1952 – Alejandra

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Óleo sobre carton tela

0,30 x 0,40

ODA A LA PACIFICACIÓN

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No se hasta donde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan pólizas
contra la pacificación
y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieran ser pacificados.

cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar y a veces hasta pacifican a dos pájaros de un tiro.

es claro que siempre hay algún necio que se niega
a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento

en realidad somos un país tan peculiar
que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será.


Mario Benedetti

El paylebot

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Le encantaba pasearse por el puerto.
Los barcos fondeados en la rada o los amarrados a sus muelles, lo hacían soñar con viajes a ignotos países. Estos países en general, tenían palmeras, aguas cálidas y extensas playas, por donde paseaban gran número de hermosas y casi desnudas mujeres, que le sonreían incitantes.

Le llamó la atención un lindísimo paylebot, que se hallaba fondeado a cierta distancia de la costa. Tenía dos altos palos con masteleros y enormes velas cangrejas Una carreta de altas ruedas, llevaba a un grupo de pasajeros para embarcase. Se veía que estaba listo para partir. Seguramente debía ir al puerto de Conchillas, de donde traería arena. Era el Gloria, tiempo después se enteraría que había sido vendido y sus nuevos dueños le cambiarían el nombre por el de Roca XVII.
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Era intenso en esos tiempos, el transito de chatas y barcos de todo tipo, entre la costa uruguaya y Buenos Aires. La mayoría transportaba arena y piedra desde Conchillas o desde las canteras del Rosario, para la construcción del puerto de esta margen del Río de la Plata. Además el vapor de la carrera, salía del puerto de Bs.As. con rumbo a Colonia, Conchillas y Soriano, este último sitio era el elegido por muchas familias acaudaladas porteñas, para pasar vacaciones. De allá se hacían traer barriles con agua. Se creía que estas aguas tenían cualidades curativas para males varios.
Pese a que la construcción recién se iniciaba, ya se veían amarrados a sus muelles, a un carguero de la Delta Lines, a un enorme trasatlántico de la línea “C” y enfrente a un tremendo porta contenedores, recién llegado de Hamburgo. Mas allá, acababa de partir el catamarán a Punta del Este, casi al mismo tiempo que Buquebus, anunciaba su salida, con rumbo a Colonia.
Ahora, atrajeron su atención, unas chatas, de las que descargaban caolín. Recién llegaban de Holanda. Allá habían construido los cascos a pedido de una empresa argentina. No contaban con motor, ni obra muerta, se tenían que terminar acá. Para poderlas traer, les habían colocado palos, caolín como lastre y a vela, sin ningún instrumento
familias completas, habían navegado hasta aquí.

Amaba ese ancho y marrón río. No alcanzaba a comprender, cuál podía ser el interés de achicarlo. Los rellenos que se estaban haciendo para construir la costanera norte, le resultaban absurdos.
Habían destruido, prácticamente, la hermosa costanera sur, permitiendo rellenos para hacer la ciudad deportiva de Boca, con esa espantosa confitería y en cambio habían cerrado la Munich, que era hermosa.

Se fue caminando despacito para el bajo. Le gustaba recorrer los barcitos y piringundines que por esos lados había.
Lo atraían esos lugares siempre llenos de marineros y putas. Allí escuchaba hablar en los más exóticos e incomprensibles idiomas, que hacían volar su imaginación mas allá del mar.
Hacía ya un tiempo, en uno de ellos, se había puesto a charlar con un viejo marino, que decía haber quedado varado en Bs.As.
Cada tanto se lo encontraba y tras pagarle algunas copas, lo escuchaba, embobado contar sus aventuras en los siete mares. Algunas veces, le resultaban sospechosamente similares a algunos cuentos de Conrad, rondaban por allí Lord Jim, Tifón y hasta creyó reconocer al Gordon Pinn, de Poe.
No obstante haberse convencido de los macaneos del viejo, le encantaba escuchar sus relatos, los decía con mucha gracia y sentido del humor.
A veces se le iba la mano, un día contó pormenorizadamente, unas operaciones y amputaciones, realizadas en alta mar, que era evidente que habían salido del libro de Oexmelin.

Sin darse cuenta, él, había ido copiando la forma de moverse, los gestos y expresiones y hasta la forma de vestirse de muchos de estos lobos de mar. Le resultaba divertido y muy agradable cundo alguna de las, llamémoslas, señoritas trabajadoras, lo trataban como si fuera él, tripulante de alguno de esos grandes navíos llegados de ultramar. Generalmente, cuando se le acercaban con caras mimosas y voces melifluas, solía contestarles en un inglés champurreado, excusándose por tener que embarcarse en poco rato más. Ellas estaban siempre dispuestas a creerse cualquier cosa, siempre que pensaran, que en los bolsillos había dólares. Ante cualquier sospecha de que no era ese el caso, perdían todo interés y dirigían su atención a otro parroquiano.

Una noche, en que las copas habían sido más que las de costumbre, notó que del bolsillo del raído gabán del viejo, se asomaban unos libros.
A esta altura los dos estaban bastante borrachos. Viendo que el otro,
ya no sabía muy bien lo que decía, ni dónde estaba, se los sacó, lo más suavemente que le fue posible. Eran dos pequeños y ajados tomos. Uno era el "Billy Budd, Marinero", de Melville y el otro, "El bote abierto", de Stephen Crane.
Pese a su estado, el viejo se dio cuenta de lo que ocurría y a los manotazos, trato de recuperar lo que le pertenecía.
Él, que de haber estado fresco no lo hubiera hecho, se le rió en la cara y lo trató de macaneador mentiroso que contaba historias ajenas, para que algún estúpido, le pagara unos tragos.
Ante estas serias acusaciones, el pobre hombre, se quedó unos segundos como confundido, para prorrumpir luego en un patético llanto. Luego de esto y tras recomponerse lo mejor posible, confesó que todo lo que le decía era cierto, pero que si se lo permitía y tenía ganas de escucharla, le contaría su verdadera y triste historia.

Había nacido en la ciudad de Córdoba, donde pasó parte de su infancia. Aún recordaba un paseo que había hecho con sus padres, cuando tenía seis años. Fue cuando conoció el lago de Carlos Paz. No podía imaginar que existiera en todo el mundo, un lugar con tanta agua. Al cumplir los diez años, se mudaron a Buenos Aires. Con admiración conoció el Río de la Plata. Esa enorme superficie de agua surcada por infinitos veleros y grandes barcos.
Ya para entonces navegaba, gracias a Salgari, junto al Corsario Negro y a Sandokan. Poco tiempo después haría Veinte mil leguas con Verne.
Pero lo que realmente lo marcaría para toda su vida, fue cuando a los quince años, veranearon en Mar del Plata. El espectáculo de ese maravilloso mar, visto por primera, y aunque él no lo supiera, última vez, lo dejaron anonadado. Allí, resolvió solemnemente, dedicar su vida a navegar los siete mares.
De regreso en Bs.As., se le presento por fin la oportunidad de embarcase. Fue un día que cruzó el Riachuelo en bote. Llegó a la otra orilla, sintiéndose bastante descompuesto. Lo achacó al espantoso olor que salía de esa agua negra y podrida.
La segunda oportunidad la tuvo, cuando sus padres, resolvieron hacer un paseo por el Delta. La posibilidad de poder tomar una lancha colectiva lo llenaba de alegría. Cuando llegaron al embarcadero de Tigre, la visión de tantas lanchas que iban y venían, le produjo una sensación de tremenda excitación y no veía el momento de estar en una de ellas. Lamentablemente, una vez embarcados, no pudieron hacer mucho camino. Apenas salidos del puerto, cuando recién encaraban el Lujan rumbo al Carapachay, el timonel, pegó la vuelta y los desembarcó en la primer escalera del muelle. Él ya había vomitado encima de todos los pasajeros y tripulantes.
Pasó una semana tremenda, bastaba con recordar los movimientos de la lancha, para que no pudiera retener alimento alguno en el estomago.
La siguiente vez que pisó la cubierta de una embarcación, fue durante una visita que junto a sus compañeros de colegio, realizó a la fragata Sarmiento. Lo tuvieron que bajar entre dos marineros, mientras, el resto de los visitantes, seguía patinándose a bordo.
Pese a todas estas experiencias negativas, leía cuanto libro tuviera algo que ver con aventuras marineras. A bordo del Pequod, persiguió a la gran ballena blanca, sintió sobre cubierta el rítmico golpeteo de la muleta de John Silver, sobrevivió a innumeras batallas en las que generalmente estaba del lado de los piratas, fue perseguido por los fantasmas de Hope Hodgson y hasta estuvo en la Antártica con Sobral.
Por más que le contaran que el almirante Nelson, había dirigido la mayoría de sus batallas, desde su cucheta, vomitando y enfermo, no podía evitar la profunda depresión que sentía, al ver como morían sus sueños. Poco a poco se fue apartando de la gente, dejó sus estudios y lo único que hacía era recorrer bibliotecas en busca de nuevos libros. Así fue cayendo hasta terminar en lo que era hoy, un pobre infeliz que vivía una mentira, que al menos le permitía tomar algunas copas gratis.

Después de esta tragicómica confesión, el hombre, entrecerró los ojos y quedo inmóvil ajeno a todo lo que lo rodeaba.
Él sin decir una palabra, se levantó, pagó los tragos y salió lentamente.
Se había dado cuenta que lo escuchado, lo afectaba más de lo que podía esperase. De golpe comprendió el porqué. Veía con claridad reflejado su futuro, después de todo, había leído prácticamente los mismos libros, había imaginado infinidad de aventuras, se vestía como marinero y jamás se había decidido a subirse a un barco.
A la mañana siguiente la resolución ya estaba tomada. Presentó la renuncia a su empleo en el banco, produciendo un gran desconcierto entre familiares y amigos, que no podían entender su repentina decisión. A todas las preguntas respondía lo mismo, estaba resuelto a cambiar totalmente de vida, pero no estaba dispuesto a aclarar más nada.
Terminó de arreglar asuntos pendientes y un día, viendo al paylebot, María Luisa amarrado en el puerto, se presentó a su capitán. Le solicitó un puesto como tripulante, ofreciéndose en cambio a trabajar sin cobrar sueldo, durante dos viajes. Luego de los mismos, si ambos quedaban conformes y sobre todo, si él demostraba ser apto para el oficio de marinero, hablarían sobre su contratación definitiva.
El capitán, que acababa de desembarcar a un tripulante por enfermedad, aceptó la oferta encantado.
Así se convirtió por fin en marinero.

Bastaron unos pocos viajes para aprender muchas cosas. La primera de todas, fue que la vida a bordo, no tenía nada de romántica y que se trabajaba más de lo que hubiera pensado. El primer pampero que los tomó en medio del río, no sería un tifón, pero no le gustó nada. Menos aún, el agotador trabajo con los remos, para sacar al barco, de la varadura. Los canales eran bastante angostos y cambiantes.
Los puertos donde atracaban, eran bastante aburridos. Las mujeres escasas.
De todas formas estaba conforme, ya tenía libreta de embarque y podía intentar nuevos rumbos. Además el hecho de no haber sufrido ninguno de los males, de los que aquejaban al pobre viejo, lo llenaba de alegría.
No le fue tan fácil esta vez conseguir un nuevo trabajo, la oferta era mucha y la demanda poca, además su escasa trayectoria, lo relegaba en la lista de posibles embarques. Consiguió por fin, un puesto de ayudante de cocina o algo así, en el Cruz del Sur. Este era un gran barco factoría, que acababa de botar Perón. Seguramente su destino no sería los mares tropicales, que ansiaba conocer, pero por lo menos sería una nueva experiencia. Esta experiencia, en definitiva, le resultó menos agradable que la anterior, ya que no supo muy bien por qué, ni cómo, terminó, de cocinero, durante dos temporadas, en un establecimiento de balleneros en Grytviken, en las Georgias del Sur.
A su regreso a Buenos Aires, tenía varias cosas en claro.
La primera era que no quería oler grasa de ballena, ni comer carne de ballena por el resto de sus días. La segunda era que había comido suficiente pescado, como para los próximos cincuenta y cuatro años. Y por último, lo más importante, que estaba podrido de humedad, de agua y de jugar a ser marinerito. No quería que le hablaran más de inmensos mares ni de pequeños ríos. Lo único que realmente ansiaba, en ese momento, era pasar un montón de días, en la cama con una señorita bien oliente.
Una vez satisfecho este deseo, y viendo que sus fondos bajaban con demasiada rapidez, comprendió que debía buscar un nuevo trabajo.
Pronto se dio cuenta que no estaba dispuesto a volver a ser bancario, ni a estar encerrado en una oficina. Pese a lo malo de la experiencia anterior, le había tomado el gusto a la vida al aire libre y a los espacios abiertos. De golpe descubrió, que lo que realmente lo había impulsado a su loca aventura, era Buenos Aires. Lo agobiaba, lo ahogaba, ya no aguantaba más acá tampoco.

Dispuesto a cambiar nuevamente de vida y bastante interesado en alejarse de Bs.As., y del río, rumbeó para el interior de la provincia.
Tenía un pariente lejano, que vivía en la zona de Bragado. Siempre le había resultado un paisano muy macanudo, así que decidió visitarlo.
Si no conseguía algo por esos pagos, por lo menos, pasaría un tiempo en el campo. Al llegar, se sintió un poco molesto, lo primero que lo llevaron a conocer fue la laguna. En realidad, debió reconocer que no era lo suficientemente grande como para inquietarlo.
En general el lugar le resultó muy agradable, la gente encantadora y la carne abundante. A los pocos días de llegar, ya estaba trabajando.
En el pueblo, había un frigorífico que faenaba caballos. Parece ser que destinaban su carne, entre otras cosas, para la fabricación de mortadela. Si bien sus tareas eran de orden administrativas, el ambiente era mucho más distendido que el del banco y el resto de los empleados, eran verdaderos gauchos. Pronto aprendió a montar y una vez que tuvo su culo acostumbrado, se pudo dar el gusto de hacer largos paseos a caballo.
De a poco, consiguió que le permitieran acompañar, a los compradores
de animales. En esa forma conoció toda la provincia y gran parte de
La Pampa. Terminó hecho un verdadero entendido en equinos.
Así como antes se había mimetizado con los marinos, ahora era un auténtico gaucho. Botas, bombachas batarazas, faja y cinto con rastra,
pañuelo al cuello y para completar el atuendo, una boina pirenaica. Esta en recuerdo de su apellido materno.
Su verdadero descubrimiento, fue darse cuenta, que este mar de pasto, lo llenaba de gozo, mientras que, el de agua lo deprimía. Era ahora realmente feliz. Le gustaban los ratos que pasaba mateando, por las noches, en algún fogón con los arrieros o por las mañanas, con los paisanos en la matera de alguna estancia. Se divertía como un chico jugando a la taba o visteando con una alpargata, y en más de un boliche, lo consideraban un experto en el juego del sapo. Chinitas no faltaban en su deambular por los diferentes pueblos que visitaba.
A veces, hasta conocía a algún personaje interesante. En una oportunidad que anduvo por los pagos de Areco, le presentaron a un arriero, que decían, era famoso. Se trataba de un tal Segundo. A él le resultó un viejo plomo y grandilocuente. Se ve que el hombre no estaba en un buen día.

Enterados, que Stekelman, tenía bastantes caballos a la venta, se llegaron hasta el campo donde los guardaba. Estos estaban en el tambo de Morón, en la zona de los bajos, cerca del ombú. Después de haber inspeccionado a los animales y cerrado el trato, fueron hasta un boliche cercano. Éste, era una especie de pulpería, una de las últimas que quedaban en la zona.
Contentos por haber realizado un buen negocio, festejaron largo rato. Al salir, sintiendo ya los efectos de unas cuantas limetas, se tropezó con un hombre que entraba. Era un tipo bastante alto, flaco, vestido de negro, de bigote achinado y mirada torva. Él, medio caliente, lo enfrentó en actitud desafiante. El otro, simplemente lo apartó de un manotazo, sin darle la menor importancia. El acompañante del flaco, a la pasada, le dijo ¡Quedate tranquilo pibe, no te metas en líos al pedo! Esto lo puso como loco. Se le fue al humo, increpándolo de viva vos y haciendo ademán de sacar el facón de la cintura. Ante esta actitud, el hombre se paro y sacando de debajo del sacó, un revólver que tenía un caño como de sesenta centímetros, se lo apoyo en la frente, y sin una palabra apretó el gatillo.
El hombre de negro era Bairoleto.




_________________2005.





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¡¡¡2010!!!
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¡¡¡Parece mentira
todavía sigo por acá!!!

1999 - Flores amarillas

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Óleo sobre tela
0,49 x 0,58

1999 - La misma con el pelo teñido

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,60

2009 – Paolo e Francesca nel inferno

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,70

2009 – Un río llorare

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Óleo sobre arpillera
0,70 x 1,00

Los Saltimbanquis

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Hoy- GRAN FUNCION- Hoy

La gran compañía de teatro

Dirigida
Por la primera actriz
Dña. Margarita Fuentes Cornejo
e
Integrada Por Los Siguientes Actores

Eva Ruiz de Pereira, Rosita D’Arles, Blanca Selene
Romualdo Pereira y Jacinto Das Neves

Estrenará la obra intitulada

......................................

En el predio cito en la calle
-------------- Nº --------
A las------ horas
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Así rezaban los carteles que aparecieron en el pueblo esa mañana.
La dirección, la hora, y demás datos faltantes estaban manuscritos con marcador.

Veamos primero quiénes eran los integrantes de esta “gran compañía”.

Su directora: Margarita Fuentes Cornejo.
En su juventud, había trabajado en algunas obritas teatrales en el “Grupo de Teatro Vocacional Amanecer”, que funcionaba en la parroquia de su barrio, en Rosario su ciudad natal. Más adelante actuó en radio teatros de esa ciudad y de Córdoba. Cuando estos fueron desapareciendo con la irrupción de la televisión, consiguió algunos papeles secundarios en telenovelas. No duró mucho en este medio porque era muy fea. Apenas le faltaban los bigotes para parecer un sargento de caballería. Más de una vez, durante las giras, los usaría para representar a éste o a parecidos personajes.
En realidad era una vieja lesbiana, mandona y pedante. Su amante oficial era Eva Ruiz de Pereira.

Esta última, una mujer de unos cincuenta años, tal vez un poco menos, había sido ama de casa toda su vida. Cuando su marido se jubiló, a instancias de Margarita, lo convenció de lo bueno que sería unirse a la aventura teatral. No era mal parecida y arriba del escenario se veía bien. Interpretaba papeles de madre afligida o bien con corset y relleno en su corpiño, de mujer fatal. Era una buena mujer, bastante masoquista.

Rosita D’Arles era una señora de edad indefinida, demasiado mayor como para decir que era joven, pero no tanto como para decir que era vieja. Su misión principal, era ser la diseñadora del vestuario y costurera del grupo. Solía interpretar los roles de tía y cuanto papel secundario apareciera en las obras.
Aparte de esto, por ser enfermera de profesión, se encargaba de curar los males físicos de todos.
Otra de sus tareas, consistía en ser la ecónoma y administradora del equipo de saltimbanquis.

Blanca Selene era la más joven del grupo, si bien no tenía nada de bonita, sus rasgos grandes y marcados la hacían verse muy bien desde una cierta distancia, y, entre el maquillaje y las luces, aparentar menor edad de la que en realidad tenía. A cara lavada parecía ser mayor, se hacia notorio que su agitada y disoluta vida, había dejado huellas en su cara. Pese a no tener la menor idea de lo que era la actuación teatral, había trabajado, durante una gira por el interior con Jorge Corona y casi llega a aparecer en un programa de Sofovich. Esto no se pudo dar, por lo mismo que se cortó su carrera teatral, le faltó el dinero necesario como para hacerse los inevitables implantes de siliconas. Tenía unas lindas tetitas y su cuerpo era armónico, sin embargo esto no fue suficiente.
Ella no le hacía asco a ninguno de los integrantes de la compañía y mucho menos a señores o señoras de abultada billetera.
Más de una vez, ocurrió que debieron quedarse en alguna localidad dos o tres días de más, porque un señor estanciero se había llevado en su camioneta a la joven actriz.
Esto no les molestaba demasiado sabiendo que volvería trayendo unos cuantos pesos extras.
Aprovechaban a lavar la ropa y a reparar decorados.

Romualdo Pereira, fue colectivero durante treinta años y como tal se había jubilado. Pese a esto, tenía grandes ínfulas de poeta y toda su vida había aspirado a dedicarse a las artes y en especial a las letras. Su gesto adusto, se enternecía ante la presencia de jovencitos tiernos.
Muchas de las obras que se representaban, se debían a la pluma de Romualdo. La mayoría eran comedias, algunas decididamente de muy mal gusto. Se notaba en casi todas una influencia, rayana en el plagio, con autores que iban desde Ben Jonson y Moliere a Lorca, con sus “Títeres de Cachiporra” o a “Don Perlimplin con Doña Melisa en su Jardín”.
Como actor, uno de los papeles que interpretaba con más gusto, era el del villano de una o dos obras gauchescas. Las había escrito inspirándose en los radioteatros de Bates, que se transmitían por Radio del Pueblo,
Como a los intérpretes de este rol, en aquellas obras, a él se le ponía complicado mostrarse en el pueblo, al día siguiente de la función. Los habitantes del lugar que habían ido a verlos, solían insultarlo y hasta tirarle piedras.
La noche en que se daban estos melodramones, la encargada de pasar la gorra era Blanca poniendo su mejor cara de niña vejada por el malvado. La recaudación solía ser buenísima.

El vehículo que oficiaba, de casa rodante y teatro ambulante, era un colectivo, con el que Romualdo se había podido quedar, cuando la empresa donde trabajaba, luego de ser vaciada, había ido a la quiebra.
En realidad esta quiebra fue la que le dió la oportunidad de jubilarse. Pensaba reparar un poco a este viejo Mercedes y dedicarlo a charter o a micro escolar, pero, ante la insistencia de Eva y de Margarita, terminó convertido en teatro rodante.
Le pusieron “ La Andariega”, en recuerdo a aquella famosa carreta.
En verdad, ellos pasaron a ser “ El Teatro de La Andariega.”

El último integrante, Jacinto Das Neves, era un buen muchacho. De profesión mecánico, desde chico su sueño era irse con un circo. Cuando se le presentó esta oportunidad no la desperdició.
Su misión principal era hacer que el micro caminara. Además debía encarnar los papeles de galán joven o de muchachito alocado.
Dormía con Blanca, a veces con Eva, eventualmente con Rosita, pero generalmente, con Romualdo.
Era bastante buen mozo y su aire distraído y romántico, conquistaba los corazones de más de una niña pueblerina, y hasta a algún señor dignamente casado.
Gracias a sus habilidades personales se había convertido en el proveedor de aves de corral, lo que mejoraba la dieta general, además era el encargado de sangrar los tanques de los camiones estacionados en las cercanías, en busca del preciado gas oil.


La convivencia entre los actores, solía ser buena. Ellos decían que los unía el amor al teatro. En cierta medida esto era cierto, no obstante se hacía notorio, que lo que más los unía, era la necesidad de cambiar en algo sus tristes vidas. El correr los caminos en busca de nuevas aventuras los hacia sentirse muy bien.
A diferencia de los antiguos caballeros andantes que vagaban solitarios, buscando salvar o al menos pasar un buen rato con alguna pobre princesa, que desesperada veía pasar los años sin oportunidad de encontrar una buena excusa para tirar la chancleta, ellos no pretendían salvar a nadie. Como tal vez no encontraban el valor suficiente como para buscar aventuras en forma independiente, lo hacían grupalmente.

El colectivo había sido reformado en Florencio Varela, en el taller propiedad del padre de Jacinto. Casi todas las ventanillas se cubrieron con chapas. En el interior, dos tarimas con tres colchones cada una, oficiaban de dormitorio comunitario. Un pequeño bañito, que se usaba solamente cuando no quedaba otro remedio, porque el componente químico que se usaba en el inodoro, era demasiado caro y una pequeña cocinita, formaban las instalaciones más o menos fijas. A veces hasta las tablas de las cuchetas, pasaban a ser parte de algún decorado o tarima.
Unos viejos baúles donde se guardaba el vestuario, con colchonetas en las tapas, hacían las veces de asientos. Todo espacio libre del interior se encontraba colmado por los más extraños objetos, necesarios para los decorados, para el escenario o la utilería.
En el exterior se hicieron también algunas modificaciones.
Sobre el techo, se colocó, además de un tanque para el agua, una especie de gran porta equipajes, con soportes para colocar los parlantes. En el viajaban todos los elementos que podían soportar la intemperie.
En la parte posterior del micro, podía armarse rápidamente, un retablo de títeres. Desde él se daban funciones diurnas para los niños. Éstas eran pagadas, generalmente por el municipio, como forma de publicidad para su intendente. De las gestiones ante este último, se encargaban casi siempre, Selene y Eva, era muy difícil que no tuvieran éxito en conseguir esto y algunos beneficios extras.
En un costado se enrollaba un toldo, a la manera de las casas rodantes que usan los pescadores habitués de Mar de Ajó.
La diferencia es que este toldo, montado sobre dos caños con sistema telescópico, podía ser levantado a mayor altura. Dos parantes al frente, lo soportaban. Una tarima desarmable y cerramientos varios, formaban el tablado. Una vieja cortina oficiaba de telón. Un pequeño grupo electrógeno, daba la electricidad suficiente como para alimentar los tachos de luces, en los pueblos donde no podían colgarse de la red del alumbrado público. Era un poco ruidoso, pero era mejor que nada.
Cuando no había actuación, este toldo se convertía en comedor y sala de reuniones.

En ocasiones en que la recaudación había superado las expectativas y alcanzaba para unos vinos extras mas algunos gramos, se organizaban unas divertidas fiestas, donde se invitaba a personas selectas del público. Por supuesto, estos debían a su vez, hacer aporte de bebidas, picadura para armar cigarrillos o pastillas energizantes.
Terminaban, al amanecer, todos despatarrados, en los alrededores o en el interior, dependiendo del clima.
Esto les valió, más de una vez, el anatema de un cura o la aparición de un comisario, generalmente enojado por no haber sido invitado.

En cierta oportunidad, en un pequeño pueblo cercano a la frontera con La Pampa, uno de estos curas se sintió particularmente ofendido con ellos. No sólo los llenó de improperios y de tremebundos calificativos, tachándolos de demoníacos hijos de Satán desde el púlpito en el sermón de la misa del domingo, sino que fue a insultarlos personalmente.
Ante esta intempestiva aparición, Romualdo, le pidió delicadamente, que se dejara de joder y se fuera a lavar el culo.
Selene, mas suave y femenina, le solicitó que se acordara de ella en sus oraciones y mientras se hacia la paja esa noche.
El prete, se fue echando espumarajos de rabia y jurando terribles venganzas.
Un par de días después, llegando al siguiente pueblo, se encontraron con un nutrido grupo de personas esperándolos.

No era extraño que su fama les precediera y los pobladores, a su llegada les dieran muestras de afecto. Después de todo eran los únicos que llevaban algo de alegría y entretenimiento, a esos lugares olvidados.
En realidad, ellos preferían esos pequeños poblados a sabiendas que no tendrían competencia. La gente solía ser sumamente hospitalaria brindándoles un trato por demás afectuoso.
Ellos se hacían acreedores a ese trato.
Mas allá de sus pequeños pecaditos, tal vez criticables, se entregaban por entero a esa profesión que los hacía felices y a su manera hacían felices a los demás.
En definitiva eran buena gente.

Esta vez la cosa era diferente.
Nunca los habían esperado fuera del pueblo. La cantidad de gente y lo heterogéneo del grupo, hacían suponer que no se trataba solamente de habitantes del lugar.
Más atrás, dos micros estacionados, completaban el extraño panorama.
La primera piedra, destruyó el parabrisas.
Pronto se vieron rodeados por unas cuarenta o cincuenta vociferantes personas, encabezadas por el ofendido cura de la población anterior.
Eran una mezcla rara, había niñas de la acción católica, padres y madres de algún movimiento de familias cristianas, varios skin heads, y hasta algunos que aparentaban ser testigos de Jehová.
La pedrea arreciaba, cuando quisieron acelerar y pasar de prepo, se encontraron con un tronco cruzado en el camino.
El cura, gritaba como loco incitando a sus huestes a destruir a esos íncubos, salidos del infierno.
Una gran piedra entró por una de las desechas ventanillas y dió de lleno en la cara de Rosita, que cayó al piso con la cara bañada en sangre. Al verla, Romualdo, tomó la vieja escopeta que usaban como utilería y bajó del colectivo dispuesto a enfrentar a los desquiciados atacantes.
Apuntando directamente a la cabeza del cura, les gritó que lo mataba si no paraban con la agresión.
Se armó el desbande. Nadie sabía que el arma estaba descargada y se desparramaron en todas direcciones. Quedó el de la sotana solo, paralizado y con cara de terror. Por suerte para todos, llegó en ese momento la policía. Venían a apoyar a los atacantes, pero al ver los destrozos en La Andariega, pero sobre todo al notar las heridas de Rosita, cambiaron de actitud, instando a éstos a subirse rápidamente a sus ómnibus y desaparecer, a riesgo de ir todos presos con cargos por agresión, corte de ruta y desacato a alguien.

Efectuadas las primeras curaciones en una salita de primeros auxilios del lugar, los médicos le recomendaron, el urgente traslado a Buenos Aires o en el peor de los casos a Santa Rosa, para que fuera atendida en algún lugar mejor equipado. Esto fue apoyado por el comisario, quien ofreció conseguirle una ambulancia para un mejor y más rápido viaje.
Ponía como condición que no se efectuara ninguna denuncia y todos dejaran la zona lo más pronto posible.
Ante la imposibilidad de ofrecerle algo mejor a su amiga, tuvieron que acordar con el policía, que feliz, veía como se sacaba de encima un problema bastante serio y de impredecibles consecuencias.
En cuanto llegó la ambulancia, partió rumbo a Buenos Aires la herida, con Margarita de acompañante.
También el resto emprendió el triste y doloroso regreso.

Rosita se recuperó bien, casi no se notaba su nariz desviada.
Pero todos sabían que ya nada sería igual.
Un imbécil intolerante había destruido sus sueños.



______________________2006

NUEVA FORMULA

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Por suerte para nuestro país, tenemos en estos momentos, una notable cantidad de notables ciudadanos, valga la redundancia, dispuestos a restaurar la democracia y así salvarnos de la cruel dictadura impuesta por los K.
Lamentablemente estos honorables caballeros y distinguidas damas, no consiguen ponerse de acuerdo, en quien será más candidato que el otro, para candidatearse a candidato a ser el que presida los destinos de la Patria mancillada.
Tenemos en primer lugar a un señor (¿?), al que le pagamos un sueldo de vicepresidente para que patee en contra.
Luego a un cabezón ex ex, que se pelea con un siempre segundón, que pretende representar a los agrogarcas; puesto, que también quiere el bigotudo ex gobernador de la Provincia.
Entre las damas (juanas), a la inefable denunciadora.
Siguen en la lista, desde un caballero de industrias extranjero, hasta un bastante repulsivo anciano innombrable.
Hay algunos más y hasta es probable que a estos se sume un autónomo intendente ducho en negocios inmobiliarios.

En definitiva, creo haber encontrado la formula del éxito.

Compatriotas, recuperemos el tiempo perdido en vanas disputas.
Formemos una nueva y pujante UD. y

En las próximas elecciones

Voten

TAMBORINI – MOSCA


La formula del éxito

1999 – Foto familiar

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Óleo sobre tela
0,80 x 100

CANCIÓN 28

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Naves de Sanlúcar salen
para el Paraná.

Garcilazo de la Vega
Hubiera podido embarcar.

Hubiera llegado,
no para en ellas guerrear.

Sino para cantar el río
Paraná

Sauces le hubiera dado el río
Paraná.

Y verdes ninfas él al río
Paraná.


Rafael Alberti
Baladas y canciones del Paraná
(1953-1954)


2009 - Composición Careta Nº 2

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Óleo sobre chapadur
0,40 x 0,50

2009 –Composición Careta Nº 5

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Óleo sobre tela
0,40 x 0,50

2009 – Espantos acrobáticos

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Técnica mixta sobre tela
0,75 x 101

Amanecer feliz de un triste día

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Estaba oscuro aun, muy lejos se escuchó el llamado de un zorzal, pronto otro le contestó. Rápidamente los llamados se fueron acercando. Aparecieron en escena los horneros con sus cantos estridentes.
Ante tanta barahúnda, el Sol tuvo que despertarse.
Tímidamente al principio, una leve claridad apareció en el horizonte. La noche, discretamente, optó por la retirada sabiendo del mal humor con que amanecía, el aún somnoliento, antes del desayuno.
Luciendo un raro color naranja fue apareciendo.
Aparentemente, el baño en el Río de la Plata, le hizo bien por que pronto se mostró refulgente.
Con gran batifondo, salieron a saludarlo los chingolos, cabecitas negras y las ratonas, a las que se unieron pronto gorriones y otro montón de bichos ruidosos, como las cotorras y las calandrias en sus diferentes idiomas.

A gran distancia aún, se comenzó a oír un extraño y rítmico sonido.
A medida que se aproximaba, todo empezó a temblar al compás de sus marcados bajos, semejantes a bombos golpeados con furia y a estridencias de teclados electrónicos aporreados por inexpertas manos.
Pararon las orejas los animales que las tenían. Callaron los pájaros y buscaron refugio en las más altas ramas de los árboles. Unos y otros, con caras de espanto y a la vez de desaprobación, trataban de esconderse como mejor podían.
Se vio aparecer por fin, al causante de los infernales ruidos. Lentamente asomó un cientoveintiocho. Su conductor, con cara de satisfacción y aire de superioridad, escuchaba con delectación los horribles ruidos, que a través de sus cinco parlantes, emitía un compacto de cumbia villera.
Por suerte Dopler ya había inventado el efecto y el bochinche pronto se perdió en la distancia.

Ahora un nuevo cambio se producía, el canto de los pájaros era reemplazado de a poco por el sonido de infinitos motores y bocinas.
Los camiones de La Serenísima se lanzaban con ferocidad draconiana a pasar las esquinas y un montón de impasibles barrenderos poblaban las calles.

El señor Gonzáles, reconoció con fastidio que ya era hora de levantarse.
Se tomó unos mates. Se vistió lentamente y después de una rápida afeitada, salió rumbo a la estación. Miró con cariño a los árboles y al verde de la plaza, sabiendo que era lo último agradable que vería en el día.

Luego de más de media hora de sacudones, apretones y pisotones en el tren, llegó a la encantadora plaza Once. Cruzó entre los estentóreos llamados al arrepentimiento de los pecadores, lanzados al aire por innumerables pastores evangelistas, esquivando putas representantes de todas las provincias del país y de varios países latinoamericanos, entre linyeras, viejos desahuciados y niños aspirando en bolsas con pegamento.
Luego de este entretenido paseo, subió al colectivo, que tras varios minutos de nuevos apretones, pisotones y sacudones, lo dejó frente al edificio donde trabajaba.
Éste, una alta torre revestida en cristales, hermosa por fuera, espantosa por dentro. Frío laberinto de acero, aluminio y pulidos mosaicos, con oficinas que asemejaban grandes hangares, subdivididos en múltiples cubículos de bajas paredes, con el espacio justo para un escritorio y una silla, con el permanente zumbido producido por las infinitas computadoras.
Ése era el lugar donde el señor Gonzáles, pasaba gran parte de sus días. A veces, de puro aburrido, pretendía entrar a alguna página porno, pero siempre alguna mirada vigilante se lo impedía.

Ese día no se sentía del todo bien. Algo le había pateado el hígado.
No tuvo más remedio que ir varias veces al baño, cosa que le desagradaba muchísimo. Primero por la cara de culo que le puso la jefa la segunda vez que lo vio pasar. Segundo por las estúpidas bromas de sus estúpidos compañeros de trabajo. ¡Che, Gonzalito, te comiste un perro muerto! Y cosas por el estilo.
A los baños les habían quitado las puertas y dejado apenas unos pequeños manparos divisorios para evitar que los empleados pudieran encerrarse a leer el diario o a fumar un cigarrillo, cosa esta, totalmente prohibida dentro de la empresa.

¡Oiga Gonzáles! Bramó la jefa, la tercera vez que lo vio pasar.
¡A usted la empresa no le paga para estar yendo al baño a cada rato!
¡Si está con cagadera, tómese un carbón y póngase a trabajar inmediatamente, que tanto joder!
Esto, por supuesto, provocó la hilaridad de sus compañeros, que si bien no se animaban a levantar la cabeza para no caer en la volteada, lo miraban socarronamente de reojo.
A esta altura de los acontecimientos, ya se sentía realmente furioso.
Se le hacía evidente, que las oficinas de Mariani(*), parecían ahora, envidiables cosas perdidas en el tiempo.
A su lado paso el ruso Jatimliaski, el peor de los rompe bolas, ¡¿Que decís cacarelo?! Le dijo por lo bajo. ¡Que te pasa a vos, pelotudo! Le gritó él, ya harto. ¡Gonzáles! Pego el grito la mandamás ¡Déjese de molestar a sus compañeros, déjelos trabajar a ellos por lo menos ya que usted no lo hace!
Este fue el detonante. Con cara de loco, escrachó el monitor contra el suelo y entro a revolear cuanta cosa tenía a mano.
¡Seguridad! Gritaba histérica la jefa,
¡Así que querés seguridad, hija de puta! Le respondió él, mientras le ponía el escritorio patas arriba y de un piñón la tiraba de culo al suelo.
Ya estaba embalado. Empezó a prender fuego a cuanto papel caía en sus manos. Pronto eso se convirtió en un pandemonio. Todos corrían de un lado a otro dando gritos como locos. Los matafuegos no aparecían y ya empezaban a prenderse los plásticos, o sea el ochenta por ciento de lo que había en esa especie de galpón. Una densa y espesa humareda comenzaba a cubrirlo todo. La gran mayoría de los empleados corría escaleras abajo aterrorizados, uniéndoseles los de los demás pisos, que por diversión o por las dudas, aprovechaban a rajarse.

Él, ahora con cara de satisfacción, rompiendo el vidrio de una ventana, respiró una gran bocanada de aire fresco. El hermosísimo día primaveral y el recuerdo del dulce canto matutino de los pájaros, lo inspiró. Resueltamente salió volando a unirse a las palomas de Plaza de Mayo. Fue una pena. No pudo lograrlo, no era pájaro y no sabía volar. De haber sabido, tal vez sí, pero no. Quedó untado en la vereda.
Mientras tanto, de los pisos superiores del edificio, salían densas nubes de humo negro y algunas coloridas llamas.


(*) Mariani Roberto- Cuentos de la oficina.- 1926.

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2006

Felices fiestas para todos

(menos para los traidores,
los vende patria,
los torturadores,
los genocidas,
los agrogarcas,
los innombrables
y algunos mas)

1968 - Los robustos

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Óleo sobre tela
0,30 x 0,40

1985 - La tía Augusta

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,70
Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana,
esfuérzate en ser feliz hoy.
Coge un cántaro de vino,
siéntate a la luz de la luna
y bebe pensando que mañana quizás la luna
te busque en vano

Omar Khayyan
(1040 – 1123 )

2009 - Espantos com-partidos

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Técnica mixta sobre bandas de tela
1,10 x 1,55

TRAVESTI

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Travesti, según algunos diccionarios, es aquel que se disfraza o enmascara.
Sin embargo usamos este vocablo para referirnos solamente a personas que, con distintas argucias, pretenden hacernos creer que poseen un sexo distinto al real. Tales argucias van desde rellenos quirúrgicos varios, a postizos de diferentes tipos y formas.
Generalmente pensamos en hombres que intentan parecerse a mujeres.
Aparentemente, la gran mayoría de estas personas se dedica a la prostitución.
No ocurría lo mismo con el pobre señor Adolfo Fernández Inchauspe, que pese a intentarlo de todas las formas posibles, nunca logró que alguien, hombre o mujer, pagara por sus servicios sexuales.

Es probable que su fracaso se debiera a una mezcla de factores. Creemos que los determinantes fueran su asombrosa fealdad y la poca habilidad para travestirse. Debo aclarar que en su partida de nacimiento figuraba como Dorotea Nilda Fernández Inchauspe.
Lo que no tuvo en cuenta, es que generalmente, un señor que recurre a una señorita-señor, lo hace porque la apariencia, más o menos femenina del requerido, lo libera en alguna manera, del sentimiento de culpa que sentiría, si se confesara que no le disgustan los muchachitos. No debemos dejar tampoco de hacer mención al hecho de tener estas señoritas, un valor agregado que, evidentemente las hace muy atractivas.
Mal podía entonces Dorotea, ganarse la vida, convirtiéndose en hombre ya que la demanda para ese tipo de travestismo es muy limitada.

Se afeitaba tres o cuatro veces por semana para ver si le crecían la barba y el bigote. Recurrió a todo tipo de ungüento y pomadas caseras, algunas bastante repugnantes por cierto, pero logró sólo una triste pelusa que más que varonil, le dio aspecto de adolescente desprolijo.
Para peor cuanto más se empeñaba en ocultar sus enormes y colgantes tetas, estas, más parecían crecerle.
En general su apariencia, terminó siendo, a más de desagradable, absolutamente andrógina, o sea ni chicha ni limonada.
Consiguió que se interesaran, solamente, un par de señoras, que no querían confesarse sus tendencias. Lamentablemente, en todos los casos, se negaron a pagarle ya que él se negaba a ser considerado mujer, por esas cochinas lesbianas.
Para demostrárselo, a una de ellas le encajó una flor de piña.
Por supuesto intervino la policía, el fiscal, el juez y algunos más, lo que le valió un mes de detención.
Como el juró que era hombre, lo cumplió en Caseros. En el pabellón fue muy bien recibido por los demás presos, los que lo introdujeron en la dura vida de la cárcel, de tal forma, que le costó varios meses poder volver a sentarse.

Después de esta dura experiencia se confesó, no sin tristeza, la necesidad de encontrar otro tipo de trabajo para poder subsistir.
Luego de intentarlo en diferentes oficios, más o menos masculinos, consiguió por fin un conchabo de camionero.
A esto lo ayudo su notable parecido con Moyano, lo que hizo que lo tomaran sin muchas preguntas, creyéndolo familiar directo del sindicalista.
Tuvo así un tiempo de aparente felicidad ya que era tratado y hasta puteado como hombre.
Sin embargo era mirado como a un bicho raro por sus compañeros de oficio, que se guardaban de hacer comentarios por el antedicho parecido.
Por supuesto que se le presentaron infinidad de problemas para poder ocultar su verdadera identidad, pero logró sortearlos, con femenina astucia.
Todo transcurría bien hasta el día en que, por pura casualidad, al ir a estacionar su camión frente a una parrilla de la ruta, casi choca a otro que pretendía hacer lo mismo en sentido contrario. Era un equipo enorme con patente brasileña, Más enorme aún, le pareció el negro que bajó de la alta cabina. Se quedó atontada ante tremenda bestia y con bastante miedo ante la posible reacción del fiero bicho, pero éste pasó a su lado diciendo ¡ Teña mais cudado, boludo! y entró al boliche.
Buscó un lugar justo frente a él y se sentó a comer, no podía dejar de mirarlo.
Una extraña sensación la embargaba. Se había enamorado perdidamente de ese tipo. No sabía qué pensar ni qué actitud adoptar frente este nuevo sentimiento. Un serio interrogante se le presentaba, no sabiendo ya como considerarse a sí mismo. ¿Era acaso un hombre homosexual o simplemente una mujer caliente?
Trató por todos los medios de congraciarse con el grandote. Pidió disculpas por su torpeza al estacionar, convido con cerveza y hasta intento pagar la cuenta del almuerzo.
El negro miraba con cierto recelo, mientras pensaba ¿Será que voy a tener que cojerme a este puto?.
Por supuesto, terminaron en la cómoda cucheta del enorme camión, donde al ritmo de música brasileña, franelearon como locos.
El grandote se comportó con una gran delicadeza, hasta sacó una botella y preparó una caipiroshca para convidarla, se excusó por que la cashasa se le había acabado. Todo fue perfecto, hasta que llegó el inevitable momento de sacarse la ropa. Cuando la vio desnuda, el negro, se puso blanco y dando un grito de bronca, la sacó afuera a patadas, le tiró la ropa por la ventanilla y furioso arrancó el camión.
Mientras se iba, entre puteadas se lo escucho decir ¡Puta que parió, eu quiria coger homen, no a gorda puta!.
Ese fue el triste fin de su carrera de chofer. Todos vieron a ese extraño ser parado en bolas en medio de la banquina y se rieron de ella con verdadera saña de rudos camioneros. En poco tiempo la noticia se desparramó y Moyanito, tal el apodo que le habían puesto, se convirtió en el hazmerreír de todo el gremio.

Desesperada y abatida por este nuevo fracaso, se refugió en su casa, donde al menos encontró el consuelo que le brindo su hermano. Éste, en definitiva era la única persona que realmente la comprendía. Se llamaba Oscar pero en Palermo era más conocida como la colorada Gisela.
Varios días de conversaciones con él, que conocía a fondo el oficio, terminaron por convencerla, tenía que dejarse de macanas y ser mujer nuevamente.
A su edad y con esa facha no le sería fácil conseguir nuevo trabajo
Pese a todo, la casualidad vino nuevamente en su ayuda.
Le ofrecieron un puesto atendiendo la ventanilla de reclamos de no sé qué repartición municipal. En ella, feliz, pasaba cómodamente sus días poniendo cara de culo a cuanta persona se arrimaba y cumpliendo así a la perfección la tarea encomendada.

Años pasó en este puesto y hasta tal vez hubiera llegado a jubilarse, pero un buen día, sin haber conseguido que una persona lo hiciera, la cirrosis la tumbó.


___________________2005


LOS DUEÑOS DEL HAMBRE

.

Ellos están allí, fumando un puro,
fermentando sus lentas digestiones,
rozándose las calvas en los muslos
de alguna amante cara.
Ellos están allí, no saben nada
Menean la cabeza, se lamentan,
cotizan los trigales.

Son obesos riñones alfombrados.

Acusan un perfil feliz sin sangre,
regatean la luz,se dan la mano,
empujan el destino con bolsillos,
racionan el esperma semanal,
no se derrochan.

Van con el pan de los otros descontado,
con la risa llenando portafolios,
con robados veranos asaltados.

Se llaman chebrolet y billetera,
Abono en el Colon, estancias, haras.
…………………………….
………………………………
(Fragmento)

Nira Etchenique
1956

1994 – Las bolitas

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Óleo sobre tela
1,00 x 1,30

2009 – Composición careta Nº 6




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Óleo sobre tela
0,50 x 070

2009 – Espantos procreando con ahínco

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Técnica mixta sobre tela
0,50 x 0,70

Opus 4

.

Llegó y se sentó.
Después de todo ese sillón no era incómodo, el resto de la habitación estaba un poco demasiado limpia y ordenada para su gusto.
Los otros, al principio, lo miraron con cara de asombro, pero, pasado el primer momento de sorpresa, parecieron acostumbrarse a su presencia. Sin embargo, el viejo, gordo, mas bien bajo, dejó de leer el diario y se miraba detenidamente la punta del zapato. La mujer, flaca, reseca, de edad indefinida, terminó la vuelta que estaba tejiendo, metió todo en una canasta y se sentó frente a él mirándole fijamente la corbata.
Esto lo puso nervioso. Se dijo que no tenía ningún derecho a mirarle a uno de esa forma la corbata, menos aun cuando esta estaba deshilachada y sucia de grasa y para peor, cuando uno lo sabía y hubiera deseado tener una de esas hermosas corbatas con dibujos de mujeres desnudas que dicen que usan los norteamericanos. Pensó que cuando tuviera tiempo, le escribiría con tinta china un cartelito que dijera “Disimule, es la única que tengo y no puedo romper con las costumbres, debo usarla.”
Claro, era un poco largo y tal vez le produjera algunas molestias. Seguramente, en la calle más de una vez tendría que parar para que alguna señora un poco miope terminara de leerlo.
En fin, ya vería como arreglar eso, En general el texto le pareció correcto y lo suficientemente explícito como para no tener que dar otras explicaciones.
Por otra parte, con un poco de imaginación, podría hacer que quedara una cosa muy bonita. Esa mancha tan redondita por ejemplo, que se hizo cuando comió el chorizo, con unos pétalos bien dibujaditos y un tallo con hojitas, quedaría convertida en una hermosa florcita. Luego vería qué otros motivos agregar, que a su vez, entrelazados con las palabras, escritas con letras góticas, llegarían a hacer un conjunto muy presentable.
Estos pensamientos lo reconfortaron.
Miró a la mujer con cara desafiante, pensó sacarle la lengua, pero se contuvo. Después de todo no los conozco, él debe ser un meridional jodido y ella una menopáusica neurótica,
El perro se fue acercando despacito, lo olió y se puso a lamerle los zapatos. Él, como siempre que un perro le lamía los zapatos, le pateó el hocico. El perro, que como a todos los perros del mundo menos a uno, no le gustaba para nada que le patearan el hocico, le pegó un feroz mordisco en la rodilla.
¡Perro sarnoso! Gritó ¡Era el único lugar del cuerpo donde no me habían mordido nunca!
La mujer pegó un brinco y con un alarido de terror salió corriendo.
El perro con cara de satisfacción, lo miraba desde atrás del televisor.
Él se quedó avergonzado viendo cómo se manchaba de sangre la alfombra.
El viejo le levantó la pierna y con un pañuelo trató de limpiar el tapiz, dobló el diario en cuatro y se lo puso debajo del pie para que no siguiera manchando.
La mujer apareció con un gran botiquín a la rastra y se dedicó, pese a las protestas del interesado, a desinfectarle la boca al perro.
El viejo se sentó ahora frene a él.
.- ¡Y bien! - dijo
- Señor Strossen...- comenzó él-
- ¡No me llamo Strossen!
- Me lo temía.
. ¡Mándese a mudar de acá inmediatamente!
- Un momento- argumentó- no creo que esta sea la forma más correcta de tratar a un desconocido.
- Tiene razón- dijo el viejo- quédese a cenar o a desayunar con nosotros, así no podrá andar diciendo por ahí, que en casa del Señor Strossen lo atendieron mal.
.- Perdón- dijo él, y rengueando, se fue.


________________________1963



Suramérica

.

Nadie la para ya, no pueden detenerla,
ni la calumnia, ni el boicot, ni nada.
Ni el odio temeroso, porque sabe
que la tierra jamás fue derrotada.

La aventura de América morena,
a los aventureros se los traga;
los sube por la sombra despacito,
y el ojo codicioso les socava.

Vendrán los desahuciados de la tierra,
buscando sus riquezas legendarias,
hasta que un día, en una sola greda
se confundan las lenguas y las razas.

América, animal de leche verde,
por la gran cordillera vertebrada,
hunde el hocico austral bajo el polo,
y reposa en su fuerza proletaria.

Camina hacia la luz, lenta y segura,
con el polen del sol en las entrañas,
y su destino torrencial, fijado
está en el tiempo por la vía láctea.

El Hambre, La Injusticia, La Violencia,
La Voluntad del Pueblo, traicionada,
no harán sino aumentar su rebeldía,
el hijo de la luz que viene a unirnos
en una sola espiga esperanzada,
por que América, “tierra del futuro”,
igual que la mujer, vence de echada.

Jaime Dávalos



1959 – Piccinina

.



Óleo sobre tela
0,24 x 0,30

1999 - El polaco y su mujer

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Óleo sobre tela
0,53 x 0,70

Años atrás Alberto Balaguer Mendoza se preguntaba:

“Aparentemente, los habitantes de Norteamérica, llevan consigo una desgracia de la que nadie podrá liberarlos. Sean blancos, negros, o del color que sean, cultos o incultos, inteligentes o brutos, siempre seguirán siendo norteamericanos, ¿Deberíamos por ello tenerles pena?”
Pensar que no conoció a Obama.

2009 – El penado 14

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Óleo sobre tela
0,80 x 1,00

2009 - Espantos del atardecer





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Técnica mixta sobre tela
0,60 x 1,00

Detallada relación de cómo y porqué, me convertí en el hombre más rico del mundo

4ª parte

De paso por Buenos Aires, mientras hacía conocer un poco la ciudad a mi primo, me despedí de mis compañeros de trabajo, renuncié al mismo y tuve una larga charla con mis ex patrones. Se me había ocurrido, la posibilidad de hacer, algunos negocios juntos. Pensé, por ejemplo, que podría proveerles de autos usados, con no más de tres años de antigüedad, reacondicionados a nuevo, en nuestro taller de Sicilia.
Quedamos en charlar un poco más adelante, de este y otros temas. Para mí, lo más interesante, fue que con la charla, me avivé, de un montón de cosas que no se me habían ocurrido antes, o que ignoraba. De a poco me convertía en un perfecto hombre de empresa.
En Calingasta, nos esperaba una recepción impensada. Éramos algo así como una especie de héroes nacionales.
Además de mis familiares, estaban todos los vecinos, amigos, curiosos y sobre todo detecté a mangueros de todo tipo.
Mis padres y hermanos, recibieron a Pascual, como a un hijo más.
La alegría era general, mis hermanos hacía tiempo que no se reunían.
El mayor, Pedro, era abogado, tenía su estudio en la ciudad de San Juan. La que lo seguía en edad, mi hermana Clara, había enviudado y vivía, con sus dos hijos en la finca paterna. La otra, Ofelia, casada, con cinco hijos, tenía con su marido, una chacra en San Rafael. Por último, Enrique, se había hecho cargo de la finca y además, trabajaba en la Cooperativa.
Al día siguiente, y ya en estricta reunión familiar, les expliqué mis intenciones de radicarme en Italia. Conté, que nuestros parientes en Sicilia, me habían ofrecido un puesto, en una de sus tantas empresas.
El sueldo en Euros, me permitiría, no sólo ahorrar, sino que podría hacer algunas inversiones en nuestra finca y a la vez, trabajar, en conjunto con ellos, tanto en viñedos, como en olivares, en Argentina.
A Pedro, le pedí que fuera viendo, qué debíamos hacer, para convertirnos en una sociedad anónima. A todos les recomendé una total discreción, sobre estos temas, pero que a la vez, fueran estudiando todas las posibles formas de expansión.
Pocos días después y con gran pena, tuvimos que emprender el regreso. Pascual, era el que más sufría. Se había enganchado, seriamente, con una niña del lugar y prometió volver a verla a la brevedad más breve.
A mis viejos y hermanos, les dejé de regalo, las últimas monedas y piedras, que me quedaban y pese a que no eran muchas, provocaron el general asombro.
.-¿En qué andá vo nene? Preguntó mi madre. La tranquilizamos, lo mejor que pudimos y entre abrazos, besos y lágrimas, nos despedimos.

Ya en Roma, me dediqué a comprar unos cuantos objetos que me serían necesarios. Cargando cantidad de paquetes y cajas, partimos directamente para Cerdeña. En un par de días, terminamos con el papeleo de la compra del barco. Cargamos todo lo comprado, más una importante cantidad de cajones para pescados, lo amarinamos y muy de madrugada zarpamos. Recién entonces le mostré a Pascual, en la carta, el punto a donde nos dirigíamos y le marqué el rumbo, Por supuesto, estaba sumamente asombrado, tanto con mis extrañas compras, como con el sitio marcado, pero no hizo preguntas.
Anclamos lo más cercano a la costa, que nos permitió nuestro calado y en el gomone, llevamos la carga hasta la playa.
Viendo que no había, ni barcos en el mar, ni gente en el islote, llevamos todo hasta la entrada de la cueva.
Cuando retiré el mármol, tuve que sostener a mi primo, que casi se cae de culo al ver el túnel. Una vez adentro, le fui contando como había descubierto el lugar. Mientras tanto, colocaba clavos, de los que se usan para escalar, y cada tantos metros, colgaba de ellos, pequeños faroles a gas, de esos que trabajan con garrafitas descartables, de las que había llevado gran cantidad.
En la zona de los escalones, fijé una cuerda, a modo de pasamanos, y un juego de poleas, para levantar las cargas. La cara que puso y el tremendo impacto que le produjo ver el cartel que decía SPADA, no fue nada comparado con la expresión posterior, al ver el contenido de las tres cavernas. Me costó hacerlo reaccionar.
Trabajamos el resto del día, la noche, el día siguiente y la otra noche como mulas y sin embargo, no alcanzamos a sacar ni la cuarta parte del tesoro.
Había comprado cuatro valijas grandes, de esas que parecen changuitos, como los que usan las señoras para hacer las compras. Tenían fuertes ruedas y nos aliviaron en gran medida, el transporte de la preciada carga. Sobre todo en los lugares que debíamos transitar en cuatro patas.
Mientras uno acomodaba lo extraído en los cajones de pescado, el otro, entraba por más. Cuando teníamos tres o cuatro llenos, debíamos subirlos a bordo y estibarlos en la sentina. No queríamos que nada llamara la atención, ante el eventual paso de una embarcación por las cercanías. Cada tanto, dormíamos un par de horas, comíamos algo y seguíamos con la agotadora tarea.
Viendo que no era conveniente, seguir allí fondeados tanto tiempo, resolvimos partir. Las valijas estaban ya en muy mal estado, la comida se nos acababa y teníamos a bordo, una importantísima cantidad de riquezas. Cerramos nuevamente, borramos lo mejor posible nuestras huellas y cazamos unas cuantas gaviotas, como para mantener mi historia inicial.
Llegamos a Cagliari, bien entrada la noche. Dejamos el barco bien cerrado y nos fuimos a dormir. A la mañana cargamos combustible y comida. Aprovechando el muy buen tiempo, nos largamos a toda maquina, rumbo a Trapani.
Otros cinco viajes, nos llevaría, sacar el resto, y dejar la cueva vacía.
Para que nadie metiera las narices en la misma, una vez que conseguimos dejarla limpia, pegamos con cemento el mármol que cubría la entrada.
En el ínterin, habíamos conseguido formar un excelente directorio. Domenica, la hermana de Pascuale, que había estudiado algo así como administración de empresas, resultó ser una luz para los números y las finanzas. Pese a la resistencia de algunos hombres de la familia, terminó siendo nuestro ministro de economía. El cargo de asesor legal, se lo dimos a Tomaso, que no obstante ser muy joven, era un excelente abogado. Trabajaría de común acuerdo, con mi hermano Pedro, que se haría cargo de los negocios en Argentina. No podía faltar el tío Chicho en este directorio, sería algo así como el jefe de logística y de seguridad.
Mi hermano Enrique, que había hecho, en San Juan, un curso de enología, vino a especializarse en la Universidad de Palermo. La idea era que pudiera estar al frente, de la futura bodega y de los viñedos que queríamos comprar en la provincia. Cuando regresara a casa, mandaría, al mayor de mis sobrinos, para que estudiara todo lo concerniente a la olivicultura.
En esta forma, iríamos integrando, a la familia americana con la italiana.
Mientras tanto, los tanos, enterados de las bellezas de Calingasta y del país en general, hacían cola para poder viajar a visitar a mis padres.
Por último, para dejar contentos a todos, nombramos como asesores en política y relaciones públicas, a los dos integrantes mas viejos de la familia.
Siguieron meses de intenso trabajo. Entre otras cosa debía hacer rápidos viajes, a las más importantes ciudades y capitales europeas. Tenía que vender parte de mi oro, en diferentes lugares y en pequeñas cantidades,
de forma de no llamar la atención. En Suiza, y en otros varios países, deje en cajas de seguridad, el resto.
En un corto tiempo, nuestros negocios habían crecido en forma acelerada
Se hacía evidente aquello de que la plata trae a la plata. La facturación crecía en forma impresionante. Previendo que si la cosa seguía así, se nos complicaría el control de nuestras diferentes empresas, resolvimos comprar una propiedad en Palermo, donde instalamos la administración general. A cuanto lugar de la isla llegaba, era recibido por los funcionarios comunales, como si fuera el presidente de la república.
Pascuale, divertidísimo me cargaba llamándome “Vizconde de Pietra al Mare”. Por supuesto ninguno, de los que por casualidad lo escuchaban, entendía de dónde salía el tal título.
En Cerdeña, compramos una importante planta productora de sal, cercana a Cagliri. Además, algunas hectáreas de olivares y viñedos, así como buena parte de las acciones de una firma productora de plomo.
En general en las dos islas, la producción agrícola era bastante pobre. Los métodos de cultivo eran casi medievales. Pretendíamos modernizar la cosa.
En Sicilia, nuestras inversiones fueron múltiples. Llegamos a manejar casi el ochenta por ciento de los olivares, más una fábrica de aceite.
El sesenta o setenta por ciento, de los viñedos eran nuestros, así como la bodega más moderna. A nuestra pequeña flota pesquera, le sumamos, la más grande fábrica de conserva y enlatado de pescados.
Compramos un establecimiento productor de ácido cítrico, que estaba barranca abajo y lo pusimos a trabajar con todo.
Desde nuestro, ahora, gran taller y concesionaria de automóviles, exportábamos a América del Sur, gran cantidad de automotores de todo tipo. Teníamos importantes paquetes accionarios en varias industrias, sobre todo en cemento y petroquímicas.
Me di el gusto de poner una fábrica de maquinaria agrícola de alta tecnología. Estas máquinas, me apasionaban desde mis tiempos de mecánico rural. Por una vez, hicimos algo diferente, esta fabrica, figuraba como subsidiaria, de otra que había instalado en la provincia de Córdoba, de esta forma los royalties, se pagaban a la Argentina.
Otra de nuestras firmas, era propietaria, de dos de los transbordadores más grandes, que hacían el cruce del estrecho de Messina hasta Reggio, Calabria.
Todo esto, más otros emprendimientos de menor cuantía, nos garantizaban, que ninguna persona que tuviera algo que ver con la familia, estuviera sin trabajo.
En Argentina, compramos en San Juan, el edificio de una antigua bodega, lo restauramos a nuevo pero, conservando todo su primitivo aspecto, lo convertimos en un museo de la vitivinicultura provincial.
Se convirtió en un éxito turístico. Adyacente a ella, construimos una nueva bodega, con lo último en tecnología.
Dentro del rubro, compramos una gran cantidad de acciones, de una fabrica de alcohol, más una cantidad importante de viñedos, tanto en la provincia, como en Mendoza.
De la misma forma, adquirimos olivares en diferentes provincias. A estos le sumamos una planta productora de aceites, que podían competir con los mejores europeos.
En el rubro automotor, contábamos con tres concesionarias, más la fábrica en Córdoba de maquinaria agrícola.
Teníamos previstas, inversiones en empresas varias y ya estaba a punto de empezar a desarrollar sus actividades, nuestra propia compañía de seguros, con filial en Italia.
Si bien, seguía repartiendo mis sueldos nominales, la mitad de las acciones que adquiríamos, quedaban a mi nombre.
Con todo esto ya encaminado, quería dedicarme a gozar un poco de mi dinero. El tiempo pasaba y yo corría de un lado a otro, ocupándome de los problemas de todos y sin ocuparme realmente de mí mismo.
No se trataba de que la estuviera pasando mal ni nada por el estilo. Tenía una hermosa casa, en Trapani. En el sur de Argentina, una estancia junto al lago, con montañas y lago incluido.
Señoritas, de todo pelo y color, no me faltaban. Podía tener todo lo que se me ocurriera. Era hora de vivirla.
Hacía más o menos un mes, que habíamos hecho el último viaje a Pietra al Mare. Éste había sido bastante más largo que los anteriores. Aparte de retirar la última carga de valor, queríamos dejar todo limpio y que no quedara ningún rastro de nuestras actividades en el lugar.
Como siempre antes de irnos cazamos un buena cantidad de gaviotas, que eran nuestro habitual justificativo.
De regreso en mi casa, pasé una muy buena noche con Juliana. Cada tanto aparecía de visita.

Lamentablemente se me acaba el tiempo y no podré contarle más detalles. Perdóneme pero me canso mucho.
Pascuale, murió hace cuatro días.
Yo, parece que no llego al fin de semana.
Las putas gaviotas, venían con gripe aviar incluida.-




_____________________ 2006

....



ANTIGUO LABRADOR

(fragmento)
……………………….
…………………………

Yo se, señor,
yo he visto la noche sobre el campo,
su condición de estrella, su silencio pesado
y digo que no es cierto que puedan alquilarla,
que le alambren el dorso, que le vendan la espalda,
porque la tierra entera pertenece a la noche,
que mueve la fatiga campesina del mundo,
la voluntad labriega como una enorme pala,

Pertenece al que sabe
celebrar la alegría de ver crecer las plantas,
al cómplice del sol, al sembrador callado
que pone la semilla como un semen dichoso
y espera, lentamente, el milagro del agua

Por que sin esta frente,
sin este rudo brazo,
sin el tiempo a destajo de gastarnos las manos,
quien dará testimonio de la vida en la tierra,
quien ha de prepararnos la primavera, el vino,
el fermento gredoso de donde viene el canto.

Por eso yo pregunto, señor: ¿cuándo es el día,
a que hora justamente, vamos a rescatarla,
que hombres vendrán conmigo,
que canción cantaremos
que flores sembraremos donde está la alambrada?

Digo que este mensaje debe saberlo América,
que no solo nosotros,
que cada uno lo sepa,
porque hay un continente de tierra sometida,
gordos concesionarios
carbón comprometido,
hay zonas donde el hambre tutea a la agonía
y esclavitud de estaño
y cobre de miseria,
hay trigo condenado a los precios siniestros,
petróleo al que amenazan su primavera negra,
naranjas exportadas con todo el sol a cuestas,
hay niños que no encuentran al hombre,
caen antes,
se van, sonrisa abajo, muerte abajo,
se pierden
entre lo destituido que cae y se disgrega.

Que no solo nosotros
que cada uno lo sepa

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Armando Tejada Gómez
1957

1959– De paro

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Óleo sobre lona
0,50 x 0,60

1960 - Marucha en el sillón





Óleo sobre tela
0,18 x 0,50

2009 – Hermoso día de sol a orillas del río Tamesis




Técnica mixta sobre arpillera
0,70 x 1,00

2009 – Espantos de complicada nominación




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Técnica mixta sobre arpillera
0,60 x 100

Detallada relación de cómo y porqué, me convertí en el hombre más rico del mundo

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3ª parte


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Comenzó entonces una tediosa ceremonia, donde de a uno se presentaban, besaban mi mano, presentaban a su mujer y a sus hijos, los que los tenían, que a su vez repetían todo lo mismo. Algunos me decían algo o me contaban sus cuitas, en la misma extraña jerigonza que hablaba mi abuelo. Pascuale me traducía lo más importante y me daba cuenta, que a la mayoría, les decía que ese no era el momento y que no faltaría la oportunidad de hablar con tranquilidad.
Cuando hacía grandes esfuerzos para no quedarme dormido, uno me presentó a su hija. Por las sonrisas que noté a mi alrededor, mi cara de boludo debe haber sido notoria. Estaba ante la cosa más hermosa que había visto en mi vida. Esta niña, de unos veinte años. Reunía en si, todo lo bello que podía brindar el Mediterráneo. Lo griego, moro, español, judío y algo más, se juntaba en ella. El pelo renegrido y ensortijado, su blanca y tersa piel, de un ligero tinte oliváceo, su boca carnosa, un cuerpo perfecto, pero, para los cánones actuales de belleza, con un par de kilos de más. Pero, por sobre todo sus ojos, de un color intensamente verdes, de lánguida expresión gatuna, que por momentos parecían echar chispas, formaban una mezcla altamente explosiva. Se llamaba Juliana.
Cuando besó mi mano, sentí que se me quemaba y caía al suelo convertida en un montoncito de cenizas. Un monstruo furioso pretendía salir rompiendo mis pantalones. Me costó no empezar a dar gritos sacando afuera a todo el mundo, para poder quedarme a solas con esa increíble, medio parienta.
Por fin me recompuse, ayudaron bastante, las caras de satisfacción de los padres. Se hacía notorio, que en ese momento estaban pensando, que por fin, se sacaban de encima a la nena. Mi interés por casarme rápidamente, había cambiado radicalmente
Cuando terminó esta cosa del besamanos, pedí una inmediata reunión, con los más importantes representantes del clan. Al resto les pedí que dejáramos los agasajos y fiestas para más adelante. Todavía estábamos de duelo por Don Calogero y además estaba el asunto del accidente de mi tía, luego de su recuperación tendríamos tiempo para esas cosas.
Con los notables, quería dejar todo bien claro desde el principio para evitar problemas posteriores.
Mientras se despedían los que no participarían de la reunión, me crucé con Juliana. Llamándola aparte, le regalé una lindísima esmeralda que me había quedado, le expliqué que era en honor a su belleza y al color de sus ojos. Dejó el charquito. Me costó bastante que en el momento, no se agachara y abriera mi bragueta. Emocionada hasta las lagrimas me agradeció, en el extraño idioma, con una voz espantosa.
Mi primo que pasaba al lado, me dijo al oído “ojo, en este caso, no todo lo que brilla es oro”.
Bien, de todas formas era hermosa.
Poco tiempo después, me demostraría en la cama que además, era una verdadera profesional y que no por que sí, se pintaba los labios bien rojos, como las antiguas fenicias.

Ya reunidos, dejé bien en claro, que antes de aceptar el ofrecimiento, quería exponer mis condiciones. Les advertía primero que nada, que no pretendía obtener ganancias de ningún tipo, por el contrario, había pensado invertir el suficiente dinero como para pasar a ser, una de las más importantes, sino la más importante, familia de la isla.
Les expliqué que mi dinero, provenía de un galeón español, que habíamos descubierto, con unos amigos, hundido en el Río de La plata. Si este hallazgo lo declarábamos, debíamos entregar una gran parte al gobierno, cosa a la que no estábamos dispuestos.
Por lo tanto, yo debía figurar como presidente de las empresas familiares, cobrando sueldos muy importantes, como para justificar mis nuevos ingresos. Dichos sueldos, en la realidad se repartirían, proporcionalmente, entre los allí presentes.
Este pequeño discurso, los entusiasmó tanto que me juraron amor eterno, fidelidad y obediencia debida.
Mi segunda condición era, que todos los negocios, de ahora en más, debían ser absolutamente legales. No quería, que por ninguna causa se estropearan mis planes. Por de pronto les dije, me había enterado, que uno de ellos tenía un taller, donde se disfrazaban autos robados. Ese taller debía cerrar inmediatamente. Comprendía que no podía dejar, a las personas involucradas en la calle y por lo tanto lo reabriríamos como taller mecánico o concesionaria de autos. Lo que más conviniera.
Entendieron, que uno que cayera por actividades ilegales, podría involucrarnos a todos y eso no le convenía a nadie. Les rogaba que solucionaran lo más rápido posible cualquier otro caso, del que yo no me hubiera enterado.
Por último, mi deseo era que Pascuale, fuera mi mano derecha y que en todo se lo respetara y se le obedeciera como a mí mismo.
Por supuesto, estuvieron en un todo de acuerdo y mientras ellos se felicitaban entre sí por haberme elegido, yo les agradecía efusivamente el honor que me había hecho eligiéndome.
Durante toda la charla, hice todo lo posible, para que no se me hincharan los carrillos, y tratando que mi voz, se oyera clara y comprensible.
Me parecía increíble, haber pasado, en tan poco tiempo, de ser un rata, a tener tanta guita, con el poder que esto conlleva. Mi primo, que no era tonto, me agradeció, pero dejando claro, que le había hecho una jugada, que hacía que él también se jodiera, con la responsabilidad que le caía encima.
Les pedí a todos, que en la semana, me pasaran un detallado informe, de todos los campos en que nos movíamos, agregando en cada caso las ideas que tuvieran para agrandar el negocio. Por fin me pude recostar un rato. Amanecía y debía viajar a Cerdeña temprano.
A primer hora de la mañana, partía hacia Roma la madre de Pascuale, acompañada por otras dos mujeres, en un avión sanitario.
Antes de irme, dejé instrucciones para que gestionaran la partida de nacimiento del abuelo y de mi madre, en Nápoles, para iniciar, cuanto antes, los trámites de mi nacionalidad italiana. Por otro lado, pedí que me consiguieran una buena casa, cercana al mar, para alojarme durante mis estadías en la isla. Tenía especial interés en que fuera en la zona de Trapani, al norte de la isla y cercana al mar.
No gustó mucho el que no quisiera alojarme en la residencia familiar de Calsanisetta. Tuve que explicar, que si bien esta casa estaba ubicada en el centro geográfico de la isla, nuestros intereses comerciales, se hallaban distribuidos a lo largo de toda el territorio y que por lo menos durante los primeros tiempos, debería moverme de un lado al otro. Contaba desde ya, conque me reservaran un dormitorio. En Catania me alojaría en casa del Tío Chicho. Pero que quería contar con un lugar, donde poder estar más aislado, de vez en cuando. Creo que lo entendieron.
Por otra parte le pedí a Chicho, que ubicara a algún ganador de la lotería o el Totocalcio, por supuesto de un pozo importante y le comprara el billete premiado, antes de que lo cobrara, Esto serviría luego como importante justificativo, de mis gastos.
A Cerdeña, me acompañó Pascuale, que ya se había convertido en mi sombra. Cada vez nos entendíamos mejor.
Sentía un verdadero afecto por él.
Dado el hecho, que la distancia a mi islote, era mucho menor desde Cerdeña, que desde Sicilia, quería conservar la casita de Cagliari. Al menos por un tiempo serviría de discreto depósito.
Como mi ahora secretario, tiempo atrás, había trabajado en un barco pesquero y estaba capacitado para pilotear uno, decidí que era hora de tener uno propio. Quedó bastante sorprendido por mi decisión, pero le dije que quería iniciar el negocio de la pesca y que tenía otras razones de las cuales se enteraría mas adelante. Nos dedicamos entonces a recorrer el puerto en busca de algo que sirviera a mis propósitos. Dejamos señado, un hermoso barquito de unos doce metros de eslora, provisto de un poderoso motor. Era ideal y se veía muy marinero, al menos al futuro capitán, timonel, marinero y grumete, le gustó mucho y quedó muy entusiasmado de poder navegar nuevamente. Le aclaré que mi idea, no era confinarlo a un barco pesquero, que él estaría a cargo del mismo, solo cuando tuviera que acompañarme en mis asuntos privados, para el resto ya contrataríamos tripulación.
Dada la inexperiencia, nos llevó, casi dos días, fundir el polvo de oro que había dejado guardado. En Sicilia había comprado un soplete que trabajaba con una garrafa común y un pequeño tubo de oxígeno, mas un par de crisoles. Con arcilla, hicimos moldecitos, y lo convertimos todo, en pequeñas barritas. Terminado este trabajo, dejamos encajonadas las herramientas, para evitar miradas curiosas. Retiramos las monedas y las piedras que quedaban y las empacamos. Esto quería guardarlo en la caja de seguridad de algún banco de Palermo.
De regreso en la sede de mi estado mayor conjunto, debí pasar dos semanas de recorrida, conociendo y solucionando pequeños problemas familiares, así como recogiendo los informes que había solicitado.
Recibí, además de informes, quejas y lastimeros pedidos de ayuda, las más increíbles ofertas. Daba pena y bronca, ver como algunos, con tal de acomodarse, me entregaban a sus hijas y hasta a sus esposas. Por suerte pude zafar de todas estas transas, gracias a que, en la mayoría de los casos, el objeto a transar, no valía la pena de ser transado.
Pretendía crearme una imagen de hombre serio, recto y bastante honesto.
En el ínterin, mi primo viajó a Roma a visitar a su madre. Al regreso traía buenas noticias. Las operaciones habían sido un éxito, debía pasar un tiempo hasta su recuperación total, pero mejoraba rápidamente.
Esta noticia trajo alivio y alegría a todos, era una mujer muy apreciada y tenida en cuenta, por del clan. No olvidemos que ahora, el hecho de ser su hijo el segundo al mando, la había colocado en una posición social, aún más alta, que la que tenía anteriormente.
Aproveché también, a visitar la casa que me habían conseguido en Trapani. Era realmente estupenda. Pegada al mar, tenía al frente una pequeña bahía, ideal como para fondear una nave. Dejé las instrucciones para que se realizaran algunas pequeñas reformas y tareas de mantenimiento.
A esta altura, el eficiente tío Chicho, ya había encontrado al ganador de un muy importante pozo. Lo consiguió convencer de vendernos el billete, con tres importantes razones. La primera era, que al no figurar su nombre como ganador, evitaría los posibles robos y los mangazos. La segunda, nosotros le pagaríamos, con una quita de sólo el quince por ciento, en vez del treinta que le haría el gobierno. De la tercera preferí no enterarme.
Mientras cobraba el premio, conseguimos que algunos diarios, me sacaran fotos y que la cosa quedara así registrada.
Giré a Cerdeña, el dinero faltante en la compra del barco y les solicité que tuvieran los papeles listos para firmarlos, en veinte a treinta días.
Pretendía comenzar a utilizarlo, en ese tiempo.
Con todo, más o menos encaminado, resolví hacer un rápido viaje a la Argentina para ver a mis padres y dejar unas cuantas cosas arregladas.
Lo invité, a Pascuale, a acompañarme, quería que mi viejo conociera a su sobrino.