie de despensa o depósito.
Se hacía de noche y la tormenta era cada vez peor, ya casi no se veía. De pronto, un fuerte golpe de viento, cerró la puerta. Por más que pusimos todas nuestras fuerzas, nos fue imposible abrirla.
Aparte de la puerta, la única abertura era una pequeña ventana. Estaba muy alta, y pese a que sus vidrios estaban rotos, era muy chica como para que pudiéramos salir por ella.
A mí me dió un ataque de pánico, recuerdo que sentía a Pablito, haciendo unos ruidos raros. Me largué a llorar como un loco y estoy seguro que en ese momento, con la luz de un relámpago, alcancé a ver a un gato, que salía por la ventana.
Me debo haber desmayado, por que no recuerdo nada más, hasta que vi. entrar a mi padre y a mi madre que llegaban a buscarme. Parece que me volví a despatarrar.
Estuve en cama, con fiebre, delirando y con unas pesadillas que despertaban a toda la familia con mis gritos. Esto duró como una semana o más. Cuando esto fue pasando y volví a mis cabales, me contaron que Pablito había llegado empapado y bastante asustado, a avisarles que me había quedado encerrado. Aparentemente él había podido salir por la ventanita. Luego al preguntar por él, me enteré, que se había ido con sus padres, a pasar un tiempo en casa de unos parientes en Esquel o el Bolsón, no sabían muy bien.
Tiempo después recibí una tarjeta postal de la zona. Me contaba que se quedaban a vivir en Cholila. El padre parece que había conseguido un buen trabajo y la madre era maestra en una escuela. El se estaba dedicando a hacer averiguaciones y recogiendo datos sobre la vida de Buch Cassidy y el Sundance Kid en la región. De él no me decía nada más. Nunca la contesté por que no daba dirección a dónde hacerlo.
Pasaron unos cuantos años, de mis andanzas infanto juveniles, ya ni me acordaba. Trabajaba de encargado en un negocio de ropa y artículos deportivos. Entre sueldo y comisiones por ventas, redondeaba una buena entrada mensual. Estábamos haciendo planes, con Irene, mi novia, para casarnos antes de fin de año y si bien prácticamente vivíamos juntos, ella quería formalizar y casarse por iglesia.
Una noche que estábamos en mi casa, los maullidos lastimeros de un gato, no nos dejaron dormir hasta la salida del sol.
La cosa se repitió las noches siguientes. Pasó una semana y el maldito gato, no paraba con sus gritos y nosotros no dormíamos. Por fin, me decidí, busqué mi viejo veintidós, abrí la ventana y le disparé.
Los maullidos cesaron como por encanto. Convencido de haberle dado un buen susto, esa noche dormí tranquilo.
A la mañana, al salir al jardín, vi con espanto, junto a la tapia del fondo, a un hombre tirado. Tenía un pequeño agujero de bala en la frente. Horrorizado, descubrí en él, a mi amigo Pablito.
Fue tal la angustia, que entré a la casa decidido a suicidarme, pero con bronca, descubrí que había gastado la última bala.
Me fui entonces a la estación de trenes, dispuesto a tirarme ante la primera formación que apareciera. Me paré al borde del andén, y cuando vi venir al tren, cerré los ojos y sintiendo que llegaba, me tiré a las vías. El golpe en la cabeza contra las piedras, me hizo abrir los ojos, con desesperación vi que me había equivocado. El tren que había visto llegar, era el trencito a puerto Madero. Estaba en la otra vía.
Rápidamente, se tiraron a las vías varias personas y algunos policías ferroviarios, creyendo que mi caída se debía a un accidente.
Cuando comprendieron, que lo mío había sido intencional, me sacaron de la estación a patadas en el culo.
Frustrado, avergonzado y más apenado aún, fui directo a uno de esos edificios de más de veinte pisos que hay sobre Rivadavia.
Iba dispuesto a tirarme desde la azotea.
En el momento que entraba una señora, me metí. Con ella comprobamos que había corte de luz, por lo que los ascensores no funcionaban.
Protestando, la mujer, emprendió el lento ascenso, vivía en el segundo piso. Yo le dije que iba al quinto y arranque con todo. Esta vez tenía que ser la vencida.
Me encontraron tirado en el piso diecisiete con un preinfarto. Me internaron en el Posadas y cuando me dieron el alta me encontré con una consigna policial en la puerta de la sala. Estaba acusado de asesinato. Terminé, esta vez, internado en Devoto.
Los muchachos me recibieron muy bien, mis muy crecidas hemorroides me hacen sumamente popular.
______________________ 2006.
Yo tenía para esa época, más o menos siete u ocho años.
Es la edad en que uno empieza a tener verdaderos recuerdos, de años anteriores se recuerdan hechos puntuales, que vaya a saber por qué, quedan grabados.
Vivía, en aquel entonces, en un tranquilo barrio de las afueras, lleno de baldíos y potreros, donde pasábamos el día jugando.
En verano, cazábamos mariposas o sea, a ramazos, matábamos montones por pura diversión. ¡Había tantas!
Influenciados tal vez, por el odio ancestral de los quinteros para con los pobres zorzales, salíamos con nuestras gomeras a matar pájaros.
En esto, yo me destacaba por no ser capaz de acertarle a nada. Envidiaba la puntería de los mayores.
Un buen día en que toda la banda estaba de cacería, vi a un pájaro en lo alto de un eucalipto y sin dudarlo, le apunté y disparé, con tan buena puntería, que cayó a mis pies fulminado. Con cara de suficiencia, los llamé para mostrar mi hazaña. Miraron al pajarito y con cara de desprecio, me dijeron ¡Animal, a los horneros no se les tira!
Nunca más le tiré a un pájaro.
Para esa época, decía, se mudó al barrio un pibe nuevo. Un lindo chico, según mi madre.
A mí, de entrada me pareció buena persona, pronto nos hicimos amigos.
Se llamaba Pablito Aimar, como el actual jugador de fútbol, no se si tendrían algún parentesco, no creo, simplemente serían homónimos.
Teníamos la misma edad. Además de ser macanudo, poseía algunas cualidades que pronto hicieron que lo admirara.
La primera y más notable, era su agilidad. De un brinco, era capaz de subirse a una pared bastante alta y correr por ella con total seguridad, y sin el menor temor. Sus saltos eran increíbles. Corría por la cumbrera de un techo y de allí saltaba a una medianera y de ésta a la rama de un árbol o al piso, siempre caía bien y con suavidad.
Nos pasábamos los días juntos, jugábamos, andábamos en bicicleta o explorábamos los alrededores.
Sin embargo, algo extraño había en él. De pronto en lo mejor de un juego o de un paseo, decía ¡Me tengo que ir! Y sin más explicación salía corriendo. Más de una vez intenté seguirlo, pero cuando llegaba a la esquina donde había doblado, o a la puerta de calle por donde había salido, ya no lo veía más.
Cuando se es chico, no se juzga demasiado o se averiguan cosas de un amigo, se es amigo y listo. Pese a esto, poco a poco, más cosas me iban llamando la atención. Primero habían sido sus movimientos y su agilidad, luego sus repentinas escapadas, ahora me daba cuenta del extraño ronroneo que hacía cuando estaba concentrado en algo.
Al principio, a mis preguntas contestaba con evasivas, pero con el correr de los días, aunque con cuenta gotas, fue contestando algunas de mis inquietudes.
Me contó que padecía una extraña enfermedad. Era prácticamente desconocida ya que afectaba solamente a una persona cada trescientos cincuenta millones. Aparentemente su tatarabuela la había contraído en su juventud, en un viaje a Egipto. Desde entonces se trasmitía, a través de las mujeres de la familia, pero se manifestaba solamente en algunos varones. En las mujeres se daba como una toxoplasmosis, más o menos intensa. En los hombres adquiriría formas más complicadas. Se la conocía como el mal de Catkingsohn. No pude saber más.
Todos estos datos, que tal vez podrían haber preocupado a una persona de más edad, a mí no me afectaron en lo más mínimo y nuestra amistad continuó igual que siempre. Seguíamos explorando casas deshabitadas y patiperreando felices. Ahora que digo patiperreando, me acuerdo que los perros no le eran para nada simpáticos. Me causaba mucha gracia verlo enfrentarlos, mostrándoles los dientes y haciendo un extraño bufido, que, generalmente, los hacía salir corriendo con el rabo entre las patas.
Un día, llegamos hasta una vieja casa abandonada. Estaba bastante alejada, dentro de lo que había sido el campo de los Lacroze.
En el momento en que llegábamos, se largó una tormenta impresionante. Caía una cortina de agua, viento y unos truenos que daban pavura. Muertos de risa, corrimos a buscar refugio en el interior. Adentro llovía casi tanto como afuera, pero encontramos una habitación pequeña que se mantenía seca. Por las estanterías que quedaban, se veía que había sido una especie de despensa o depósito.
Se hacía de noche y la tormenta era cada vez peor, ya casi no se veía. De pronto, un fuerte golpe de viento, cerró la puerta. Por más que pusimos todas nuestras fuerzas, nos fue imposible abrirla.
Aparte de la puerta, la única abertura era una pequeña ventana. Estaba muy alta, y pese a que sus vidrios estaban rotos, era muy chica como para que pudiéramos salir por ella.
A mí me dió un ataque de pánico, recuerdo que sentía a Pablito, haciendo unos ruidos raros. Me largué a llorar como un loco y estoy seguro que en ese momento, con la luz de un relámpago, alcancé a ver a un gato, que salía por la ventana.
Me debo haber desmayado, por que no recuerdo nada más, hasta que vi. entrar a mi padre y a mi madre que llegaban a buscarme. Parece que me volví a despatarrar.
Estuve en cama, con fiebre, delirando y con unas pesadillas que despertaban a toda la familia con mis gritos. Esto duró como una semana o más. Cuando esto fue pasando y volví a mis cabales, me contaron que Pablito había llegado empapado y bastante asustado, a avisarles que me había quedado encerrado. Aparentemente él había podido salir por la ventanita. Luego al preguntar por él, me enteré, que se había ido con sus padres, a pasar un tiempo en casa de unos parientes en Esquel o el Bolsón, no sabían muy bien.
Tiempo después recibí una tarjeta postal de la zona. Me contaba que se quedaban a vivir en Cholila. El padre parece que había conseguido un buen trabajo y la madre era maestra en una escuela. El se estaba dedicando a hacer averiguaciones y recogiendo datos sobre la vida de Buch Cassidy y el Sundance Kid en la región. De él no me decía nada más. Nunca la contesté por que no daba dirección a dónde hacerlo.
Pasaron unos cuantos años, de mis andanzas infanto juveniles, ya ni me acordaba. Trabajaba de encargado en un negocio de ropa y artículos deportivos. Entre sueldo y comisiones por ventas, redondeaba una buena entrada mensual. Estábamos haciendo planes, con Irene, mi novia, para casarnos antes de fin de año y si bien prácticamente vivíamos juntos, ella quería formalizar y casarse por iglesia.
Una noche que estábamos en mi casa, los maullidos lastimeros de un gato, no nos dejaron dormir hasta la salida del sol.
La cosa se repitió las noches siguientes. Pasó una semana y el maldito gato, no paraba con sus gritos y nosotros no dormíamos. Por fin, me decidí, busqué mi viejo veintidós, abrí la ventana y le disparé.
Los maullidos cesaron como por encanto. Convencido de haberle dado un buen susto, esa noche dormí tranquilo.
A la mañana, al salir al jardín, vi con espanto, junto a la tapia del fondo, a un hombre tirado. Tenía un pequeño agujero de bala en la frente. Horrorizado, descubrí en él, a mi amigo Pablito.
Fue tal la angustia, que entré a la casa decidido a suicidarme, pero con bronca, descubrí que había gastado la última bala.
Me fui entonces a la estación de trenes, dispuesto a tirarme ante la primera formación que apareciera. Me paré al borde del andén, y cuando vi venir al tren, cerré los ojos y sintiendo que llegaba, me tiré a las vías. El golpe en la cabeza contra las piedras, me hizo abrir los ojos, con desesperación vi que me había equivocado. El tren que había visto llegar, era el trencito a puerto Madero. Estaba en la otra vía.
Rápidamente, se tiraron a las vías varias personas y algunos policías ferroviarios, creyendo que mi caída se debía a un accidente.
Cuando comprendieron, que lo mío había sido intencional, me sacaron de la estación a patadas en el culo.
Frustrado, avergonzado y más apenado aún, fui directo a uno de esos edificios de más de veinte pisos que hay sobre Rivadavia.
Iba dispuesto a tirarme desde la azotea.
En el momento que entraba una señora, me metí. Con ella comprobamos que había corte de luz, por lo que los ascensores no funcionaban.
Protestando, la mujer, emprendió el lento ascenso, vivía en el segundo piso. Yo le dije que iba al quinto y arranque con todo. Esta vez tenía que ser la vencida.
Me encontraron tirado en el piso diecisiete con un preinfarto. Me internaron en el Posadas y cuando me dieron el alta me encontré con una consigna policial en la puerta de la sala. Estaba acusado de asesinato. Terminé, esta vez, internado en Devoto.
Los muchachos me recibieron muy bien, mis muy crecidas hemorroides me hacen sumamente popular.
______________________ 2006.
Alberto Balaguer Mendoza
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Poeta apócrifo, de dudosa existencia.
De haber sido, su vida hubiera transcurrido entre finales del siglo diecinueve y fines del veinte.
Estos son algunos párrafos, que recuerdo, de mis charlas con él.
Son de los tiempos en que trabajábamos para la revista. Creo que reflejan bastante bien sus pensamientos e ideas filosóficas.
No agrego ninguna de sus poesías, porque al no poder transcribirlas con exactitud, prefiero obviarlas.
A algunas personas, el creer, les impide el saber.
A otras, les resulta sumamente difícil, diferenciar el creer del saber.
No hablo acá de fe, ese es otro tema.
Es extraño comprobar, que a personas muy inteligentes, les cuesta encontrar, gente inteligente, con quien relacionarse, lo cual no deja de ser una lamentable desinteligencia
Aparentemente, los habitantes de Norteamérica, llevan consigo una desgracia de la que nadie podrá liberarlos. Sean blancos, negros, o del color que sean, cultos o incultos, inteligentes o brutos, siempre seguirán siendo norteamericanos, ¿Deberíamos por ello tenerles pena?
Nunca hay que fiarse de un pobre, menos aún si es inteligente. Satisfacer sus, aparentemente escasas necesidades o su irrefrenable apetito, pueden llevarlo a adoptar actitudes o a cometer hechos, francamente innobles y totalmente reprochables.
Nunca hay que fiarse de un rico, sea inteligente o bruto.
Los que heredaron sus bienes y han sido poderosos por generaciones, creen tener derechos divinos, sobre riquezas y personas. Los que hicieron su fortuna desde abajo, con esfuerzo o no, creen que esto les da derecho a adueñarse de todo lo que está al alcance de su mano.
En ambos casos, será difícil hacerles comprender, lo poco ético de sus actos, su soberbia no los dejara ver lo evidente.
Nunca hay que fiarse de alguien de la clase media. Justamente esta mediocridad implícita e inherente a su clase, suele convertirlas en personas de mentes estrechas, prejuiciosas y poco abiertas a lo novedoso o diferente.
Basta leer las cosas, que al respecto, Defoe, pone en boca del padre de Robinson Crusoe, para horrorizarse.
Nunca hay que fiarse de un estudiante universitario.
Los hay de tres clases:
La primera, es la de aquellos que no tienen idea de nada.
Seguramente seguirán así el resto de sus días. No interesan demasiado.
La segunda, la componen los que creen tener ideas de centro-derecha. Suelen ser los más coherentes. Sabrán defender los intereses de su clase o los de sus patrones. Con ellos podremos estar de acuerdo o no, pero sabremos a que atenernos.
Por último, tenemos a los que creen tener ideas de izquierda.
Podemos juntar en esta, a peronistas, más o menos zurdos, marxistas, leninistas, trotskistas, socialistas, maoístas y a un montón más del sin número de denominaciones y divisiones, que son capaces de inventar.
A la mayoría de ellos, las hermosas ideas, les duran hasta un año después de recibidos.
He conocido a más de un sociólogo trotskista, que una vez que obtuvo su titulo, abrió una empresa de investigación de mercado y terminó trabajando para multinacionales, explotando miserablemente a sus encuestadores.
El caso más patético que recuerdo, es el de un estudiante de ciencias económicas, que comenzó siendo marxista, luego fue peronista, después trabajó, durante el gobierno de Videla, con Martínez de Oz y por último, junto a Caballo en el gobierno del riojano.
Podría seguir diciéndole a usted, por que debe desconfiar de los campesinos, de los industriales, de los proletarios y de los hombres y las mujeres en general, pero temo cansarlo con mi charla.
_ Todo está muy bien, pero lo que usted dice es que no debo creer en nadie y que todo el mundo es malo.
No, perdón, no me mal interprete, lo que yo le digo, es que no sea ingenuo. De que hay gente, macanuda, inteligente y bien intencionada, no le quepa la menor duda.
Simplemente, lo que digo es que no es fácil encontrarla.
Tanto con los posibles amigos, como con la mujer que uno elige como compañera, debemos ser muy cuidadosos. Cuando se los, o la encuentra, el asunto será saber si es uno, el que está a la altura de las circunstancias, como para poder retenerlos.
Las mujeres, para ser interesantes, deben ser un tanto locas.
Lo que no deben ser jamás, es ser vulgares.
Sartre, en El Ser y la Nada, nos dice que “el ser es y el no ser no es”
Debemos tener cuidado en ser nosotros mismos, por que sino corremos el riesgo de no ser nada, como dijo San Martín.
El caso de las tortugas de las islas Galápagos, es sólo uno de los tantos, que parecen darle la razón a Darwin, en sus teorías sobre la evolución de las especies. No obstante, en algunos otros casos, pareciera haberle errado muy fiero. Por ejemplo, ¿de qué especie, género o bicho, involucionaron los riojanos innombrables?
Parece mentira, que pese a que alguien intentara evitarlo, a muchos les vino bien, que Perón les diera una mano.
Hay tipos, que desde jóvenes son prudentes en todo, y se cuidan en no cometer excesos en nada. Un buen día, los atropella un auto al cruzar la calle o se estrella el avión en que viajaban.
Otros, que vivieron en el reviente y metiendo la nariz en cuanta cosa no debían, llegan a edad madura como geróntes sanos, como dicen ahora los médicos, a los tipos que de lo único que padecen, es de los achaques lógicos de la edad.
No me salga con eso del destino. Podría aceptar esto, y hasta por ahí no más, solamente en los casos, de los que se van a la quinta del ñato, por una de esas enfermedades, que vienen escondidas detrás de una pila de genes. Lo demás, puras macanas.
Hay cosas claramente expresadas en los libros, que sin embargo, pareciera que se pone un empeño especial, en malinterpretarlas.
Le pongo, por ejemplo, el caso de los dos hermanos famosos de la Biblia. Parece ser que el Dios de aquellos tiempos, le cobraba a la gente por protección. Como no se había inventado aún el dinero, le tenían que pagar en especies. El asunto es que todos, debían llevarle algo.
Aparentemente el tipo era un gran comilón, sobre todo de corderos.
Al pobre Caín, que era verdulero, lo maltrataba, por que le llevaba verduritas, entre otras cosas le decía que los yuyos se los comieran los caballos. A Abel, en cambio, que era carnicero y le llevaba buenos corderos, no paraba de alabarlo. Tanto lo desprecio a Caín, que el hermano, lo cargaba todo el día. Al final, el pobre verdulero, se cansó de tanta joda y parece que le pegó un garrotazo que lo dejó seco.
Cuando el Dios se dio cuenta que lo habían dejado sin su principal proveedor, se puso furioso, y lo echo, al pobre Caín. Desde ese momento paso a ser sinónimo de mala persona y traidor.
Pregunto:
¿Cuál de los tres era el malo?
Que el mundo es y será una porquería, ya lo sé. Decía Discepolo. Saroyan, en cambio dice, que una sola hoja de pasto, ya lo convierte en una maravilla.
Si bien me siento más inclinado, a la posición del armenio que a la del narigón, en cuanto a que el pastito es una hermosura, creo que lo que hace realmente maravilloso a este mundo, son las bellísimas niñas, que nos alegran la vista y el corazón.
Había uno, que un buen día, se dio cuenta de que el árbol, no le permitía ver el bosque. Enojado, buscó un hacha y lo tumbó.
Cayó pesadamente el árbol, con gran enojo de pájaros y otros bichos.
Pronto se dio cuenta, que detrás del primero, había otro, que también le interrumpía la visión. Sin pensarlo mucho, lo tiró abajo. Ahora se encontró otro. Sin desmayar y dispuesto a no permitir que nada, le impidiera ver el bosque, continuó, con su tarea una y otra vez.
Llegó así el momento en que cayó el último. Por fin se dio cuenta, que tratando de verlo, había talado, todo el bosque. Lloró entonces amargamente, luego vendió la madera y se hizo rico.
Se dice por ahí, que todas las criaturas vivientes, fueron creadas por Dios. De ser esto cierto, se me hace, que algunos tipos salieron, por el famoso anus dei.
To be continued
_____________________2006.
.
Poeta apócrifo, de dudosa existencia.
De haber sido, su vida hubiera transcurrido entre finales del siglo diecinueve y fines del veinte.
Estos son algunos párrafos, que recuerdo, de mis charlas con él.
Son de los tiempos en que trabajábamos para la revista. Creo que reflejan bastante bien sus pensamientos e ideas filosóficas.
No agrego ninguna de sus poesías, porque al no poder transcribirlas con exactitud, prefiero obviarlas.
A algunas personas, el creer, les impide el saber.
A otras, les resulta sumamente difícil, diferenciar el creer del saber.
No hablo acá de fe, ese es otro tema.
Es extraño comprobar, que a personas muy inteligentes, les cuesta encontrar, gente inteligente, con quien relacionarse, lo cual no deja de ser una lamentable desinteligencia
Aparentemente, los habitantes de Norteamérica, llevan consigo una desgracia de la que nadie podrá liberarlos. Sean blancos, negros, o del color que sean, cultos o incultos, inteligentes o brutos, siempre seguirán siendo norteamericanos, ¿Deberíamos por ello tenerles pena?
Nunca hay que fiarse de un pobre, menos aún si es inteligente. Satisfacer sus, aparentemente escasas necesidades o su irrefrenable apetito, pueden llevarlo a adoptar actitudes o a cometer hechos, francamente innobles y totalmente reprochables.
Nunca hay que fiarse de un rico, sea inteligente o bruto.
Los que heredaron sus bienes y han sido poderosos por generaciones, creen tener derechos divinos, sobre riquezas y personas. Los que hicieron su fortuna desde abajo, con esfuerzo o no, creen que esto les da derecho a adueñarse de todo lo que está al alcance de su mano.
En ambos casos, será difícil hacerles comprender, lo poco ético de sus actos, su soberbia no los dejara ver lo evidente.
Nunca hay que fiarse de alguien de la clase media. Justamente esta mediocridad implícita e inherente a su clase, suele convertirlas en personas de mentes estrechas, prejuiciosas y poco abiertas a lo novedoso o diferente.
Basta leer las cosas, que al respecto, Defoe, pone en boca del padre de Robinson Crusoe, para horrorizarse.
Nunca hay que fiarse de un estudiante universitario.
Los hay de tres clases:
La primera, es la de aquellos que no tienen idea de nada.
Seguramente seguirán así el resto de sus días. No interesan demasiado.
La segunda, la componen los que creen tener ideas de centro-derecha. Suelen ser los más coherentes. Sabrán defender los intereses de su clase o los de sus patrones. Con ellos podremos estar de acuerdo o no, pero sabremos a que atenernos.
Por último, tenemos a los que creen tener ideas de izquierda.
Podemos juntar en esta, a peronistas, más o menos zurdos, marxistas, leninistas, trotskistas, socialistas, maoístas y a un montón más del sin número de denominaciones y divisiones, que son capaces de inventar.
A la mayoría de ellos, las hermosas ideas, les duran hasta un año después de recibidos.
He conocido a más de un sociólogo trotskista, que una vez que obtuvo su titulo, abrió una empresa de investigación de mercado y terminó trabajando para multinacionales, explotando miserablemente a sus encuestadores.
El caso más patético que recuerdo, es el de un estudiante de ciencias económicas, que comenzó siendo marxista, luego fue peronista, después trabajó, durante el gobierno de Videla, con Martínez de Oz y por último, junto a Caballo en el gobierno del riojano.
Podría seguir diciéndole a usted, por que debe desconfiar de los campesinos, de los industriales, de los proletarios y de los hombres y las mujeres en general, pero temo cansarlo con mi charla.
_ Todo está muy bien, pero lo que usted dice es que no debo creer en nadie y que todo el mundo es malo.
No, perdón, no me mal interprete, lo que yo le digo, es que no sea ingenuo. De que hay gente, macanuda, inteligente y bien intencionada, no le quepa la menor duda.
Simplemente, lo que digo es que no es fácil encontrarla.
Tanto con los posibles amigos, como con la mujer que uno elige como compañera, debemos ser muy cuidadosos. Cuando se los, o la encuentra, el asunto será saber si es uno, el que está a la altura de las circunstancias, como para poder retenerlos.
Las mujeres, para ser interesantes, deben ser un tanto locas.
Lo que no deben ser jamás, es ser vulgares.
Sartre, en El Ser y la Nada, nos dice que “el ser es y el no ser no es”
Debemos tener cuidado en ser nosotros mismos, por que sino corremos el riesgo de no ser nada, como dijo San Martín.
El caso de las tortugas de las islas Galápagos, es sólo uno de los tantos, que parecen darle la razón a Darwin, en sus teorías sobre la evolución de las especies. No obstante, en algunos otros casos, pareciera haberle errado muy fiero. Por ejemplo, ¿de qué especie, género o bicho, involucionaron los riojanos innombrables?
Parece mentira, que pese a que alguien intentara evitarlo, a muchos les vino bien, que Perón les diera una mano.
Hay tipos, que desde jóvenes son prudentes en todo, y se cuidan en no cometer excesos en nada. Un buen día, los atropella un auto al cruzar la calle o se estrella el avión en que viajaban.
Otros, que vivieron en el reviente y metiendo la nariz en cuanta cosa no debían, llegan a edad madura como geróntes sanos, como dicen ahora los médicos, a los tipos que de lo único que padecen, es de los achaques lógicos de la edad.
No me salga con eso del destino. Podría aceptar esto, y hasta por ahí no más, solamente en los casos, de los que se van a la quinta del ñato, por una de esas enfermedades, que vienen escondidas detrás de una pila de genes. Lo demás, puras macanas.
Hay cosas claramente expresadas en los libros, que sin embargo, pareciera que se pone un empeño especial, en malinterpretarlas.
Le pongo, por ejemplo, el caso de los dos hermanos famosos de la Biblia. Parece ser que el Dios de aquellos tiempos, le cobraba a la gente por protección. Como no se había inventado aún el dinero, le tenían que pagar en especies. El asunto es que todos, debían llevarle algo.
Aparentemente el tipo era un gran comilón, sobre todo de corderos.
Al pobre Caín, que era verdulero, lo maltrataba, por que le llevaba verduritas, entre otras cosas le decía que los yuyos se los comieran los caballos. A Abel, en cambio, que era carnicero y le llevaba buenos corderos, no paraba de alabarlo. Tanto lo desprecio a Caín, que el hermano, lo cargaba todo el día. Al final, el pobre verdulero, se cansó de tanta joda y parece que le pegó un garrotazo que lo dejó seco.
Cuando el Dios se dio cuenta que lo habían dejado sin su principal proveedor, se puso furioso, y lo echo, al pobre Caín. Desde ese momento paso a ser sinónimo de mala persona y traidor.
Pregunto:
¿Cuál de los tres era el malo?
Que el mundo es y será una porquería, ya lo sé. Decía Discepolo. Saroyan, en cambio dice, que una sola hoja de pasto, ya lo convierte en una maravilla.
Si bien me siento más inclinado, a la posición del armenio que a la del narigón, en cuanto a que el pastito es una hermosura, creo que lo que hace realmente maravilloso a este mundo, son las bellísimas niñas, que nos alegran la vista y el corazón.
Había uno, que un buen día, se dio cuenta de que el árbol, no le permitía ver el bosque. Enojado, buscó un hacha y lo tumbó.
Cayó pesadamente el árbol, con gran enojo de pájaros y otros bichos.
Pronto se dio cuenta, que detrás del primero, había otro, que también le interrumpía la visión. Sin pensarlo mucho, lo tiró abajo. Ahora se encontró otro. Sin desmayar y dispuesto a no permitir que nada, le impidiera ver el bosque, continuó, con su tarea una y otra vez.
Llegó así el momento en que cayó el último. Por fin se dio cuenta, que tratando de verlo, había talado, todo el bosque. Lloró entonces amargamente, luego vendió la madera y se hizo rico.
Se dice por ahí, que todas las criaturas vivientes, fueron creadas por Dios. De ser esto cierto, se me hace, que algunos tipos salieron, por el famoso anus dei.
To be continued
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El Escritor
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Después de dar muchas vueltas, conseguí por fin, trabajo en la revista.
Tenía que hacer de todo, servir café, acarrear papeles de una oficina a otra, llevar y traer chimentos del espectáculo, desparramar infundios sobre determinado político para ver si algún gil, de otro medio, lo publicaba como primicia, hasta, entrevistar a alguna seudo actriz de cuarta, en la que nadie de la redacción, quería perder el tiempo.
Tenía la ventaja de no ser un trabajo rutinario y a veces, resultaba divertido. La desventaja era el sueldo bastante escaso.
Este sueldo, aunque pobre, significaba un gran alivio en mis finanzas totalmente destruidas.
Otra ventaja era que mis entrevistadas, generalmente autoproclamadas “vedette” o “modelo”, ante las ganas de un rápido ascenso en su carrera, solían ser muy cariñosas y amables con el joven periodista, que podía lanzarlas al estrellato. Algunas no estaban nada mal.
Resultaba interesante también, cuando conseguía colarme, en alguna sesión de fotos de señoritas, que posaban con bastante cuerito al aire.
En oportunidad de realizarse, en la redacción, una fiestita de despedida a un viejo que se jubilaba, me puse a charlar con un fulano, que escribía, esporádicamente, algunas notas en la revista. Tenía una facha bastante estrafalaria, parecía un personaje salido de La Boheme. Toda la ropa aparentaba quedarle grande, usaba un gran moño negro, medio arratonado, el saco, bastante raído y los pantalones, en cambio, le quedaban cortos, era muy alto. Tenía el pelo bastante largo y barbita en punta. Se llamaba Alberto Balaguer Mendoza, era un tipo extraño y si bien me pareció medio pirado, me resulto muy interesante. Escribía, para vivir, novelas policiales y algunas novelitas de amor, tirando a porno eróticas. A las primeras, las firmaba Estephan Craigh y a las otras Amanda Corazón.
Como la reunión estaba sumamente aburrida y del que se jubilaba, no tenía ni idea de que pito tocaba, me dediqué de lleno a los sanguichitos, al whisky y a charlar con el raro bicho.
Filosofaba, con toda seriedad, haciendo comparaciones entre la vida y las noticias de televisión. Mirá pibe, me decía, tanto en la vida como en la televisión, veras o escucharás cosas, que si bien, creerás que son diacrónicas, te resultaran anacrónicas, pero en realidad, por último verás que son sincrónicas.
Por supuesto, me costaba seguirlo en sus disquisiciones. Entre los tragos y que el tipo saltaba de un tema al otro, me confundía bastante.
De todas formas, me resultaba sumamente entretenido por la manera de decir y sobre todo por las caracterizaciones estrafalarias que hacía de las cosas. Me venía bien, por lo menos alejaba un momento, de mi cabeza, negros pensamientos que me daban vueltas desde hacía unos días.
Le debía algo de plata a un prestamista. Por un malhadado negocio casi pierdo hasta el apellido, no tuve más remedio que caer en sus manos. Era un tipo sumamente desagradable, se llamaba Aarón Kaplan, y era una mezcla de judío con turco. Era espantosamente feo, la mujer, mucho peor, y la hija, con algo de cada uno, parecía escapada de una novela de terror.
Entre la charla y el whisky, me había olvidado del tema, hasta que el escritor, no recuerdo bien por que, empezó a hablar de problemas no bien resueltos de la lengua castellana. Daba como ejemplo el que no hubiera una palabra para designar a la hembra del mosquito.
Fijesé, me decía, si yo la llamo mosquita, me fui de género.
Esto me hizo acordar inmediatamente de Zaida, la hija de Aarón. Era lo primero que pensé cuando la conocí, esta no pertenece al género humano.
De ese momento en adelante, ya no pude prestar atención a las cosas que me decía Balaguer Mendoza. No podía olvidarme de la última charla con Aarón.
Hacía dos o tres días me había citado a su casa.
Con una desagradable sonrisa, en su desagradable cara, me dijo sin muchas vueltas: _ Mire mijito, Yo sé que usted va a tener muchos problemas para poder pagarme, pero también sé, que va a tener muchos más, si no me paga.
Mi hija Zaida, que sé, no es muy agraciada, no sé porque, desde que lo vió, anda caliente con usted. Dese cuenta, que si usted fuera de la familia, yo no le cobraría su deuda. Piénselo, a lo mejor le convendría casarse con ella.
Este discurso, dicho en forma aparentemente amable, para encubrir todas las amenazas implícitas, me pescó tan desprevenido, que me quedé helado. No podía creer la insólita propuesta. Tratando de no ser descortés y poniendo la mejor cara de buen chico, salí lo más rápido que pude de allí.
Al salir escuché que me decía: Piénselo, piénselo, le conviene.
Terminada la reunión, y luego de despedirme de algunos, rumbié para mi casa. Balaguer bajó conmigo y en silencio, caminamos juntos unas cuantas cuadras. Al despedirnos, me dijo; Parece que usted tiene problemas serios, si quiere, en otro momento lo podemos charlar, a lo mejor entre dos es mas fácil encontrar la solución. Llamemé. En la redacción tienen mi número. Por hay, quién le dice.
Le agradecí sus buenas intenciones, y seguí mi camino.
Dos o tres días después, al salir de mi casa, se me acerco un grandote, casi tan ancho como alto, y con una amplia sonrisa, me dijo;
_ Perdóneme señor, le traigo un mensaje de don Aarón.
Me pidió, le dijera, con todo respeto y amabilidad, porque parece que usted es su futuro yerno, que espera, antes de fin de semana, la contestación a la propuesta que le hizo. No recuerdo muy bien, pero creo que también me dijo, que si la respuesta es un no, aunque le pague, la cosa se va a poner fulera. Chau, que la pase bien.
Se dió media vuelta, se subió a un coche que lo esperaba con un flaco al volante, y se fueron.
Yo me quedé parado, duro como una estaca y sin saber para donde rajar. Me temblaban las rodillas.
.
Ya en el trabajo, no sabía que hacer con mi alma, me sentía enfermo y lo peor de todo era que no tenía con quien hablar. Recordé entonces la invitación a charlar del tema, de mi nuevo amigo, el escritor. No tenia la menor esperanza de que él pudiera hallarle una solución al desagradable asunto, pero por lo menos podría contarle a alguien mis desgracias. Lo llamé y quedamos en encontrarnos esa noche en la calle Corrientes en La Paz.
Llegó con no demasiado retraso y luego de pedir un café y una copita de anís, me dijo ceremonioso: Bueno amigo, cuénteme sus cuitas.
Le conté lo más sucintamente posible todo el asunto. Me escuchaba atentamente y sin interrumpir mí relato ni una sola vez.
Cuando termine, se quedo callado un rato, pensando. Al cabo, dijo como para sí mismo: ¡Jodido asunto!, Si no paga, lo revientan y si paga y no se casa, también lo revientan.
Creo que la cosa esta clara, o se casa, o tenemos que encontrar la mejor forma de contraatacar, para defendernos mejor.
Vamos por partes, ¿Qué sabe usted de esta mina?
_ Realmente muy poco. Sé el nombre, que es medio boluda y espantosamente fea. Eso es todo.
_Evidentemente, no es mucho. Creo que lo primero seria hacer una exhaustiva investigación, para saber por donde empezar. Deberíamos recolectar la mayor cantidad de datos posibles, sobre ella, el padre, la madre, en fin sobre la familia. Todo puede ser de utilidad.
_Me parece perfecto, pero no creo que en una semana podamos hacer mucho.
_Razón de mas para apurarnos, buscaremos la forma de alargar los plazos, pero por algún lado hay que empezar.
¿Sabe usted si tienen mucama?
_ Si, creo que sí.
_ ¿Es joven o vieja?
_ Creo que es una chinita bastante joven.
_ Perfecto ¿Tiene algún amigo capaz de hacer un trabajo rápido?
Pudiera ser nuestra mejor fuente de información.
_ Probablemente, talvez el Cholo, es bastante pintón, tiene labia y es muy putañero. Ese podría ser.
_Bien, véalo cuanto antes, mientras tanto, usted, con mucha discreción, trate de averiguar algo en los boliches del barrio, siempre hay alguna vieja chusma dispuesta a contar cosas intimas de la gente.
Eso sí, tenga mucho cuidado con no quedar pagando, si lo pescan se nos va todo al diablo. Yo mientras tanto voy a ir creando una distracción, a la fulana, le van a empezar a caer cartas de amor, de un admirador desesperado, ante la noticia de que el padre pretende casarla.
Discutimos algunos puntos más del plan y cada cual fue a lo suyo. Yo a ver al Cholo y él, a escribir atormentadas cartas de amor.
Me sentía contento y a la vez totalmente desconcertado, nunca hubiera pensado que este tipo, con facha de romántico poeta del novecento, fuera capaz de trazar tan rápidamente, un plan de ataque.
Encontré al Cholo en el boliche, jugaba, con otros al tute cabrero. Cuando conseguí despegarlo del grupo, me lo lleve a una mesa del fondo y le conté mi problema con pelos y señales, por supuesto, le hable de la mucamita y de su intervención en el asunto. Le encanto poder colaborar de este modo, prometió que ni bien terminaba con el reparto de diarios, se ponía en campaña.
Al día siguiente, paso Balaguer por la revista, venia a mostrarme la copia de la carta que había enviado. A más de larguísima, era una increíble mezcla de lugares comunes, frases hechas y cursilerías de todo tipo, con fragmentos de poemas intercalados en el texto y reiteradas declaraciones de amor desesperado. Era patética.
Cuando le di mi opinión, me dijo que no me preocupara, que conocía a sus lectoras y que estaba seguro, surtiría el efecto esperado.
En realidad no estaba muy seguro de que efecto debía causar, pero lo vi tan confiado, que no dije mas nada.
Al salir del trabajo, recorrí todos los negocios del barrio, comprando algo en cada uno y tratando de tirarle la lengua a dueños y clientes.
Nada que no supiera, pude averiguar.
El Cholo tuvo más suerte, ya había hecho su primer contacto y tenia cita con la piba para la noche siguiente.
Esa noche, no se porque, pero dormí mas tranquilo.
En su siguiente visita, nuestro estratega, me comento que acababa de mandar una nueva carta. Esta no me la mostró, pero me dijo que le sugería, que le contestara, para eso le daba la dirección de la editorial de sus libros y a su nombre de autor de novelas policiales. Eso lo hacia, me explico, para conocer la reacción que le producían sus cartas. Si las contestaba, seguramente seria porque le habían interesado.
Ahora me tocaba a mí, conseguir más tiempo. Debía entrevistar al viejo y mostrándome dispuesto a casarme, solicitarle unos días para solucionar algunos problemas pendientes.
Temiendo que con su experiencia de prestamista, se diera cuenta de que lo mío no eran mas que maniobras dilatorias, me fui a verlo.
Para mi sorpresa, cuando le exprese mi “sincero” deseo de casarme con su hija y le solicité un cierto tiempo, me dijo que estaba de acuerdo y que me lo tomara con calma. Aparentemente, Zaida, quería también un poco mas de tiempo, antes de decidir tan trascendente paso.
Luego nos enteramos por nuestro informante, que, según lo contado por la mucamita, en casa de sus patrones, se había armado una tremenda discusión, porque a raíz de unas cartas recibidas, la hija quería a toda costa conocer al autor, antes de resolver su casamiento.
Era evidente que las cartas habían surtido el efecto que su autor buscaba. Fue una jugada maestra.
Ahora con más tiempo por delante, podríamos continuar con las investigaciones, mientras el poeta continuaba con sus cartas.
No lo vi por varios días. Una tarde me llamo para contarme que estaba recibiendo una carta por día de mí ex novia. Me dijo que estaba bastante asombrado. _ Usted no se imagina, esa mina es mucho más inteligente y sensible de lo que parecía, además ha leído muchísimo y es amante de la poesía. Sus cartas son realmente interesantes. Lo malo es que quiere conocerme, no sé todavía que voy a hacer, ya veré, después le cuento.
Como el asunto de la deuda parecía haber quedado en stan bay, junto con el matrimonio, me sentía mucho mas tranquilo. Pese a todo, no tenia la menor idea de cómo podía terminar esto, ni hasta cuando podríamos estirar el desenlace.
El Cholo, mientras tanto, seguía viento en popa con la piba y se lo veía cada vez mas entusiasmado. No averiguaba nada nuevo, pero no perdía oportunidad de verla.
Balaguer, parecía haberse borrado, hacia un montón de días que no tenía noticias de él. De casualidad, me enteré, que por su cuenta, le había pedido al Cholo, que dejara en paz a esa familia y suspendiera todo tipo de averiguación sobre ellos. Este accedió, siempre que ello no significara tener que dejar de ver a Dorita, la mucama.
Extrañado, lo llamé por teléfono, me costó bastante ubicarlo porque aparentemente estaba muy poco en su casa.
Cuando por fin me atendió, note que a todas mis preguntas, contestaba con evasivas. Usaba un montón de palabras para no decir nada y trataba de confundirme dando vuelta las cosas, pero al final termino confesando que se había encontrado con Zaida y que la habían pasado bárbaro. Se maravillaba al notar la cantidad de cosas en común que tenían. Después de esta confesión, con una excusa trivial, me cortó
Como al mes de esta conversación telefónica, me encontré con mi amigo el diarero, que, muerto de risa, me contó, que por su novia, se acababa de enterar del próximo casamiento de Zaida Kaplan con Balaguer Mendosa.
Dos o tres meses después, cuando casi había olvidado todos estos acontecimientos, recibí un llamado del escritor, quien en tono muy serio y circunspecto, me invitaba a una reunión en casa de los Kaplan.
Cuando llegue a la tal cita, me abrió la puerta un señor, que en primer momento, me resulto totalmente desconocido. Después de unos minutos, y más que nada por su forma de hablar, reconocí que tenía ante mí, al ex facha de poeta.
Vestía un impecable traje gris, se había cortado el pelo y estaba prolijamente afeitado. Recién ahora notaba su extraordinaria fealdad y lo desagradable de sus gestos.
Con toda seriedad, me explico que el señor Kaplan, resolvió jubilarse e irse a vivir con su esposa a Miami, por lo tanto, Zaida y él habían quedado a cargo de los negocios. Con respecto a mi deuda, que no había prescripto ni mucho menos, para que no me resultara tan pesada, se las pagaría en doce cuotas, con interés bancario, a partir del mes siguiente.
Por supuesto, agradecí su deferencia y me fui de esa casa, sin saber si llorar o reír.
El Cholo, no se caso con Dorita, pero se fueron a vivir juntos y tienen un bebe hermoso.
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Después de dar muchas vueltas, conseguí por fin, trabajo en la revista.
Tenía que hacer de todo, servir café, acarrear papeles de una oficina a otra, llevar y traer chimentos del espectáculo, desparramar infundios sobre determinado político para ver si algún gil, de otro medio, lo publicaba como primicia, hasta, entrevistar a alguna seudo actriz de cuarta, en la que nadie de la redacción, quería perder el tiempo.
Tenía la ventaja de no ser un trabajo rutinario y a veces, resultaba divertido. La desventaja era el sueldo bastante escaso.
Este sueldo, aunque pobre, significaba un gran alivio en mis finanzas totalmente destruidas.
Otra ventaja era que mis entrevistadas, generalmente autoproclamadas “vedette” o “modelo”, ante las ganas de un rápido ascenso en su carrera, solían ser muy cariñosas y amables con el joven periodista, que podía lanzarlas al estrellato. Algunas no estaban nada mal.
Resultaba interesante también, cuando conseguía colarme, en alguna sesión de fotos de señoritas, que posaban con bastante cuerito al aire.
En oportunidad de realizarse, en la redacción, una fiestita de despedida a un viejo que se jubilaba, me puse a charlar con un fulano, que escribía, esporádicamente, algunas notas en la revista. Tenía una facha bastante estrafalaria, parecía un personaje salido de La Boheme. Toda la ropa aparentaba quedarle grande, usaba un gran moño negro, medio arratonado, el saco, bastante raído y los pantalones, en cambio, le quedaban cortos, era muy alto. Tenía el pelo bastante largo y barbita en punta. Se llamaba Alberto Balaguer Mendoza, era un tipo extraño y si bien me pareció medio pirado, me resulto muy interesante. Escribía, para vivir, novelas policiales y algunas novelitas de amor, tirando a porno eróticas. A las primeras, las firmaba Estephan Craigh y a las otras Amanda Corazón.
Como la reunión estaba sumamente aburrida y del que se jubilaba, no tenía ni idea de que pito tocaba, me dediqué de lleno a los sanguichitos, al whisky y a charlar con el raro bicho.
Filosofaba, con toda seriedad, haciendo comparaciones entre la vida y las noticias de televisión. Mirá pibe, me decía, tanto en la vida como en la televisión, veras o escucharás cosas, que si bien, creerás que son diacrónicas, te resultaran anacrónicas, pero en realidad, por último verás que son sincrónicas.
Por supuesto, me costaba seguirlo en sus disquisiciones. Entre los tragos y que el tipo saltaba de un tema al otro, me confundía bastante.
De todas formas, me resultaba sumamente entretenido por la manera de decir y sobre todo por las caracterizaciones estrafalarias que hacía de las cosas. Me venía bien, por lo menos alejaba un momento, de mi cabeza, negros pensamientos que me daban vueltas desde hacía unos días.
Le debía algo de plata a un prestamista. Por un malhadado negocio casi pierdo hasta el apellido, no tuve más remedio que caer en sus manos. Era un tipo sumamente desagradable, se llamaba Aarón Kaplan, y era una mezcla de judío con turco. Era espantosamente feo, la mujer, mucho peor, y la hija, con algo de cada uno, parecía escapada de una novela de terror.
Entre la charla y el whisky, me había olvidado del tema, hasta que el escritor, no recuerdo bien por que, empezó a hablar de problemas no bien resueltos de la lengua castellana. Daba como ejemplo el que no hubiera una palabra para designar a la hembra del mosquito.
Fijesé, me decía, si yo la llamo mosquita, me fui de género.
Esto me hizo acordar inmediatamente de Zaida, la hija de Aarón. Era lo primero que pensé cuando la conocí, esta no pertenece al género humano.
De ese momento en adelante, ya no pude prestar atención a las cosas que me decía Balaguer Mendoza. No podía olvidarme de la última charla con Aarón.
Hacía dos o tres días me había citado a su casa.
Con una desagradable sonrisa, en su desagradable cara, me dijo sin muchas vueltas: _ Mire mijito, Yo sé que usted va a tener muchos problemas para poder pagarme, pero también sé, que va a tener muchos más, si no me paga.
Mi hija Zaida, que sé, no es muy agraciada, no sé porque, desde que lo vió, anda caliente con usted. Dese cuenta, que si usted fuera de la familia, yo no le cobraría su deuda. Piénselo, a lo mejor le convendría casarse con ella.
Este discurso, dicho en forma aparentemente amable, para encubrir todas las amenazas implícitas, me pescó tan desprevenido, que me quedé helado. No podía creer la insólita propuesta. Tratando de no ser descortés y poniendo la mejor cara de buen chico, salí lo más rápido que pude de allí.
Al salir escuché que me decía: Piénselo, piénselo, le conviene.
Terminada la reunión, y luego de despedirme de algunos, rumbié para mi casa. Balaguer bajó conmigo y en silencio, caminamos juntos unas cuantas cuadras. Al despedirnos, me dijo; Parece que usted tiene problemas serios, si quiere, en otro momento lo podemos charlar, a lo mejor entre dos es mas fácil encontrar la solución. Llamemé. En la redacción tienen mi número. Por hay, quién le dice.
Le agradecí sus buenas intenciones, y seguí mi camino.
Dos o tres días después, al salir de mi casa, se me acerco un grandote, casi tan ancho como alto, y con una amplia sonrisa, me dijo;
_ Perdóneme señor, le traigo un mensaje de don Aarón.
Me pidió, le dijera, con todo respeto y amabilidad, porque parece que usted es su futuro yerno, que espera, antes de fin de semana, la contestación a la propuesta que le hizo. No recuerdo muy bien, pero creo que también me dijo, que si la respuesta es un no, aunque le pague, la cosa se va a poner fulera. Chau, que la pase bien.
Se dió media vuelta, se subió a un coche que lo esperaba con un flaco al volante, y se fueron.
Yo me quedé parado, duro como una estaca y sin saber para donde rajar. Me temblaban las rodillas.
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Ya en el trabajo, no sabía que hacer con mi alma, me sentía enfermo y lo peor de todo era que no tenía con quien hablar. Recordé entonces la invitación a charlar del tema, de mi nuevo amigo, el escritor. No tenia la menor esperanza de que él pudiera hallarle una solución al desagradable asunto, pero por lo menos podría contarle a alguien mis desgracias. Lo llamé y quedamos en encontrarnos esa noche en la calle Corrientes en La Paz.
Llegó con no demasiado retraso y luego de pedir un café y una copita de anís, me dijo ceremonioso: Bueno amigo, cuénteme sus cuitas.
Le conté lo más sucintamente posible todo el asunto. Me escuchaba atentamente y sin interrumpir mí relato ni una sola vez.
Cuando termine, se quedo callado un rato, pensando. Al cabo, dijo como para sí mismo: ¡Jodido asunto!, Si no paga, lo revientan y si paga y no se casa, también lo revientan.
Creo que la cosa esta clara, o se casa, o tenemos que encontrar la mejor forma de contraatacar, para defendernos mejor.
Vamos por partes, ¿Qué sabe usted de esta mina?
_ Realmente muy poco. Sé el nombre, que es medio boluda y espantosamente fea. Eso es todo.
_Evidentemente, no es mucho. Creo que lo primero seria hacer una exhaustiva investigación, para saber por donde empezar. Deberíamos recolectar la mayor cantidad de datos posibles, sobre ella, el padre, la madre, en fin sobre la familia. Todo puede ser de utilidad.
_Me parece perfecto, pero no creo que en una semana podamos hacer mucho.
_Razón de mas para apurarnos, buscaremos la forma de alargar los plazos, pero por algún lado hay que empezar.
¿Sabe usted si tienen mucama?
_ Si, creo que sí.
_ ¿Es joven o vieja?
_ Creo que es una chinita bastante joven.
_ Perfecto ¿Tiene algún amigo capaz de hacer un trabajo rápido?
Pudiera ser nuestra mejor fuente de información.
_ Probablemente, talvez el Cholo, es bastante pintón, tiene labia y es muy putañero. Ese podría ser.
_Bien, véalo cuanto antes, mientras tanto, usted, con mucha discreción, trate de averiguar algo en los boliches del barrio, siempre hay alguna vieja chusma dispuesta a contar cosas intimas de la gente.
Eso sí, tenga mucho cuidado con no quedar pagando, si lo pescan se nos va todo al diablo. Yo mientras tanto voy a ir creando una distracción, a la fulana, le van a empezar a caer cartas de amor, de un admirador desesperado, ante la noticia de que el padre pretende casarla.
Discutimos algunos puntos más del plan y cada cual fue a lo suyo. Yo a ver al Cholo y él, a escribir atormentadas cartas de amor.
Me sentía contento y a la vez totalmente desconcertado, nunca hubiera pensado que este tipo, con facha de romántico poeta del novecento, fuera capaz de trazar tan rápidamente, un plan de ataque.
Encontré al Cholo en el boliche, jugaba, con otros al tute cabrero. Cuando conseguí despegarlo del grupo, me lo lleve a una mesa del fondo y le conté mi problema con pelos y señales, por supuesto, le hable de la mucamita y de su intervención en el asunto. Le encanto poder colaborar de este modo, prometió que ni bien terminaba con el reparto de diarios, se ponía en campaña.
Al día siguiente, paso Balaguer por la revista, venia a mostrarme la copia de la carta que había enviado. A más de larguísima, era una increíble mezcla de lugares comunes, frases hechas y cursilerías de todo tipo, con fragmentos de poemas intercalados en el texto y reiteradas declaraciones de amor desesperado. Era patética.
Cuando le di mi opinión, me dijo que no me preocupara, que conocía a sus lectoras y que estaba seguro, surtiría el efecto esperado.
En realidad no estaba muy seguro de que efecto debía causar, pero lo vi tan confiado, que no dije mas nada.
Al salir del trabajo, recorrí todos los negocios del barrio, comprando algo en cada uno y tratando de tirarle la lengua a dueños y clientes.
Nada que no supiera, pude averiguar.
El Cholo tuvo más suerte, ya había hecho su primer contacto y tenia cita con la piba para la noche siguiente.
Esa noche, no se porque, pero dormí mas tranquilo.
En su siguiente visita, nuestro estratega, me comento que acababa de mandar una nueva carta. Esta no me la mostró, pero me dijo que le sugería, que le contestara, para eso le daba la dirección de la editorial de sus libros y a su nombre de autor de novelas policiales. Eso lo hacia, me explico, para conocer la reacción que le producían sus cartas. Si las contestaba, seguramente seria porque le habían interesado.
Ahora me tocaba a mí, conseguir más tiempo. Debía entrevistar al viejo y mostrándome dispuesto a casarme, solicitarle unos días para solucionar algunos problemas pendientes.
Temiendo que con su experiencia de prestamista, se diera cuenta de que lo mío no eran mas que maniobras dilatorias, me fui a verlo.
Para mi sorpresa, cuando le exprese mi “sincero” deseo de casarme con su hija y le solicité un cierto tiempo, me dijo que estaba de acuerdo y que me lo tomara con calma. Aparentemente, Zaida, quería también un poco mas de tiempo, antes de decidir tan trascendente paso.
Luego nos enteramos por nuestro informante, que, según lo contado por la mucamita, en casa de sus patrones, se había armado una tremenda discusión, porque a raíz de unas cartas recibidas, la hija quería a toda costa conocer al autor, antes de resolver su casamiento.
Era evidente que las cartas habían surtido el efecto que su autor buscaba. Fue una jugada maestra.
Ahora con más tiempo por delante, podríamos continuar con las investigaciones, mientras el poeta continuaba con sus cartas.
No lo vi por varios días. Una tarde me llamo para contarme que estaba recibiendo una carta por día de mí ex novia. Me dijo que estaba bastante asombrado. _ Usted no se imagina, esa mina es mucho más inteligente y sensible de lo que parecía, además ha leído muchísimo y es amante de la poesía. Sus cartas son realmente interesantes. Lo malo es que quiere conocerme, no sé todavía que voy a hacer, ya veré, después le cuento.
Como el asunto de la deuda parecía haber quedado en stan bay, junto con el matrimonio, me sentía mucho mas tranquilo. Pese a todo, no tenia la menor idea de cómo podía terminar esto, ni hasta cuando podríamos estirar el desenlace.
El Cholo, mientras tanto, seguía viento en popa con la piba y se lo veía cada vez mas entusiasmado. No averiguaba nada nuevo, pero no perdía oportunidad de verla.
Balaguer, parecía haberse borrado, hacia un montón de días que no tenía noticias de él. De casualidad, me enteré, que por su cuenta, le había pedido al Cholo, que dejara en paz a esa familia y suspendiera todo tipo de averiguación sobre ellos. Este accedió, siempre que ello no significara tener que dejar de ver a Dorita, la mucama.
Extrañado, lo llamé por teléfono, me costó bastante ubicarlo porque aparentemente estaba muy poco en su casa.
Cuando por fin me atendió, note que a todas mis preguntas, contestaba con evasivas. Usaba un montón de palabras para no decir nada y trataba de confundirme dando vuelta las cosas, pero al final termino confesando que se había encontrado con Zaida y que la habían pasado bárbaro. Se maravillaba al notar la cantidad de cosas en común que tenían. Después de esta confesión, con una excusa trivial, me cortó
Como al mes de esta conversación telefónica, me encontré con mi amigo el diarero, que, muerto de risa, me contó, que por su novia, se acababa de enterar del próximo casamiento de Zaida Kaplan con Balaguer Mendosa.
Dos o tres meses después, cuando casi había olvidado todos estos acontecimientos, recibí un llamado del escritor, quien en tono muy serio y circunspecto, me invitaba a una reunión en casa de los Kaplan.
Cuando llegue a la tal cita, me abrió la puerta un señor, que en primer momento, me resulto totalmente desconocido. Después de unos minutos, y más que nada por su forma de hablar, reconocí que tenía ante mí, al ex facha de poeta.
Vestía un impecable traje gris, se había cortado el pelo y estaba prolijamente afeitado. Recién ahora notaba su extraordinaria fealdad y lo desagradable de sus gestos.
Con toda seriedad, me explico que el señor Kaplan, resolvió jubilarse e irse a vivir con su esposa a Miami, por lo tanto, Zaida y él habían quedado a cargo de los negocios. Con respecto a mi deuda, que no había prescripto ni mucho menos, para que no me resultara tan pesada, se las pagaría en doce cuotas, con interés bancario, a partir del mes siguiente.
Por supuesto, agradecí su deferencia y me fui de esa casa, sin saber si llorar o reír.
El Cholo, no se caso con Dorita, pero se fueron a vivir juntos y tienen un bebe hermoso.
___________________________________2006
La Quemazón
.
Uno a uno, lentamente al principio, los árboles comenzaron a contagiarse.
Cordialmente, se pasaban las llamas unos a otros.
No sabemos cómo comenzó. Colaboraron, indudablemente, el hecho de no haber empezado aún la época de las lluvias, la cantidad de hojas acumuladas en el suelo durante el invierno y las altísimas temperaturas, raras, para esta altura de la primavera.
Las hojas, los pastos y los matorrales secos, hacían que el fuego se moviera a gran velocidad a ras del piso. Cualquier brisa un poco más fuerte, levantaba las llamas, encendiendo los arbustos y árboles de madera blanda. Los cebiles y lapachos, se prendían por la base, y lentamente se convertían en grandes brasas, hasta caer, dejando su figura dibujada en grises cenizas, sobre el negro del suelo.
Algunos pájaros, desprevenidos, no alcanzaban a levantar vuelo y se quemaban en las altas ramas, al igual que las liebres y otros bichos que no escapaban a tiempo de sus cuevas.
Ahora el fuego corría a gran velocidad por el monte, dirigiéndose directamente a la ranchada, donde ajenos a todo, dormían los cuatro.
Habían caído rendidos en sus catreras después de un día agotador. A esto se le sumaba el abundante vino con el que acompañaron al dorado que comieron.
Cardona, se despertó furioso por los gritos de los monos y los insistentes ladridos del perro. Quería moler a palos a ese choco de porquería, pero pronto, el humo, lo hizo despabilarse y comprender la situación. A los gritos y a los golpes, despertó a los otros.
Alcanzaron a juntar algunas pilchas y a salir corriendo para el arroyo, justo antes que se les quemara el ranchito de palo a pique, que levantaran dos días antes. Al llegar a éste, mojaron trapos y camisas para taparse boca y narices, el humo ya amenazaba con ahogarlos.
Al trote, rumbearon aguas abajo, tratando de llegar al Bermejo, que por suerte no quedaba lejos.
Mientras corrían, tuvieron que esquivar a más de un bicho, que escapando también a la quemazón, pasaban en todas direcciones, sin prestarles la menor atención.
Lo más peligroso hubiera sido pisar alguna víbora o toparse de golpe con algún grupo de chanchos de monte, que capaz les pegaban una atropellada.
Las corzuelas corrían a lo locas sin saber muy bien para dónde ir. Como un bólido, atropellando las matas, apareció un anta con su cría y a lo lejos alcanzaron a ver a un jaguar que desaparecía rápidamente, mientras, un gualacate, se zambullía en el agua, y nadando velozmente, se les adelantaba.
Con la lengua afuera y medio sofocados, llegaron por fin al río más grande. Forzosamente debían cruzarlo si es que pretendían estar un poco más seguros en la orilla de enfrente.
Esto no se veía muy fácil. El calmo río de transparentes aguas de días atrás, ahora había tomado su color marrón rojizo y bajaba con notoria fuerza. Metía miedo con los ruidos que hacían las piedras que se chocaban al ser arrastradas por la correntada.
Evidentemente, más al norte, ya había empezado a llover.
Pese a las vacilaciones que el espectáculo les produjo, cuando empezaron a sentir el bramido del fuego a sus espaldas, se metieron al agua y comenzaron a nadar desesperadamente para el otro lado.
La corriente los arrastraba como si fueran hojitas secas y a duras penas, consiguieron llegar a la otra margen. Salieron a más de quinientos metros aguas abajo.
No todos lo lograron, a Segundo Quispe, lo encontraron después, entre unas piedras, bastante más lejos.
¡Indio bruto!, Fue el comentario del cholo Gutiérrez ¡Si no se ahogaba, se hubiera terminado cortando el cogote con su propio machete!
Taparon el cuerpo con unas piedras, lo mejor que pudieron y lo más lejos del agua posible, para que la creciente que se avecinaba, no se lo llevara.
Enfrente ya se veían las primeras llamas, lo que les hizo comprender que no estaban para mucha ceremonia. En cualquier momento, el fuego se cruzaba, había que apurarse. Buscaron una vieja picada de contrabandistas de coca, que sabían por allí estaba y rápidamente, rogando no encontrase con ninguna patrulla de gendarmes, se internaron por ella.
El chato Cardona, mientras movía rápidamente sus cortas patitas, con los ojos llenos de lágrimas, intentaba sacarle el agua a su más preciado bien, un charango que lo acompañaba desde hacía ya mucho tiempo y que pese a sus esfuerzos, se había empapado en el cruce.
Más atrás, Timoniel Pérez, el más gordo de los tres, avanzaba resoplando ya al borde del desmayo.
Mal dormidos, cansados y hambrientos, cuando creyeron haberse alejado lo suficiente, se tiraron un rato al borde de una pequeña laguna. Era evidente que allí no podrían quedarse, debían encontrar un lugar donde hacer noche y algo para comer.
Por suerte, Timoniel, había salvado su machete y el Cholo tenía su honda hecha con una cámara de auto. Con eso, seguramente, algo cazarían.
Anduvieron un rato más hasta llegar a un pequeño arroyito. En una de sus márgenes, encontraron un descampado, bastante limpio de yuyos, no muy grande, pero lo suficiente como para pasar la noche.
Mientras Pérez cortaba unos palos para hacer las catreras, que les permitirían dormir sin hacerse mayores problemas por los bichos rastreros, el Cholo y el Chato se dedicaron a buscar algo que se dejara cazar, para la comida.
Aparecieron trayendo, un lobo de río, con mas gusto a pescado podrido que otra cosa, una paloma montera, dura como piedra y un acutí. Este último era lo mejor, pero con el hambre que tenían, se comieron todo. Un rato alcanzaron a dormir, pero, primero el frío de la noche y el humo que llegaba los convenció de la necesidad de seguir camino.
Extenuados, llegaron bien entrada la noche a Aguas Blancas, donde acurrucados contra una pared, esperaron el amanecer.
Después de mucha charla y promesas, convencieron al chofer del micro, que los llevara a Oran, sin cobrarles.
Una vez en el pueblo, se fueron derecho a verlo al turco Jalil, que era quien los había contratado.
El turco, se puso como loco al enterarse de la suspensión de los trabajos
La picada debió estar terminada justo antes de las lluvias. Ahora, con la quemazón, perdería la protección del monte y su vehículo sería fácilmente detectable.
Su intención era llegar con el cargamento desde Santa Cruz hasta cerca de Tarija y desde allí, con una 4x4, por la picada llegar al Bermejo, cruzar la merca en una chalana y de ahí seguir por tierra a San Pedro o a Oran.
Ahora, sus planes deberían suspenderse hasta fines del verano y perdería mucha plata.
En tono lastimero, los tres, le rogaban al patrón que les adelantara unos pesos, para poder comer y tratar de recuperar algo de lo perdido, que si bien no era mucho, para ellos significaban, prácticamente, todos sus bienes terrenales.
Después de mucho argumentar, consiguieron ablandarlo un poco. Les tiró unos pesos con la condición de que se trasladaran rápidamente a Tarija y comenzaran el trabajo desde la otra punta, llegando de paso hasta la zona del incendio, para evaluar la posibilidad de completarlo antes de la lluvia.
Él sabia que esto ya no era posible, pero por lo menos adelantarían algo.
Lo primero que hicieron, fue darse un atracón de comida y cerveza, en un bolichito cercano a la estación, para luego comprar los avios necesarios.
Aparte de un poco de carne, galletas, harina y algunos vicios, se llevaron una damajuana de vino, y a instancias de Timoniel, una buena cantidad de cajitas de vino, una manta para cada uno, dos machetes y algunas pocas cosas más. Todas estas cosas eran más baratas de este lado y además las anotaban en la cuenta del turco, si necesitaban algo más lo comprarían en Bermejo o en Tarija.
Cardona, se compró una bolsa de plástico, la que consideró lo suficientemente impermeable, como para llevar su desvencijado charango, esperando poder restaurarlo más adelante.
El cholo Gutiérrez, consiguió que un conocido, le prestara un revólver, con la promesa de traerle, a su regreso, una caja de balas. Del otro lado se conseguían y eran mucho más baratas.
Deberían perder uno o dos días en Tarija, hasta encontrar a alguien que conociera bien la zona, ya que, con la muerte de Quispe, el grupo se había quedado sin baqueano.
En el pueblo tuvieron la agradable sorpresa de un encuentro inesperado. Al trotecito y moviendo la cola, vieron venir, al perro que los salvara del fuego. Resultaba absolutamente inexplicable comprender cómo habría hecho el animal, para llegar hasta allí. Lo habían perdido de vista, cuando escapaban del incendio por el arroyo. Como el choco no se mostrara muy dispuesto a contestar las múltiples preguntas que le formulaban, optaron por aceptarlo nuevamente como integrante del grupo y siguieron en la búsqueda del nuevo baqueano.
Conocieron, al fin, a un tal Antonio Mamani, que se comprometió a llevarlos por los mejores pasos.
Una chatita desvencijada, los llevo unos kilómetros mas al norte, dejándolos en el cruce con un camino secundario que se internaba en lo mas tupido del monte.
Caminaron por la huella hasta un punto donde ya no podían ser vistos desde el camino principal y luego de dejar una discreta marca en un árbol, se adentraron, en lo más cerrado, tratando de no dejar rastros.
Avanzaron así, por más de una hora, hasta llegar a la orilla de un pequeño arroyo. En el lugar comenzaron, rápidamente a limpiar las malezas para ubicar allí el campamento base.
Calculaban que tendrían que dedicarle por lo menos un día para terminar una ranchada, que los protegiera de las inminentes lluvias. Luego de esto pensaban dirigirse al sur, a buscar los pasos que les permitieran llegar al Bermejo.
Pasaron una noche espantosa. Un tremendo viento les voló lo poco que habían alcanzado a techar y el posterior chaparrón los dejo calados hasta los huesos.
Ese día lo dedicaron a reforzar el rancho y a techarlo prolijamente.
Mamani, demostró ser muy poco proclive al trabajo y, por el contrario, ser un muy buen consumidor de vino, para desagrado de los demás que veían como bajaban sus reservas de tetrabrik. Él, argüía que había sido contratado para ser el guía del grupo y no para perder su tiempo en esos menesteres, dignos solamente, de vulgares peones.
Las cosas se estaban caldeando, cuando tuvieron la suerte de ver aparecer a una desprevenida corzuela que llegaba a tomar agua. Rápidamente, con la ayuda invalorable del perro, la cazaron.
Cardona, se dedicó a prender el fuego para asar al bichito, que les aseguraba una provisión de carne como para dos o tres días.
La alegría reinaba en el campamento. Lamentablemente, el nuevo, se estaba poniendo muy pesado. Totalmente borracho, caminaba a los tumbos, de un lado para otro, buscando las cajitas que los otros habían escondido, mientras los insultaba a los gritos.
Trataron de no prestarle mucha atención, a la espera que cayera dormido en cualquier momento.
Por el contrario, el otro cada vez mas furioso, tropezándose con todo, revoleaba los bultos y desparramaba los comestibles en su desenfrenada búsqueda. En uno de esos tropezones, cayo pesadamente sobre la bolsa del Chato. El ruido que se escucho no dejó lugar a dudas, el charango había pasado a mejor vida.
Se produjo un momento de profundo silencio. Parecía que toda la selva había quedado paralizada, esperando algún acontecimiento tremendo.
Con un grito de furia, que se escuchó por varios kilómetros a la redonda y que fue contestado por todos los animales asustados, saltó Cardona sobre el borracho. A trompadas y patadas, lo sacó de la ranchada y ya totalmente fuera de sí, lo arrastraba de los pelos, mientras lo seguía golpeando frenéticamente. El pobre infeliz, con la cara desfigurada y cubierta de sangre no atinaba a nada, hasta que en una de las rodadas, se encontró con un machete en la mano. De un solo golpe le abrió la cabeza al Chato que cayó al suelo como fulminado.
Todo esto pasó tan rápido, que los otros no alcanzaron a hacer nada, pero, al ver a su amigo en el suelo, se abalanzaron sobre su asesino. Este comprendió, a través de su borrachera, que debía defenderse, porque de no hacerlo, con seguridad lo iban a matar.
Con desesperación, comenzó a dar machetazos para todos lados. Con uno, le corto limpíta la mano a Timoniel, que aullando, cayó al piso agarrándose el brazo mientras se desangraba.
El Cholo, sin más contemplaciones, le vació el tambor del revólver en el pecho, pero no pudo evitar, que un machetazo le cortara la yugular.
A fines del verano, encontraron lo que los animales habían dejado de los cuatro.
Fue más o menos para la misma época que se encontraron los restos de Quispe.
No sé que habrá sido del perro..
_______________________________________________2005
Uno a uno, lentamente al principio, los árboles comenzaron a contagiarse.
Cordialmente, se pasaban las llamas unos a otros.
No sabemos cómo comenzó. Colaboraron, indudablemente, el hecho de no haber empezado aún la época de las lluvias, la cantidad de hojas acumuladas en el suelo durante el invierno y las altísimas temperaturas, raras, para esta altura de la primavera.
Las hojas, los pastos y los matorrales secos, hacían que el fuego se moviera a gran velocidad a ras del piso. Cualquier brisa un poco más fuerte, levantaba las llamas, encendiendo los arbustos y árboles de madera blanda. Los cebiles y lapachos, se prendían por la base, y lentamente se convertían en grandes brasas, hasta caer, dejando su figura dibujada en grises cenizas, sobre el negro del suelo.
Algunos pájaros, desprevenidos, no alcanzaban a levantar vuelo y se quemaban en las altas ramas, al igual que las liebres y otros bichos que no escapaban a tiempo de sus cuevas.
Ahora el fuego corría a gran velocidad por el monte, dirigiéndose directamente a la ranchada, donde ajenos a todo, dormían los cuatro.
Habían caído rendidos en sus catreras después de un día agotador. A esto se le sumaba el abundante vino con el que acompañaron al dorado que comieron.
Cardona, se despertó furioso por los gritos de los monos y los insistentes ladridos del perro. Quería moler a palos a ese choco de porquería, pero pronto, el humo, lo hizo despabilarse y comprender la situación. A los gritos y a los golpes, despertó a los otros.
Alcanzaron a juntar algunas pilchas y a salir corriendo para el arroyo, justo antes que se les quemara el ranchito de palo a pique, que levantaran dos días antes. Al llegar a éste, mojaron trapos y camisas para taparse boca y narices, el humo ya amenazaba con ahogarlos.
Al trote, rumbearon aguas abajo, tratando de llegar al Bermejo, que por suerte no quedaba lejos.
Mientras corrían, tuvieron que esquivar a más de un bicho, que escapando también a la quemazón, pasaban en todas direcciones, sin prestarles la menor atención.
Lo más peligroso hubiera sido pisar alguna víbora o toparse de golpe con algún grupo de chanchos de monte, que capaz les pegaban una atropellada.
Las corzuelas corrían a lo locas sin saber muy bien para dónde ir. Como un bólido, atropellando las matas, apareció un anta con su cría y a lo lejos alcanzaron a ver a un jaguar que desaparecía rápidamente, mientras, un gualacate, se zambullía en el agua, y nadando velozmente, se les adelantaba.
Con la lengua afuera y medio sofocados, llegaron por fin al río más grande. Forzosamente debían cruzarlo si es que pretendían estar un poco más seguros en la orilla de enfrente.
Esto no se veía muy fácil. El calmo río de transparentes aguas de días atrás, ahora había tomado su color marrón rojizo y bajaba con notoria fuerza. Metía miedo con los ruidos que hacían las piedras que se chocaban al ser arrastradas por la correntada.
Evidentemente, más al norte, ya había empezado a llover.
Pese a las vacilaciones que el espectáculo les produjo, cuando empezaron a sentir el bramido del fuego a sus espaldas, se metieron al agua y comenzaron a nadar desesperadamente para el otro lado.
La corriente los arrastraba como si fueran hojitas secas y a duras penas, consiguieron llegar a la otra margen. Salieron a más de quinientos metros aguas abajo.
No todos lo lograron, a Segundo Quispe, lo encontraron después, entre unas piedras, bastante más lejos.
¡Indio bruto!, Fue el comentario del cholo Gutiérrez ¡Si no se ahogaba, se hubiera terminado cortando el cogote con su propio machete!
Taparon el cuerpo con unas piedras, lo mejor que pudieron y lo más lejos del agua posible, para que la creciente que se avecinaba, no se lo llevara.
Enfrente ya se veían las primeras llamas, lo que les hizo comprender que no estaban para mucha ceremonia. En cualquier momento, el fuego se cruzaba, había que apurarse. Buscaron una vieja picada de contrabandistas de coca, que sabían por allí estaba y rápidamente, rogando no encontrase con ninguna patrulla de gendarmes, se internaron por ella.
El chato Cardona, mientras movía rápidamente sus cortas patitas, con los ojos llenos de lágrimas, intentaba sacarle el agua a su más preciado bien, un charango que lo acompañaba desde hacía ya mucho tiempo y que pese a sus esfuerzos, se había empapado en el cruce.
Más atrás, Timoniel Pérez, el más gordo de los tres, avanzaba resoplando ya al borde del desmayo.
Mal dormidos, cansados y hambrientos, cuando creyeron haberse alejado lo suficiente, se tiraron un rato al borde de una pequeña laguna. Era evidente que allí no podrían quedarse, debían encontrar un lugar donde hacer noche y algo para comer.
Por suerte, Timoniel, había salvado su machete y el Cholo tenía su honda hecha con una cámara de auto. Con eso, seguramente, algo cazarían.
Anduvieron un rato más hasta llegar a un pequeño arroyito. En una de sus márgenes, encontraron un descampado, bastante limpio de yuyos, no muy grande, pero lo suficiente como para pasar la noche.
Mientras Pérez cortaba unos palos para hacer las catreras, que les permitirían dormir sin hacerse mayores problemas por los bichos rastreros, el Cholo y el Chato se dedicaron a buscar algo que se dejara cazar, para la comida.
Aparecieron trayendo, un lobo de río, con mas gusto a pescado podrido que otra cosa, una paloma montera, dura como piedra y un acutí. Este último era lo mejor, pero con el hambre que tenían, se comieron todo. Un rato alcanzaron a dormir, pero, primero el frío de la noche y el humo que llegaba los convenció de la necesidad de seguir camino.
Extenuados, llegaron bien entrada la noche a Aguas Blancas, donde acurrucados contra una pared, esperaron el amanecer.
Después de mucha charla y promesas, convencieron al chofer del micro, que los llevara a Oran, sin cobrarles.
Una vez en el pueblo, se fueron derecho a verlo al turco Jalil, que era quien los había contratado.
El turco, se puso como loco al enterarse de la suspensión de los trabajos
La picada debió estar terminada justo antes de las lluvias. Ahora, con la quemazón, perdería la protección del monte y su vehículo sería fácilmente detectable.
Su intención era llegar con el cargamento desde Santa Cruz hasta cerca de Tarija y desde allí, con una 4x4, por la picada llegar al Bermejo, cruzar la merca en una chalana y de ahí seguir por tierra a San Pedro o a Oran.
Ahora, sus planes deberían suspenderse hasta fines del verano y perdería mucha plata.
En tono lastimero, los tres, le rogaban al patrón que les adelantara unos pesos, para poder comer y tratar de recuperar algo de lo perdido, que si bien no era mucho, para ellos significaban, prácticamente, todos sus bienes terrenales.
Después de mucho argumentar, consiguieron ablandarlo un poco. Les tiró unos pesos con la condición de que se trasladaran rápidamente a Tarija y comenzaran el trabajo desde la otra punta, llegando de paso hasta la zona del incendio, para evaluar la posibilidad de completarlo antes de la lluvia.
Él sabia que esto ya no era posible, pero por lo menos adelantarían algo.
Lo primero que hicieron, fue darse un atracón de comida y cerveza, en un bolichito cercano a la estación, para luego comprar los avios necesarios.
Aparte de un poco de carne, galletas, harina y algunos vicios, se llevaron una damajuana de vino, y a instancias de Timoniel, una buena cantidad de cajitas de vino, una manta para cada uno, dos machetes y algunas pocas cosas más. Todas estas cosas eran más baratas de este lado y además las anotaban en la cuenta del turco, si necesitaban algo más lo comprarían en Bermejo o en Tarija.
Cardona, se compró una bolsa de plástico, la que consideró lo suficientemente impermeable, como para llevar su desvencijado charango, esperando poder restaurarlo más adelante.
El cholo Gutiérrez, consiguió que un conocido, le prestara un revólver, con la promesa de traerle, a su regreso, una caja de balas. Del otro lado se conseguían y eran mucho más baratas.
Deberían perder uno o dos días en Tarija, hasta encontrar a alguien que conociera bien la zona, ya que, con la muerte de Quispe, el grupo se había quedado sin baqueano.
En el pueblo tuvieron la agradable sorpresa de un encuentro inesperado. Al trotecito y moviendo la cola, vieron venir, al perro que los salvara del fuego. Resultaba absolutamente inexplicable comprender cómo habría hecho el animal, para llegar hasta allí. Lo habían perdido de vista, cuando escapaban del incendio por el arroyo. Como el choco no se mostrara muy dispuesto a contestar las múltiples preguntas que le formulaban, optaron por aceptarlo nuevamente como integrante del grupo y siguieron en la búsqueda del nuevo baqueano.
Conocieron, al fin, a un tal Antonio Mamani, que se comprometió a llevarlos por los mejores pasos.
Una chatita desvencijada, los llevo unos kilómetros mas al norte, dejándolos en el cruce con un camino secundario que se internaba en lo mas tupido del monte.
Caminaron por la huella hasta un punto donde ya no podían ser vistos desde el camino principal y luego de dejar una discreta marca en un árbol, se adentraron, en lo más cerrado, tratando de no dejar rastros.
Avanzaron así, por más de una hora, hasta llegar a la orilla de un pequeño arroyo. En el lugar comenzaron, rápidamente a limpiar las malezas para ubicar allí el campamento base.
Calculaban que tendrían que dedicarle por lo menos un día para terminar una ranchada, que los protegiera de las inminentes lluvias. Luego de esto pensaban dirigirse al sur, a buscar los pasos que les permitieran llegar al Bermejo.
Pasaron una noche espantosa. Un tremendo viento les voló lo poco que habían alcanzado a techar y el posterior chaparrón los dejo calados hasta los huesos.
Ese día lo dedicaron a reforzar el rancho y a techarlo prolijamente.
Mamani, demostró ser muy poco proclive al trabajo y, por el contrario, ser un muy buen consumidor de vino, para desagrado de los demás que veían como bajaban sus reservas de tetrabrik. Él, argüía que había sido contratado para ser el guía del grupo y no para perder su tiempo en esos menesteres, dignos solamente, de vulgares peones.
Las cosas se estaban caldeando, cuando tuvieron la suerte de ver aparecer a una desprevenida corzuela que llegaba a tomar agua. Rápidamente, con la ayuda invalorable del perro, la cazaron.
Cardona, se dedicó a prender el fuego para asar al bichito, que les aseguraba una provisión de carne como para dos o tres días.
La alegría reinaba en el campamento. Lamentablemente, el nuevo, se estaba poniendo muy pesado. Totalmente borracho, caminaba a los tumbos, de un lado para otro, buscando las cajitas que los otros habían escondido, mientras los insultaba a los gritos.
Trataron de no prestarle mucha atención, a la espera que cayera dormido en cualquier momento.
Por el contrario, el otro cada vez mas furioso, tropezándose con todo, revoleaba los bultos y desparramaba los comestibles en su desenfrenada búsqueda. En uno de esos tropezones, cayo pesadamente sobre la bolsa del Chato. El ruido que se escucho no dejó lugar a dudas, el charango había pasado a mejor vida.
Se produjo un momento de profundo silencio. Parecía que toda la selva había quedado paralizada, esperando algún acontecimiento tremendo.
Con un grito de furia, que se escuchó por varios kilómetros a la redonda y que fue contestado por todos los animales asustados, saltó Cardona sobre el borracho. A trompadas y patadas, lo sacó de la ranchada y ya totalmente fuera de sí, lo arrastraba de los pelos, mientras lo seguía golpeando frenéticamente. El pobre infeliz, con la cara desfigurada y cubierta de sangre no atinaba a nada, hasta que en una de las rodadas, se encontró con un machete en la mano. De un solo golpe le abrió la cabeza al Chato que cayó al suelo como fulminado.
Todo esto pasó tan rápido, que los otros no alcanzaron a hacer nada, pero, al ver a su amigo en el suelo, se abalanzaron sobre su asesino. Este comprendió, a través de su borrachera, que debía defenderse, porque de no hacerlo, con seguridad lo iban a matar.
Con desesperación, comenzó a dar machetazos para todos lados. Con uno, le corto limpíta la mano a Timoniel, que aullando, cayó al piso agarrándose el brazo mientras se desangraba.
El Cholo, sin más contemplaciones, le vació el tambor del revólver en el pecho, pero no pudo evitar, que un machetazo le cortara la yugular.
A fines del verano, encontraron lo que los animales habían dejado de los cuatro.
Fue más o menos para la misma época que se encontraron los restos de Quispe.
No sé que habrá sido del perro..
_______________________________________________2005
El Cuchillo
.
El cuchillo estaba sobre la mesa.
No podía comprender quién lo había dejado allí, ni cómo alguien podía deshacerse de algo tan bello.
Era realmente hermoso. Lo miraba absorto, prefería imaginar que no tenía dueño y que se lo habían dejado de regalo. Lo tomó en sus manos con cariño. Lo sopesó, sintió que tenía un equilibrio perfecto, tanto de formas como de peso. Formaba una prolongación exacta de su mano, de su brazo. La hoja era estrecha y larga, de doble filo, con sangrador bien definido. El mango, a más de hermosamente trabajado, era como debía ser, funcional pensó. Daba la sensación que con algo así no sería nada difícil matar a una persona.
Lentamente lo fue girando hacia su pecho y lo apoyo a la altura de su corazón. Tuvo idea exacta del filo de esa hoja, recién cuando vió, con asombro, cómo traspasaba el saco y la camisa. Del asombro pasó al terror al notar que se perdía en su interior.
De pronto se vió tirado en el piso.
Extraña sensación ésta, la de saberse ahí parado y sin embargo conciente que ése que está en el suelo, también es uno.
Pero, ¿era uno o lo había sido? Indudablemente ese tipo tirado que, además, era o había sido uno, con un cuchillo clavado en el pecho y ese color tan feo, indicaba, sin lugar a dudas, que uno estaba muerto.
Se le hacia difícil, pese a todo, aún a sabiendas que realmente estaba muerto, confesarse que efectivamente lo estaba.
Se paró frente al espejo y no se vió. Le resultó desagradable pero pronto deshechó la prueba por trivial. En realidad rápidamente dejó de lado la idea de probarse nada ya que un sexto sentido, que todo muerto debe tener, le indicó que no había nada que hacer, era cosa hecha.
¡Qué boludo!, pensó ¡Todavía estaba en buen estado, no entiendo el porqué de esa estupidez de venir a matarme!
Un poco más tranquilo, intentó un vuelito. Llegó hasta el techo pero no lo tocó, tuvo miedo de pasar de largo, le costaba acostumbrarse a su condición de alma en pena. Dió una vueltita alrededor de la lámpara que colgaba del techo y bajó. Decidido a seguir experimentando, se largó por la ventana a la calle, después de todo era interesante esto de ver todo de arriba como fantasma.
Desde chico tenía el sueño recurrente que volaba y la pasaba tan bien que le molestaba cuando lo despertaban.
Lo primero que vió fue a la viudita del 6º B que llegaba contoneándose cadenciosamente. Se le fue al humo, hacía mucho tiempo que le tenía ganas y esa fulanita pedía a gritos que la atraquen. De pronto se quedo frío, se acordó que ahora era medio difícil que alguien le diera pelota. Miró a su alrededor avergonzado, no hubiera sido divertido encontrarse con el marido. Cabizbajo, se volvió a su departamento.
Qué aburrida pintaba esta nueva vida sin minas.
¡Puaj! Qué asco, siempre me resultaron muy desagradables los muertos. Se sentó en el sillón sin saber qué hacer.
-Me imagino que aparecerá alguien a dar instrucciones, pensó. Sería muy rompe pelotas que ahora también vinieran a joder con eso de los libre albedríos, libre expresiones, democracias y otras huevadas por el estilo.
Se aburrió un rato, bastante molesto por no poder fumarse un cigarrillo y sin nada que hacer.
-Un momento, se dijo, si de esto no se hubiera enterado nadie todavía, tal vez se pudiera intentar algo. Pensá con calma. Yo me salí de allí adentro y por eso me morí, entonces, si me vuelvo a meter, todo arreglado.
Venciendo su repugnancia se mando para adentro. No era tan fácil como creyó en un principio, pero de a poco se fue acomodando. Empezó a mirarse los interiores.
-Esto si que es una verdadera introspección, meditó.
Qué flor de despelote era ese lío de tripas, sesos, nervios, huesos, tendones y vaya a saber qué más. Se arrepintió seriamente de no haber estudiado más anatomía en el secundario.
Se encontró con el cuchillo, lo agarró por la punta, se dió cuenta que no le pinchaba. Por probar probó y con asombro vió que se movía.
Se quedo quietito un rato, pensando. Probó de nuevo, de nuevo se movió, esta vez lo empujo para afuera. Fue apenas una fracción de milímetro. La emoción le turbó la vista por un momento, rápidamente se recuperó y una súbita inspiración lo puso en acción.
Vio el agujerito que había quedado libre, agarró un montoncito de células que andaban por ahí y lo tapo. Repitió la operación una y otra vez febrilmente.
Tuvo que corregir alguna célula que con el apuro había quedado de canto, pero cada vez faltaba menos. Continuó rellenando milímetro a milímetro incansablemente. Comenzó a sentir que se le nublaba nuevamente la vista y que le faltaban las fuerzas. Hizo un último esfuerzo para continuar hasta que de pronto vió todo negro y se sintió desfallecer.
Experimentó un terrible dolor de cabeza y una sensación de gran cansancio. No entendía que podía haberle pasado para sentirse así, tampoco el motivo para estar acostado en el piso.
Sé sentó y miro extrañado a su alrededor. Se sentía extrañamente pesado y torpe. Con dificultad se paró.
Recordó, un poco confusamente al principio, que sobre la mesa había encontrado un hermoso cuchillo. Lo buscó, pero allí no estaba.
Poco a poco los recuerdos fueron apareciendo. Ahora recordaba la hermosa sensación de volar. Intentó dar un vuelito y se pegó flor de golpe. Dolorido fue hasta el espejo, se vió. Con gran esfuerzo pudo contenerse. Se dió vuelta lentamente y miró el piso, no se vió.
Ahora sí, dió un grito de alegría, estaba vivito y coleando.
Se asomó a la ventana y con felicidad, llenó sus pulmones de aire fresco. Buscó el famoso cuchillo, sobre la mesa, efectivamente no estaba, tirado en el piso tampoco. Revisó el sillón, nada. Comenzó a ponerse nervioso y a dar vuelta toda la habitación en su búsqueda. Estaba empezando a creer que todo había sido una horrible pesadilla, cuando un escozor en el pecho, lo llevo a revisarse. Encontró un pequeño tajo en su saco, una mancha de sangre en su camisa y en su pecho una herida no cicatrizada aún. Todo esto lo convenció de que no había sueño posible, el asunto había sido real. Lo preocupante era que el cuchillo seguía sin aparecer.
Unos ruidos en el piso superior le hicieron desviar su atención. Sintió una puerta cerrarse. ¡La viudita! No perdamos más el tiempo con estas macanas, un tipo que estuvo muerto sabe que no debe darse el lujo de seguir paveando.
Se arregló un poco el pelo y se abrochó el saco. Esta minita no se me puede seguir escapando. Rápidamente fue hacia la puerta. En el momento que iba a abrirla, una fría y dura voz, lo dejó helado.
_¡Un momento Señor! Usted ha hecho trampa. Se lo dejó un rato tranquilo para que se fuera acostumbrando, esto no significa que pueda hacer lo que se le ocurra, debe venir con nosotros.
_Está bien, pero...
_¡No hay pero que valga!
_Perdón, yo quería aclararle que ahora estoy vivo.
_¡Señor ese es problema suyo!
_De acuerdo pero el cuchillo desapareció.
_¡Insisto, no hay pero que valga, si el cuchillo desapareció, arréglese como pueda!
_Puede ser que tenga razón, si no hay otro remedio, vamos.
No le quedaba otra, se tiro por la ventana.
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______________________2005
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El cuchillo estaba sobre la mesa.
No podía comprender quién lo había dejado allí, ni cómo alguien podía deshacerse de algo tan bello.
Era realmente hermoso. Lo miraba absorto, prefería imaginar que no tenía dueño y que se lo habían dejado de regalo. Lo tomó en sus manos con cariño. Lo sopesó, sintió que tenía un equilibrio perfecto, tanto de formas como de peso. Formaba una prolongación exacta de su mano, de su brazo. La hoja era estrecha y larga, de doble filo, con sangrador bien definido. El mango, a más de hermosamente trabajado, era como debía ser, funcional pensó. Daba la sensación que con algo así no sería nada difícil matar a una persona.
Lentamente lo fue girando hacia su pecho y lo apoyo a la altura de su corazón. Tuvo idea exacta del filo de esa hoja, recién cuando vió, con asombro, cómo traspasaba el saco y la camisa. Del asombro pasó al terror al notar que se perdía en su interior.
De pronto se vió tirado en el piso.
Extraña sensación ésta, la de saberse ahí parado y sin embargo conciente que ése que está en el suelo, también es uno.
Pero, ¿era uno o lo había sido? Indudablemente ese tipo tirado que, además, era o había sido uno, con un cuchillo clavado en el pecho y ese color tan feo, indicaba, sin lugar a dudas, que uno estaba muerto.
Se le hacia difícil, pese a todo, aún a sabiendas que realmente estaba muerto, confesarse que efectivamente lo estaba.
Se paró frente al espejo y no se vió. Le resultó desagradable pero pronto deshechó la prueba por trivial. En realidad rápidamente dejó de lado la idea de probarse nada ya que un sexto sentido, que todo muerto debe tener, le indicó que no había nada que hacer, era cosa hecha.
¡Qué boludo!, pensó ¡Todavía estaba en buen estado, no entiendo el porqué de esa estupidez de venir a matarme!
Un poco más tranquilo, intentó un vuelito. Llegó hasta el techo pero no lo tocó, tuvo miedo de pasar de largo, le costaba acostumbrarse a su condición de alma en pena. Dió una vueltita alrededor de la lámpara que colgaba del techo y bajó. Decidido a seguir experimentando, se largó por la ventana a la calle, después de todo era interesante esto de ver todo de arriba como fantasma.
Desde chico tenía el sueño recurrente que volaba y la pasaba tan bien que le molestaba cuando lo despertaban.
Lo primero que vió fue a la viudita del 6º B que llegaba contoneándose cadenciosamente. Se le fue al humo, hacía mucho tiempo que le tenía ganas y esa fulanita pedía a gritos que la atraquen. De pronto se quedo frío, se acordó que ahora era medio difícil que alguien le diera pelota. Miró a su alrededor avergonzado, no hubiera sido divertido encontrarse con el marido. Cabizbajo, se volvió a su departamento.
Qué aburrida pintaba esta nueva vida sin minas.
¡Puaj! Qué asco, siempre me resultaron muy desagradables los muertos. Se sentó en el sillón sin saber qué hacer.
-Me imagino que aparecerá alguien a dar instrucciones, pensó. Sería muy rompe pelotas que ahora también vinieran a joder con eso de los libre albedríos, libre expresiones, democracias y otras huevadas por el estilo.
Se aburrió un rato, bastante molesto por no poder fumarse un cigarrillo y sin nada que hacer.
-Un momento, se dijo, si de esto no se hubiera enterado nadie todavía, tal vez se pudiera intentar algo. Pensá con calma. Yo me salí de allí adentro y por eso me morí, entonces, si me vuelvo a meter, todo arreglado.
Venciendo su repugnancia se mando para adentro. No era tan fácil como creyó en un principio, pero de a poco se fue acomodando. Empezó a mirarse los interiores.
-Esto si que es una verdadera introspección, meditó.
Qué flor de despelote era ese lío de tripas, sesos, nervios, huesos, tendones y vaya a saber qué más. Se arrepintió seriamente de no haber estudiado más anatomía en el secundario.
Se encontró con el cuchillo, lo agarró por la punta, se dió cuenta que no le pinchaba. Por probar probó y con asombro vió que se movía.
Se quedo quietito un rato, pensando. Probó de nuevo, de nuevo se movió, esta vez lo empujo para afuera. Fue apenas una fracción de milímetro. La emoción le turbó la vista por un momento, rápidamente se recuperó y una súbita inspiración lo puso en acción.
Vio el agujerito que había quedado libre, agarró un montoncito de células que andaban por ahí y lo tapo. Repitió la operación una y otra vez febrilmente.
Tuvo que corregir alguna célula que con el apuro había quedado de canto, pero cada vez faltaba menos. Continuó rellenando milímetro a milímetro incansablemente. Comenzó a sentir que se le nublaba nuevamente la vista y que le faltaban las fuerzas. Hizo un último esfuerzo para continuar hasta que de pronto vió todo negro y se sintió desfallecer.
Experimentó un terrible dolor de cabeza y una sensación de gran cansancio. No entendía que podía haberle pasado para sentirse así, tampoco el motivo para estar acostado en el piso.
Sé sentó y miro extrañado a su alrededor. Se sentía extrañamente pesado y torpe. Con dificultad se paró.
Recordó, un poco confusamente al principio, que sobre la mesa había encontrado un hermoso cuchillo. Lo buscó, pero allí no estaba.
Poco a poco los recuerdos fueron apareciendo. Ahora recordaba la hermosa sensación de volar. Intentó dar un vuelito y se pegó flor de golpe. Dolorido fue hasta el espejo, se vió. Con gran esfuerzo pudo contenerse. Se dió vuelta lentamente y miró el piso, no se vió.
Ahora sí, dió un grito de alegría, estaba vivito y coleando.
Se asomó a la ventana y con felicidad, llenó sus pulmones de aire fresco. Buscó el famoso cuchillo, sobre la mesa, efectivamente no estaba, tirado en el piso tampoco. Revisó el sillón, nada. Comenzó a ponerse nervioso y a dar vuelta toda la habitación en su búsqueda. Estaba empezando a creer que todo había sido una horrible pesadilla, cuando un escozor en el pecho, lo llevo a revisarse. Encontró un pequeño tajo en su saco, una mancha de sangre en su camisa y en su pecho una herida no cicatrizada aún. Todo esto lo convenció de que no había sueño posible, el asunto había sido real. Lo preocupante era que el cuchillo seguía sin aparecer.
Unos ruidos en el piso superior le hicieron desviar su atención. Sintió una puerta cerrarse. ¡La viudita! No perdamos más el tiempo con estas macanas, un tipo que estuvo muerto sabe que no debe darse el lujo de seguir paveando.
Se arregló un poco el pelo y se abrochó el saco. Esta minita no se me puede seguir escapando. Rápidamente fue hacia la puerta. En el momento que iba a abrirla, una fría y dura voz, lo dejó helado.
_¡Un momento Señor! Usted ha hecho trampa. Se lo dejó un rato tranquilo para que se fuera acostumbrando, esto no significa que pueda hacer lo que se le ocurra, debe venir con nosotros.
_Está bien, pero...
_¡No hay pero que valga!
_Perdón, yo quería aclararle que ahora estoy vivo.
_¡Señor ese es problema suyo!
_De acuerdo pero el cuchillo desapareció.
_¡Insisto, no hay pero que valga, si el cuchillo desapareció, arréglese como pueda!
_Puede ser que tenga razón, si no hay otro remedio, vamos.
No le quedaba otra, se tiro por la ventana.
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______________________2005
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La Cosa
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Salvo error u omisión, era así, la cosa estaba ahí, no cabía duda alguna, había que enfrentarla.
Sí la realidad era esa, no debía seguirle dando tantas vueltas al asunto. Se extrañó de su aparente tranquilidad. Nunca se hubiera imaginado que pudiera llegar a quedarse así frío, como sin darle importancia, a algo que, indudablemente, la tenía y mucho.
Sin embargo, una extraña sensación en la boca del estomago y ese sentir que los pelos de la nuca pugnaban por pararse, le hicieron confesarse, que un obscuro e inexplicable terror se apoderaba de él.
Con todo era preferible que eso pasara justo ahora, de otra forma, probablemente las cosas hubieran sido mucho peores de ocurrir más tarde. En este momento, tal vez, con un poco de suerte, le pudiera encontrar una solución o algo similar.
Tomémoslo con filosofía, se dijo, pero pronto se dió cuenta que no era con filosofía con lo que arreglaría el espantoso asunto. Acción era lo que se necesitaba.
Acá descubrió horrorizado que algo fallaba. Si bien razonaba fríamente y aparentemente su cabeza funcionaba bien, el resto de su cuerpo, no respondía como era debido a las ordenes que partían de su cerebro.
Las piernas, que le pesaban enormemente, paralizadas, se negaban a dar un paso. Sus brazos eran unos extraños objetos, que le colgaban inertes, a los costados del cuerpo, un cuerpo que le quedaba mal, parecía prestado.
Para peor, la cosa, seguía allí y crecía cada vez más. Parecía adueñarse de todo el espacio a su alrededor. Espantado y sintiendo una tremenda sensación de ahogo, puso todo su empeño en lograr moverse. Usando toda la fuerza que el terror le daba, consiguió apenas unos débiles remedos de movimientos desmañados y torpes. En el fondo se causó gracia, si la cosa no fuera tan horrible y la situación tan desesperante, hasta intentaría darse vuelta para mirarse en el espejo. Seguramente su aspecto seria el de un pelele, marioneta colgante de invisibles hilos, que haría reír a grandes y chicos.
Tal vez como forma de exorcizar al tremendo miedo que lo invadía, quiso lanzar una gran carcajada, comprobando, ya, con verdadera pavura, que era absolutamente incapaz de emitir sonido alguno.
Sintió que la cara se le contraía en horripilante mueca y que el corazón, que le latía cada vez con más fuerza, se rompía desprolijamente en varias partes. Alcanzó a pensar¡ Asunto terminado!
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__________________________________ 1990
Salvo error u omisión, era así, la cosa estaba ahí, no cabía duda alguna, había que enfrentarla.
Sí la realidad era esa, no debía seguirle dando tantas vueltas al asunto. Se extrañó de su aparente tranquilidad. Nunca se hubiera imaginado que pudiera llegar a quedarse así frío, como sin darle importancia, a algo que, indudablemente, la tenía y mucho.
Sin embargo, una extraña sensación en la boca del estomago y ese sentir que los pelos de la nuca pugnaban por pararse, le hicieron confesarse, que un obscuro e inexplicable terror se apoderaba de él.
Con todo era preferible que eso pasara justo ahora, de otra forma, probablemente las cosas hubieran sido mucho peores de ocurrir más tarde. En este momento, tal vez, con un poco de suerte, le pudiera encontrar una solución o algo similar.
Tomémoslo con filosofía, se dijo, pero pronto se dió cuenta que no era con filosofía con lo que arreglaría el espantoso asunto. Acción era lo que se necesitaba.
Acá descubrió horrorizado que algo fallaba. Si bien razonaba fríamente y aparentemente su cabeza funcionaba bien, el resto de su cuerpo, no respondía como era debido a las ordenes que partían de su cerebro.
Las piernas, que le pesaban enormemente, paralizadas, se negaban a dar un paso. Sus brazos eran unos extraños objetos, que le colgaban inertes, a los costados del cuerpo, un cuerpo que le quedaba mal, parecía prestado.
Para peor, la cosa, seguía allí y crecía cada vez más. Parecía adueñarse de todo el espacio a su alrededor. Espantado y sintiendo una tremenda sensación de ahogo, puso todo su empeño en lograr moverse. Usando toda la fuerza que el terror le daba, consiguió apenas unos débiles remedos de movimientos desmañados y torpes. En el fondo se causó gracia, si la cosa no fuera tan horrible y la situación tan desesperante, hasta intentaría darse vuelta para mirarse en el espejo. Seguramente su aspecto seria el de un pelele, marioneta colgante de invisibles hilos, que haría reír a grandes y chicos.
Tal vez como forma de exorcizar al tremendo miedo que lo invadía, quiso lanzar una gran carcajada, comprobando, ya, con verdadera pavura, que era absolutamente incapaz de emitir sonido alguno.
Sintió que la cara se le contraía en horripilante mueca y que el corazón, que le latía cada vez con más fuerza, se rompía desprolijamente en varias partes. Alcanzó a pensar¡ Asunto terminado!
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__________________________________ 1990
1997 - La Bailarina Compartida I y II
El Ojo
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Vio, que desde el escritorio, el ojo lo miraba.
Aunque un tanto desorbitado, su aspecto era fiero y acusador.
Después de los dos disparos de escopeta, era lo único que había quedado reconocible de la cabeza del viejo Kowalski. El resto estaba untado aquí y allá.
Esa mirada monocular lo impresionó bastante.
Agarró una carpeta e intentó aplastarlo.
Con una agilidad inesperada, el ojo, de un salto, se ocultó en el fondo de un cajón.
Al no sentirse más observado, dejó de prestarle atención.
Con toda parsimonia, desarmó su escopeta, la limpió meticulosamente y la guardó en un bolso de raquetas de tenis. Salió de la casa, de lo más garifo, caminando lentamente hacia el Lawn Tennis de la otra cuadra.
A cierta distancia y esquivando los pisotones de los transeúntes, lo seguía el ojo. Se veía en él, una incontenible sed de venganza.
No perdonaría jamás, al que reventó al compañero de toda su vida.
Más de una vez, habían visto al viejo, en compañía de gente jodida y trataron de advertirle pero, por ganarse unos pesos más, no les había hecho caso.
El tipo, entró al club, se metió en el vestuario, dejó el bolso en un rincón y calmadamente salió nuevamente a la calle. Allí se subió a un taxi dándole una dirección. Preocupado, el ojo, al no poder oírla, se coló en un colectivo que iba en el mismo sentido que el automóvil. En el primer semáforo, cuando quedaron los dos vehículos a la par, saltó sobre el techo y se escondió detrás del cartel que decía Radio Taxi.
Pararon frente a la puerta de un bar.
Medio machucado por los golpes que recibía en cada frenada brusca, vio como, después de pagarle al tachero, entraba y lo siguió resueltamente. El otro se dirigió a una mesa donde, aparentemente, otros dos lo esperaban.
Oculto, desde un rincón, los observaba atentamente.
Reconoció en ellos a los mismos que había visto en compañía del viejo. Uno, sacó un fajo de billetes y se los dió al recién llegado. Éste agradeció y nuevamente salió a la calle. Paró a otro taxi.
Esta vez el ojo estaba atento. Rápidamente entró al coche entre las piernas del coso y se ocultó debajo del asiento del conductor.
Luego de un trayecto bastante largo, el fulano, bajó y se metió en una veterinaria donde compró algo. Después de esto, caminó un par de cuadras y entró en un edificio de departamentos tomando el ascensor hasta el quinto piso.
El ojo, llegó arriba hecho bolsa después de haber subido los cinco pisos por la escalera. No le importaba, él quería joderle la vida a ese desgraciado.
El tipo, entró en el departamento diciendo en voz alta, ¡ Michi, Michi! Vení que te traigo comida! Apareció un gran gato que al ver tan apetitoso ojo, se lo comió de un bocado. Él alcanzó a ver, que se iba a la mierda.
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________________2006.
Vio, que desde el escritorio, el ojo lo miraba.
Aunque un tanto desorbitado, su aspecto era fiero y acusador.
Después de los dos disparos de escopeta, era lo único que había quedado reconocible de la cabeza del viejo Kowalski. El resto estaba untado aquí y allá.
Esa mirada monocular lo impresionó bastante.
Agarró una carpeta e intentó aplastarlo.
Con una agilidad inesperada, el ojo, de un salto, se ocultó en el fondo de un cajón.
Al no sentirse más observado, dejó de prestarle atención.
Con toda parsimonia, desarmó su escopeta, la limpió meticulosamente y la guardó en un bolso de raquetas de tenis. Salió de la casa, de lo más garifo, caminando lentamente hacia el Lawn Tennis de la otra cuadra.
A cierta distancia y esquivando los pisotones de los transeúntes, lo seguía el ojo. Se veía en él, una incontenible sed de venganza.
No perdonaría jamás, al que reventó al compañero de toda su vida.
Más de una vez, habían visto al viejo, en compañía de gente jodida y trataron de advertirle pero, por ganarse unos pesos más, no les había hecho caso.
El tipo, entró al club, se metió en el vestuario, dejó el bolso en un rincón y calmadamente salió nuevamente a la calle. Allí se subió a un taxi dándole una dirección. Preocupado, el ojo, al no poder oírla, se coló en un colectivo que iba en el mismo sentido que el automóvil. En el primer semáforo, cuando quedaron los dos vehículos a la par, saltó sobre el techo y se escondió detrás del cartel que decía Radio Taxi.
Pararon frente a la puerta de un bar.
Medio machucado por los golpes que recibía en cada frenada brusca, vio como, después de pagarle al tachero, entraba y lo siguió resueltamente. El otro se dirigió a una mesa donde, aparentemente, otros dos lo esperaban.
Oculto, desde un rincón, los observaba atentamente.
Reconoció en ellos a los mismos que había visto en compañía del viejo. Uno, sacó un fajo de billetes y se los dió al recién llegado. Éste agradeció y nuevamente salió a la calle. Paró a otro taxi.
Esta vez el ojo estaba atento. Rápidamente entró al coche entre las piernas del coso y se ocultó debajo del asiento del conductor.
Luego de un trayecto bastante largo, el fulano, bajó y se metió en una veterinaria donde compró algo. Después de esto, caminó un par de cuadras y entró en un edificio de departamentos tomando el ascensor hasta el quinto piso.
El ojo, llegó arriba hecho bolsa después de haber subido los cinco pisos por la escalera. No le importaba, él quería joderle la vida a ese desgraciado.
El tipo, entró en el departamento diciendo en voz alta, ¡ Michi, Michi! Vení que te traigo comida! Apareció un gran gato que al ver tan apetitoso ojo, se lo comió de un bocado. Él alcanzó a ver, que se iba a la mierda.
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________________2006.
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