1959 - La botella de vodka

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,60

1972 – Chiquita

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Óleo sobre tela
0,30 x 0,40

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1999 - Abuelo con nieta

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Óleo sobre tela
0,80 x 100
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El puente

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Hace muchísimo tiempo, no puedo precisar cuánto, existía un hermoso puente sobre el río Paycarabí.
Por supuesto, yo no lo conocí.
Todo lo que escribiré al respecto, está basado en los relatos de viejos isleros, que, para el caso, oficiaron de informantes.
Por lo que dicen, debió de ser muy alto, ya que si bien las lanchas colectivas, eran más pequeñas que las actuales, sus chimeneas eran mucho más altas.
Como sus máquinas se movían a vapor, iban dejando tras de sí, una densa columna de negro humo. Debían quemar grandes cantidades de carbón y de leña.
En realidad no sería mucha la utilidad que prestaban. Su poca eslora, hacía que gran parte del espacio, estuviera ocupado por la caldera, el depósito de combustible, y un bote salvavidas. Si a esto le sumamos la tripulación, que estaba compuesta por un capitán que, generalmente actuaba como timonel, un primer oficial, dos azafatas, dos marineros, que se encargaban de amarrar en los muelles y ayudar a subir y bajar a los pasajeros, un maquinista y tres tripulantes más, que se turnaban, para palear el carbón. Como si esto fuera poco, dada la poca velocidad que desarrollaban, no más de dos o tres nudos con corriente a favor, se hacía necesario que estuvieran provistas de una buena cocina. Éstas eran de las llamadas económicas. No olvidemos que no existían las garrafas. Había veces, en que un recorrido, digamos canal San Fernando al recreo Nuevo Toro, muy de moda por entonces, podía durar dos días. La línea, que por aquellos tiempos, unía Tigre con Villa Paranacito, tardaba, oficialmente, cuatro días. Horario que difícilmente cumplía. Más de una vez, por una varadura, debieron dedicarse a pescar, para no morir de hambre.
Las azafatas, aparentemente estaban por demás, pero no opinaban así, el capitán, el primer oficial y en algunos casos el resto de los tripulantes.
Si le sumamos a todo esto, la correspondencia, el equipaje y bultos varios, veremos que era imposible que transportaran más de cinco o seis pasajeros, por viaje y eso bastante apretados
Es probable que estas incomodidades, y lo poco funcionales que resultaban, fuese la causa que aceleró su desaparición como medio de transporte.


Volviendo al puente.
Su construcción, se debió a los integrantes de una colonia, que se radicó, en la zona. Eran un grupo de familias, que aparentemente, procedían de centro Europa.
En esto, pude notar, algunas diferencias de criterio entre los informantes. Los más jóvenes, de los viejos, opinaban, que difícilmente pudieran haber sido europeos, ya que creían haber visto en ellos, rasgos típicos de los habitantes de las islas Tobriand y recordaban que muchas de sus costumbres, se encontraban perfectamente descriptas por Malinowsky.
En cuanto al idioma, estaban todos de acuerdo en considerarlo de un origen protooceánico. Creían que podría haberse tratado de un dialecto de la isla Kiriwina, con algunas inflexiones, propias del Tagalo.
Eran hábiles artesanos trabajando la madera, lamentablemente, no quedaron exponentes de sus trabajos. Dada la poca calidad de las maderas utilizadas, ninguno sobrevivió al paso del tiempo.
El puente en sí, estaba finamente tallado y adornaban sus barandas y costados, grandes mascarones representando extraños personajes de aterrador gesto y exóticos signos esotéricos.
Pese a la belleza formal del conjunto, su aspecto resultaba poco tranquilizador. Desde que fuera terminado y hasta bastante tiempo después de su desaparición, los isleros, primitivos habitantes de la región, evitaron pasar nuevamente por este lugar.
Increíbles leyendas, engrosan la mitología popular, refiriendo lo sucedido a los que, con sus canoas, se atrevieron a pasar, debajo del mismo.
Cercanos a ambas cabeceras del puente, se levantaban los palafitos que formaban la aldea. Sus altos y puntudos techos, se hacían visibles desde gran distancia. Estaban recubiertos con espadañas y llamaban la atención por sus caprichosas formas.
Sobre una de las márgenes, se ubicaban las viviendas de los casados, y unas extrañas construcciones, probablemente depósitos, además de una especie de gran galpón donde se realizaban las reuniones y festejos de la comunidad. En la otra orilla vivían los solteros.
En realidad, cuando se establecieron, solo tres mujeres los acompañaban. Es de imaginar, lo triste de las noches de los solteros, en la soledad de la isla.
Al principio, solían ofrecer comprarle la mujer, a cuanta persona se aproximara a la zona. No tuvieron demasiada suerte. Con el tiempo, se deben haber ido acostumbrando a su suerte.
Pese a todas las gestiones que hicieron en ese sentido, consiguieron, solamente tres nuevas compañeras.
La primera en llegar fue una señora de unos sesenta y cinco años. Debía pesar cerca de los ciento treinta kilos. Era de incierto origen pero, había vivido gran parte de su vida en la isla. Para más datos, en el arroyo Cruz de Palo, entre el Largo y La Barquita. Según mentas, era todo un espectáculo, verla con su opulenta humanidad, sentada en un pequeño banquito en la punta del muelle, con la cabeza cubierta por un gran sombrero de paja y pescando mojarritas con una caña en cada mano.
La segunda, también una mujer bastante mayor, había trabajo durante largos años, en uno de esos bares_prostíbulo, que en cantidad, supo haber en el puerto de frutos de Tigre.
Cuando los años le indicaron que se había quedado sin trabajo, no teniendo donde ir, decidió probar suerte, uniéndose a la colonia.
La última, nadie sabía de donde había venido pero, según algunos, se habría fugado del Moyano. De ésta no tenían mas datos.

De aquí en adelante, los relatos difieren y mucho.
Todos refieren la desaparición de la colonia, achacándola a motivos diferentes.
En general coinciden, en que cualquiera fuera el motivo, todo se inicia por las mujeres, o mejor dicho, por la falta de ellas.
Aparentemente, exóticas y complicadas costumbres, provenientes de su lugar de origen, dificultaban las uniones matrimoniales.
Estas costumbres ancestrales, útiles en su momento, servían para evitar los problemas de los incestos reiterados y a la vez limitar, en cierta medida, el crecimiento demográfico desmedido, que hubiera alterado el equilibrio, dentro de las aldeas.

Trataré de explicar esto, de acuerdo con lo que me explicaron.
Por ejemplo, en un asentamiento, las familias se dividían en cuatro clanes. Como no tenemos ni la menor idea de cómo los denominaban, los llamaremos A, B, C, y D.
Los hombres del clan A, podían contraer matrimonio, solamente con las mujeres del clan C. A su vez los del clan C, únicamente, con las de los B y D. Los del B y del D con las del A.
Todo esto hacía imposible la existencia del incesto. Las mujeres en edad de casarse, eran entregadas en matrimonio, prioritariamente, a los mayores solteros. Esto limitaba la cantidad de nacimientos.
Era lógico entonces, que con todo este bagaje cultural a cuestas, las pocas mujeres conseguidas, quedaran en manos de los más ancianos.
Esto, según algunos, fue la causa de su desaparición. Simplemente, al no tener descendencia, se fueron extinguiendo.
Para otros, esta interpretación de los hechos, es por demás simple.
Es indudable que a los jóvenes no les habrá hecho ninguna gracia, el que se mantuvieran acá, estas costumbres, donde ya no tenían sentido.
Dicen, que por las noches, comenzaron a verse sombras furtivas, que cruzaban de una orilla a la otra.
Era indudable, que algún marido hacía la vista gorda o que, por lo menos, tenía el sueño muy pesado. No obstante, una mañana apareció colgando del puente, el cadáver de un joven horriblemente mutilado.
Esto habría desatado la tragedia. Pronto se formarían dos bandos que, según parece se enfrentaron con ferocidad en el centro del puente.
Cuentan los que vivían cerca de la desembocadura con el Estudiante, que vieron como bajaba el agua roja de sangre y como las palometas y otros peces se daban un festín con toda clase de restos humanos.
En este enfrentamiento habrían muerto la mayoría de los miembros de la colonia, los otros lo harían días después, por las heridas recibidas.
Para completarla, parece ser, que la mujer, de la que se decía, había escapado del neuropsiquiátrico, en un repentino ataque de locura, había prendido fuego a las viviendas.
Así habrían desparecido sin dejar rastros, estos extraños individuos, que habían llegado al lugar, no se sabe de dónde, ni cómo.
Sin embargo, por el extraño aspecto, de más de un habitante actual de la isla, sobre todo, allá por el arroyo Carpincho, alguno de ellos habría dejado descendencia.


_____________________2006.

1956 - La sandía

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,72

1973 - las Bananas

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,95
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1975 - Juntitos

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Óleo sobre tela
0,60 x 0,80
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2007 - Tante Antoinette

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Acrílico sobre arpillera de algodón
0,40 x 0,50 cm.

Los Sueños

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Tensó la cuerda de su arco con toda la fuerza que le fue posible. Apuntó cuidadosamente al corazón y sin dudarlo efectuó el disparo. La flecha salió velozmente pero, para su sorpresa, un par de metros más allá, cayó pesadamente al suelo.
Rápidamente sacó otra flecha, montó el arco precipitadamente, pero al momento de lanzarla, fue la cuerda la que se cortó esta vez.
Ahora el asombro se le convertía en terror. Miró en derredor, buscando desesperadamente algo con qué defenderse. Por suerte, vió sobre la mesada de la cocina la cuchilla grande. De un salto estuvo a su lado. La tomó y alzándola amenazadoramente se dispuso a dar el golpe mortal. En ese momento comprobó con desaliento que la hoja de su arma se doblaba, como si estuviera hecha de blanda gelatina. Sintió que se le cerraba la garganta y que la pavura le nublaba la vista.
Despertó empapado en transpiración, aterrorizado y con la boca reseca.
Le costó ubicarse y recién, cuando prendió la luz del velador, se convenció de que efectivamente estaba en su dormitorio.

Normalmente no recordaba sus sueños y si algo quedaba dando vueltas en su cabeza, no le prestaba ninguna atención ya que, en general, no dejaban de ser imágenes totalmente deshilachadas, carentes de toda lógica.
Sin embargo, esta reciente pesadilla era diferente. En distintas formas se estaba reiterando y con demasiada asiduidad últimamente.
Recordaba que en otra oportunidad, en vez del arco y flecha, era un revólver el que fallaba y que sus balas o bien perdían velocidad y caían al suelo, o no tenían la fuerza suficiente como para penetrar en el cuerpo de su oponente.
Pensó, con bastante desagrado, que lo razonable sería consultar con un analista para tratar de encontrarle una solución a este asunto de dormir a los saltos y despertarse cagado de miedo.
En realidad este pensamiento duro muy poco. Deshecho la idea por absurda. Aparte de no tenerles la menor confianza, no estaba dispuesto a gastar plata, en la más que dudosa ayuda, que pudieran brindarle estos señores.
Después de todo, como decía el gallego aquel, la vida es sueño y los sueños no sirven para nada, o algo así.

Reconfortado y con renovado optimismo, resolvió formalmente, olvidar el asunto y no dedicarle más tiempo.
No obstante se daba cuenta que muy en el fondo de sus pensamientos, una pequeña lucecita de alarma quedaba prendida.
Tomó unos mates e hizo tiempo hasta la hora de salir para el trabajo
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El día transcurrió con toda normalidad, aburrido y rutinario como siempre. Como siempre, caminó un rato por Florida, mirando minas y riéndose para adentro de la facha de los turistas, que, cargados de bolsas y con cara de boludos, daban vueltas por ahí. Después se metió en el subte rumbo a su casa.

La cosa cambió más tarde. Cuando estaba llegando sintió que alguien corría hacia él. Un inexplicable terror lo asaltó y salió corriendo como loco. Con desesperación comprobó, que paralizado por el miedo, apenas daba unos torpes pasos desmañados. Por pura torpeza tropezó y cayó pesadamente al suelo. Se levantó y nuevamente un tropezón lo hizo rodar aparatosamente. Cuando intentaba pararse, notó que la gente a su alrededor, lo señalaba y se reían de él descaradamente. No entendía el motivo para que se burlaran así hasta que descubrió que no tenía los pantalones puestos. Como pudo, llegó entre risas, hasta el ascensor que, antes que se cerrara la puerta y pudiera apretar el botón del tercer piso, se llenó de mujeres que lo miraban sonrientes o riendo directamente de él y de sus calzoncillos sucios.

Nuevamente despertó asustado y afiebrado. Esta nueva pesadilla agregaba una nueva cuota de preocupación. ¿Y si fueran sueños premonitorios?, ¿Premonitorios de qué?
Ya en la oficina, notando sus ojeras y su cara demacrada, los compañeros lo empezaron a cargar.
Parece que alguien por acá se levantó una minita y le está dando tupido, le decían. Él no los desmintió y en cambio puso cara de haber sido descubierto.
Total, para qué explicarle a estos que su cara de sueño se debía a pesadillas que no lo dejaban dormir tranquilo.

Esa tarde en el subte notó que un hombre lo miraba. Era bastante alto, de grandes bigotes negros, parecía peinado a la gomina. Estaba seguro de haberlo visto antes, pero no recordaba dónde. No le dió importancia al asunto, pero poco después, al salir del subte, camino a su casa, hubiera jurado que ese hombre lo seguía.
Esa noche, si bien no tuvo una de sus molestas pesadillas, durmió mal, dando vueltas en la cama y despertándose a cada rato. Parecía un chorizo en la parrilla, diría Homero.
Ese día, tanto en el viaje de ida como en el de regreso, tuvo la sensación de ser mirado y vigilado, no descubrió nada raro pero, le pareció notar que alguno desviaba la mirada sospechosamente.

Recordando que un compañero de oficina, comentó una tarde, que a través de un cana que conocía, podía conseguir armas baratas, fue derecho a encararlo.
- Che viejo, ¿habrá forma de conectarlo a ese botón amigo tuyo?
- Si, lo veo bastante seguido en el café de la esquina de casa.
¿Qué andás necesitando?
- Haceme el favor, preguntale si no tiene algún fierro para venderme, tiene que ser chico y muy barato.
- Está bien, si lo veo esta noche, le pregunto, pero decime, ¿a quién querés amasijar?
-No pará, es para tenerlo en casa viste, con esto de la inseguridad, al final te llenan la cabeza.

En el subte, le pasó lo mismo que en el día anterior, pero, para completarla, de nuevo vió al hombre de bigotes.
Nervioso bajó en una estación antes, espero a que fueran a cerrarse las puertas y a último momento saltó al andén. Con alivio notó que el tipo seguía viaje, aunque mirándolo con cara de asombro.
¡Esta vez te cagué!, pensó, andá a seguir a tu abuela.
Caminó lentamente hasta su casa pero no notó nada raro.

Al entrar a su departamento, le llamó la atención un papel tirado en el piso. Lo habrá pasado alguien por debajo de la puerta, se dijo.
Era una nota.
El texto lo dejó totalmente confundido y desconcertado.
FLACA NO TE SIGAS HACIENDO LA BOLUDA POQUE TE VOY A CAGAR A PATADAS. No tenía firma.
Estas pocas palabras lo hundieron en un mar de dudas. Primero, ¿por qué lo llamaban flaca en vez de flaco? Segundo, ¿qué boludes estaría haciendo como para que lo quisieran cagar a patadas? ¿Sería el autor el de bigotes?
Las preguntas saltaban una tras otra, pero no les encontraba respuesta lógica a ninguna. Pasó la noche en vela rompiéndose la cabeza. Recién a la madrugada, se le ocurrió algo razonable.
Había un error, alguien se había equivocado de piso. Justo arriba vivía una flaquita medio rapidita, seguro la nota era para ella.
Dispuesto a sacarse ese problema de encima, subió al cuarto piso y pasó el papel por debajo de la puerta del departamento que quedaba justo arriba del suyo.
No había terminado de pararse del todo cuando la puerta se abrió de golpe. Un tipo grandote, apareció en la entrada llenándola casi totalmente. Tendría unos cuarenta y cinco años y llevaba el pelo muy corto. Se quedo un momento mirándolo fieramente, para luego agacharse a recoger la nota y echarle una rápida ojeada.
Él, lo reconoció enseguida, pese a que siempre llevaba puestos un par de anteojos negros y ahora no. Se lo había encontrado más de una vez en el ascensor. Nunca cambiaron una sola palabra, el hombre pasaba a su lado como si no existiera y en más de una oportunidad le pareció notar un gesto de desagrado porque le hubiera parado el ascensor en el tercero, para bajar el también.
La cara del individuo, ahora, se había puesto roja, los ojos parecían echar chispas. Lo agarro de la corbata y comenzó a zamarrearlo como si fuera un pelele, mientras le decía:
¡Así que sos vos el hijo de remil putas que esta jodiendo a mi hija! No hubo tiempo para réplica alguna.
Lo llevó a los empujones hasta la escalera. De una tremenda patada en el culo lo mando para abajo.
¡Porquería de mierda! ¡No vale la pena gastar una bala en vos, pero te juro, si volvés a aparecer o te me cruzas en algún lado, te cago a tiros!

Dolorido y humillado, se metió en su departamento. Pasó un largo rato sentado, para poder serenarse un poco. Este energúmeno no bromea, se dijo. Tuvo que cambiarse los pantalones, se había meado encima.
No se animaba a asomar afuera ni la nariz. Pero no tenía más remedio que ir a trabajar. Llegó tardísimo y se ligó un reto del jefe, por la hora y por su aspecto desaliñado.
Para completar, se encontró en el subte, esta vez de ida, de nuevo con el bigotudo, y notó que lo observaba disimuladamente.
Ya no le quedaron dudas, este lo estaba siguiendo y no debía tener buenas intenciones, con esa cara de asesino.
En la oficina, su compañero le dijo que el cana lo esperaba esa noche en el café. Parecía que le había conseguido algo baratito, que llevara ciento cincuenta pesos.
Esto lo reconfortó, si bien la suma le pareció una enormidad para su magro presupuesto, el hecho de salir de ahí esa noche acompañado y la posibilidad de llegar a su casa armado, hicieron que se sintiera un poco mejor.
El policía, los esperaba en una mesa tomándose un vermouth con un montón de platitos y con aires de suficiencia. Este es una rata, pensó él.
Le traía un treinta y ocho corto, lechucero, que se veía bastante arruinado y medio oxidado. Él le dijo que si bien no entendía absolutamente nada de armas, le parecía un poco excesivo el precio que le pedía por un revólver que, a simple vista se notaba, no estaba en las mejores condiciones.
El otro, largo una carcajada notoriamente falsa. Le explicó, que no debía fijarse en el aspecto, todo lo que necesitaba era una buena limpieza y que si le parecía caro, no se preocupara porque esa arma se la sacaban de las manos ya mismo. Era imposible que consiguiera otra, sin número, por esa miseria y que después de todo él no la usaría, seguramente, en ningún concurso de tiro.
Estas y algunas razones más, sumadas a su ignorancia, y a la necesidad que creía tener, de estar armado lo más pronto posible, le hicieron pagar ya, sin chistar.
El vendedor, una vez embolsado el dinero, se fue alegremente, dejándole la cuenta de la consumición a pagar, igual que la de su amigo.
Por suerte, esa tarde había pedido un adelanto de doscientos pesos, que le alcanzaron justo para pagar todo. Ya vería como sobrevivir el resto del mes.

Regresó a su casa dando una larga caminata, para no gastar más plata.
Esta vez caminó con paso seguro, sintiendo el peso de su arma en el bolsillo y mirando con cara desafiante a todo aquel que creía que lo estaba mirando.
Antes de entrar al edificio, miró detenidamente para todos lados, primero para ver si lo seguían y segundo para asegurarse de no toparse con el del cuarto. Observó con alegría que no había en ese momento nadie en los alrededores. Seguramente nadie habría pensado verlo volver tan tarde un día de semana.
Una vez arriba, se dedicó con cariño, a limpiar y aceitar, su chiche nuevo. Tenía nada más que cinco balas, por cierto, con un aspecto bastante añejo. Las limpio lo mejor que pudo. Cuando tuviera unos pesos vería si conseguía comprar nuevas. En general, pese a sus esfuerzos, el conjunto no mejoró mucho. Sin embargo, se sentía realmente feliz con ese artefacto y se pasó horas, apuntado y gatillando para todos lados, por supuesto sin balas.
Frente al espejo, practicó largo rato, sacándola y disparándole velozmente, a su propia imagen. Se sentía un cowboy o un gangster de Chicago.

Nervioso y alerta, con los músculos en tensión, tampoco esa noche durmió mucho.
Viajó mirando para todos lados, tratando de descubrir si alguien lo estaba observando. Sobre todo lo preocupaban eso dos tipos con anteojos negros que, sentados un poco más atrás, se hacían los que leían el diario. No había notado en qué momento subieron y se sentaron. En la calle, cada dos pasos, se paraba y observaba con detenimiento para saber si era seguido.
Cuando por fin se sentó frente a su escritorio, notó extrañado, que ahora eran sus compañeros los que lo miraban con cara rara y hasta le pareció ver algún signo de inteligencia entre dos de ellos.
Sin hablar con ninguno y en total silencio, pasó el día haciéndose el que trabajaba, mientras con disimulo, los estudiaba a todos, tratando de pescar algún comentario adverso a su persona.
A la salida, se dirigió a la calle Florida donde con paso rápido trato de perderse entre la gente. Con cautela y siempre vigilante, tomó esta vez un subte diferente y en dirección contraria a su domicilio. Dejó pasar un par de estaciones y velozmente, bajando, subió al coche que salía para el otro lado. Convencido de haber despistado a sus posibles seguidores, hizo las combinaciones necesarias para regresar a casa.
Como nada en el entorno le llamó la atención, bastante más tranquilo, buscó la llave en su bolsillo.
Cuando iba a introducirla en la cerradura, sintió a sus espaldas, unos pasos rápidos, que lo hicieron sobresaltarse. De un brinco se dió vuelta y vió espantado al hombre de los bigotes negros que, con una extraña expresión en el rostro y con cortos, pero apresurados pasos, se dirigía hacia donde estaba él.
Saltó al medio de la vereda dispuesto a salir corriendo. Pero, recordando que ahora estaba armado, sacó su revólver decidido a terminar este asunto de una vez por todas. Apuntó directo al individuo que se acercaba gritando algo que no alcanzo a entender, y disparó.
Con horror, comprobó que sólo se escucho el “clic" del percutor.
Nuevamente volvió a gatillar, esta vez sí, con potente estampido y notoria cantidad de humo, la bala había salido, dejando un pequeño orificio, señal de su paso, en la vidriera de la florería.
Con apuro y tratando de apuntar mejor, repitió la operación. El ruido fue ahora mucho mayor. Aparentemente, la traba del viejo artefacto, no resistió. Realmente resultaba increíble ver la gran cantidad de trozos de metal que podía producir una cosa tan pequeña. Habían quedado, acompañados de uno que otro dedo, desparramados por todos lados.
Uno de estos pequeños trozos, se le clavó en medio de la frente. Otro le entró por el ojo y quedó instalado en su cerebro.
La gente se arremolino a su alrededor al igual que el hombre de los bigotes, que lo miraba despavorido.
Paró un patrullero, que por casualidad pasaba, rumbo a la pizzería.
Uno de policías hacía preguntas al portero del edificio, mientras el otro, notando que todos se separaban del bigotudo, dejándolo sólo, fue directamente a interrogarlo.
-¡A ver usted, explíqueme inmediatamente qué está pasando acá!.
- No sé agente, yo venía apurado a mi casa por que no llegaba al baño y este loco de mierda se puso a gritar que me iba a matar y empezó a los tiros. Parece que le explotó el revólver en la cara.
-¡Ajá! ¿Y usted dónde vive?
- Acá nomás, en el edificio de al lado.
-Bueno está bien, vaya a su casa, cámbiese de ropa y después venga a seguir contándome.
-Gracias agente, bajo enseguida.

Tenía razón el gallego, los sueños son una porquería, o algo así.

---------------------------------------------------------2005

1968 - Pelea en La Boca

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1992 - En Colaboración

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1994 - Florentina

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0,70 x 0,80


1996 - Chiquitita

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Acrílico sobre tela
0,40 x 0,50



El Cocinero

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Remigio Rodríguez Rufino, era natural de Riosa, pequeño pueblo de Asturias.
De padres campesinos pobres, pasó una infancia dura y llena de privaciones.
Llegado a la mayoría de edad, dejó su tierra natal en busca de mejores oportunidades. Era ya, para este tiempo, un joven fuerte y trabajador, dispuesto a progresar a costa de cualquier sacrificio.
Pronto se da cuenta que en su país no existe posibilidad alguna de salir de pobre. Menos aún, si toma en cuenta, que dada su edad, es probable que termine alistado en la milicia o enviado al norte de África a alguna colonia, como “voluntario”, de la legión.
Escapa entonces a Portugal, donde consigue embarcarse rumbo al Brasil.
Por fin después de un viaje, que se le hace interminable, y después de haberse pasado días tirado, vomitando, enfermo y sintiéndose un desgraciado, llega a la mítica América. Acá, dicen, el dinero está tirado en las calles.
Lamentablemente para él y pese a reconocer las innegables bellezas del país, sobre todo, la de las mulatas, Brasil, es sumamente caluroso.
No soporta el calor que lo deja tirado y sin ganas de nada.
Continúa entonces su largo periplo, rumbo al sur, en busca de climas más benignos.
Se instala un tiempo en Montevideo, donde se siente mucho mejor.
En uno de sus innumerables cafés, consigue trabajo como lava copas y aprende el oficio de mozo, oficio que más tarde, le servirá, cuando salte el charco y se traslade a Buenos Aires.
En esta ciudad entra a trabajar en una confitería de la Avda.de Mayo, pero ya, con status de mozo experimentado.
Es entonces cuando deja de ser Remigio. Su nuevo apelativo será Gallego.
Que lo llamen de esta forma le desagrada bastante y no pierde oportunidad de recordarles, airadamente, a quienes quieran escucharle, que es asturiano.
Pese a todo, pronto olvida sus protestas, al notar la ofensa de sus patrones, que sí, son gallegos. Se consuela pensando que Galicia, en una época, perteneció a Asturias y por último no son tan diferentes gallegos de asturianos. Malo hubiera sido que lo llamaran a uno andaluz o gitano. Esos tipos que se la pasan dando pataditas en el suelo y revoleando sus manitas al aire, que parecen moros cuando cantan y que mucha navaja y poco trabajo, que a eso si le temen.

Trabaja día y noche como una mula, decidido a juntar hasta el último centavo para poder comprar su propio bar. Vive en una piezucha, que más parece madriguera, en el fondo de un conventillo del barrio sur.
En el inquilinato, conoce a una agraciada joven boliviana, de nombre Rosa Anunciada Mamani, la que un tiempo después, pasa a ser su concubina.
Transcurren para la pareja, algunos meses de algo parecido a la felicidad, al cabo de los cuales, ella le da la desagradable noticia de su embarazo.
Esta noticia lo pone realmente furioso, de sólo pensar en los gastos que se le avecinan, rechina los dientes y se arranca los pelos en espantosos ataques de ira.

Nueve meses después, como la mayoría de los críos, nace Romualdo.
Deberán pasar otros siete años, antes que Remigio pueda hacerse del capital necesario para abrir su primer bar. Le ofrecen entonces un buen local en el barrio de Liniers dando frente a la Avda. General Paz, próximo a la terminal de ómnibus.
En este lugar, ante la persistente insistencia de su esposa, deja de lado su idea inicial de poner un bar-café y termina abriendo un restaurante, con comidas típicas bolivianas.
En los primeros tiempos todo anda bien, el negocio no es del todo malo.
Su mujer se ocupa de la cocina, mientras él atiende las mesas. Cosa ésta no del todo agradable, le molestan demasiado estos tipos que huelen a coca y se maman como locos con cingani o cerveza.
Pasados los primeros meses, Rosa Anunciada, agotada tal vez por el trabajo y la atención del pequeño, cae enferma. Remigio, desesperado por que no puede conseguir un cocinero boliviano, que acepte cobrar el sueldo que pretende pagar, debe hacerse cargo de la cocina.
Una cosa era ser mozo y otra muy distinta ésta, de estar metido allí adentro con tremendo calor y preparando esas comidas extrañas y llenas de picantes.

Hasta esa época, el niño, que ya estaba por cumplir los nueve años, tuvo una infancia feliz, o al menos así la recordara él. Pero, su madre muere y su padre, que era un bruto simple, deja de serlo, para convertirse simplemente en un bruto o peor aún, en un bruto resentido. Resentido sobre todo con su muerta mujer, a la que achaca toda sus desgracias por haberlo llevado a abrir ese horrible boliche.
Para vigilarlo de cerca, según dice, y para ahorrarse un sueldo, hace trabajar a su hijo de lava copas.
El niño se convierte en el blanco de todas las rabietas del padre, con él se desquita de todas sus frustraciones y resentimientos.
Le costaran todavía dos años más, a Remigio, poder desprenderse de ese local.
Abre entonces un nuevo restaurante, éste en el barrio de Las Cañitas, es por supuesto, mucho más elegante y con comensales menos olorosos. De todas formas, no dejan de ser desagradables, éstos son más prepotentes y con grandes humos de gente bien.
Las comidas que cocina siguen siendo una porquería, pero de otro tipo.
Para aliviárselas un poco, asciende a Romualdo a ayudante de cocina. O sea que además de lavar copas y baños, el aún niño, debe preparar gran parte de las comidas.
Transcurren así los años. Cambian los locales y los nombres de los restaurantes. Cambian también los barrios y los clientes, pero Romualdo sigue metido en el lugar que mas odia, la cocina. Está por cumplir los veinte años, ya es el cocinero oficial, pero se ha convertido en un extraño ser.
Bajo de estatura, tirando a gordo, con espesas cejas y tupida barba que no condicen con su rostro aindiado y de marcado color moreno, especie de maloliente nibelungo, que vive entre flameantes hornos y hornallas. Parco en palabras y decididamente hosco, le resulta muy difícil cualquier tipo de comunicación con las personas.
Pese a esto, ante la insistencia de su padre, que no lo ve muy interesado en el tema, se casa con Romina Alderete, jovencita paraguaya, que oficia de mesera. Ésta, pese a su relativamente corta edad, es madre de un niño de unos dos años de edad, al que ha puesto de nombre Roque Remigio.

Pasados unos meses de su casamiento, en cierta oportunidad, encuentra a su padre secreteado alegremente con Romina y a ésta coqueteándole descaradamente. Si bien esto no le produce ninguna molestia, no deja de extrañarle la actitud de ambos. Días después, ve con verdadero asombro, al viejo, siempre tan duro y seco, jugueteando amorosamente con Roque. Ese crío mal educado, llorón y lleno de mocos le resulta sumamente desagradable y a partir de ese momento el desagrado pasa a ser decididamente odio.
No le asombra, en cambio, el día que ve salir a su mujer, acalorada y a medio vestir, del dormitorio de su padre. Pese a la estrechez de su cerebro, algo así estaba imaginando desde hacía ya bastante tiempo. Superando el miedo que siente ante las inesperadas reacciones de ella y a su carácter realmente podrido, se decide a increparla, pensando que es lo indicado en estas circunstancias.
Ella lo paró en seco, diciéndole que a él qué carajo le importa lo que haga ella, que por último Remigio es un verdadero hombre que sabe darle a una, todo lo que una mujer necesita, no como vos porquería que lo único que sabés hacer es pasártela entre las ollas y los sartenes.
Ante esta chorrera de palabras, Romualdo agachó la cabeza y rumiando algunas maldiciones, mientras pensaba en futuras venganzas, marchó a su cocina, especie de ergástulo, donde pasaba sus días, odiando a todos y a todo.
Para ese entonces, Romina, había sido ascendida a adicionista y desde su nuevo puesto manejaba con mano férrea al personal y controlaba con mirada de águila, sobre todo, las ganancias, los gastos y las cuentas bancarias.
No pasaría mucho tiempo, para que Remigio, aquejado de extraño mal, muriera entre horribles convulsiones.
Romualdo, con gran felicidad, ve próximo el día de su libertad, pero, pronto una noticia, que parece una broma cruel del destino, lo hace caer en terrible desesperanza y en gran angustia.
La tal noticia es que ha aparecido un testamento, donde el muerto, reconoce como propio al hijo de Romina, cosa que todo el mundo sospechaba. En el mismo, deja sus bienes, en partes iguales a sus dos hijos, pero, nombrando a la madre del menor, albacea de lo heredado por los dos, hasta la mayoría de edad de este último.
No pocos problemas le causa tratar de entender cómo, de golpe, pasa a ser padrastro de su hermano.
Nuevamente, agachando la cabeza, vuelve a su trabajo habitual. Cada vez más hosco y reconcentrado, aguantando además los malos humores y constantes reprimendas de su mujer, que ahora actúa, tiránicamente, como dueña absoluta del boliche.
Roque, que no hace absolutamente nada, se dedica a basurearlo cada vez que se cruzan, lo llama gordo boludo y se ríe descaradamente de él.

De golpe, ocurre un trágico e inesperado hecho. Faltando poco tiempo para que Roque cumpla la mayoría de edad, éste, su madre y treinta parroquianos que cenaban esa noche en el restaurante, mueren con los mismos raros síntomas, con que falleciera tiempo atrás Remigio.
Este extraño caso, llama la atención de la policía y de jueces varios que resuelven iniciar una exhaustiva investigación. Lo único que queda claro es que Romualdo ha desaparecido y nadie puede dar noticias de su paradero. Aparentemente el mismo día del tremendo hecho, con alguna argucia legal ha conseguido dejar en cero todas las cuentas bancarias.

Muchos meses después, algunos turistas, cuentan que creen haber visto, en una lejana isla del Pacifico sur, a un individuo, que respondería a la descripción física del desaparecido. Dicen que, al preguntar por él a los habitantes del lugar, éstos refieren que en realidad lo que más les llama la atención de este simpático y tímido señor, es el hecho de que se alimenta solamente con comestibles que se puedan comer crudos y que vive en las afueras del poblado, en una pequeña, pero confortable casita que, sin embargo, no tiene cocina.

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1969 - Lo más mejor

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Óleo sobre hardboard
0,50 x 0,52


1999/2004 - La gorda

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Acrílico sobre tela
1,00 x 1,20


2004 - Mira que lindo lo que hice

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Acrílico sobre composé de telas
0,80 x 1,00


Mi amigo Pablito

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Yo tenía para esa época, más o menos siete u ocho años.
Es la edad en que uno empieza a tener verdaderos recuerdos, de años anteriores se recuerdan hechos puntuales, que vaya a saber por qué, quedan grabados.
Vivía, en aquel entonces, en un tranquilo barrio de las afueras, lleno de baldíos y potreros, donde pasábamos el día jugando.
En verano, cazábamos mariposas o sea, a ramazos, matábamos montones por pura diversión. ¡Había tantas!
Influenciados tal vez, por el odio ancestral de los quinteros para con los pobres zorzales, salíamos con nuestras gomeras a matar pájaros.
En esto, yo me destacaba por no ser capaz de acertarle a nada. Envidiaba la puntería de los mayores.
Un buen día en que toda la banda estaba de cacería, vi a un pájaro en lo alto de un eucalipto y sin dudarlo, le apunté y disparé, con tan buena puntería, que cayó a mis pies fulminado. Con cara de suficiencia, los llamé para mostrar mi hazaña. Miraron al pajarito y con cara de desprecio, me dijeron ¡Animal, a los horneros no se les tira!
Nunca más le tiré a un pájaro.

Para esa época, decía, se mudó al barrio un pibe nuevo. Un lindo chico, según mi madre.
A mí, de entrada me pareció buena persona, pronto nos hicimos amigos.
Se llamaba Pablito Aimar, como el actual jugador de fútbol, no se si tendrían algún parentesco, no creo, simplemente serían homónimos.
Teníamos la misma edad. Además de ser macanudo, poseía algunas cualidades que pronto hicieron que lo admirara.
La primera y más notable, era su agilidad. De un brinco, era capaz de subirse a una pared bastante alta y correr por ella con total seguridad, y sin el menor temor. Sus saltos eran increíbles. Corría por la cumbrera de un techo y de allí saltaba a una medianera y de ésta a la rama de un árbol o al piso, siempre caía bien y con suavidad.
Nos pasábamos los días juntos, jugábamos, andábamos en bicicleta o explorábamos los alrededores.
Sin embargo, algo extraño había en él. De pronto en lo mejor de un juego o de un paseo, decía ¡Me tengo que ir! Y sin más explicación salía corriendo. Más de una vez intenté seguirlo, pero cuando llegaba a la esquina donde había doblado, o a la puerta de calle por donde había salido, ya no lo veía más.
Cuando se es chico, no se juzga demasiado o se averiguan cosas de un amigo, se es amigo y listo. Pese a esto, poco a poco, más cosas me iban llamando la atención. Primero habían sido sus movimientos y su agilidad, luego sus repentinas escapadas, ahora me daba cuenta del extraño ronroneo que hacía cuando estaba concentrado en algo.
Al principio, a mis preguntas contestaba con evasivas, pero con el correr de los días, aunque con cuenta gotas, fue contestando algunas de mis inquietudes.
Me contó que padecía una extraña enfermedad. Era prácticamente desconocida ya que afectaba solamente a una persona cada trescientos cincuenta millones. Aparentemente su tatarabuela la había contraído en su juventud, en un viaje a Egipto. Desde entonces se trasmitía, a través de las mujeres de la familia, pero se manifestaba solamente en algunos varones. En las mujeres se daba como una toxoplasmosis, más o menos intensa. En los hombres adquiriría formas más complicadas. Se la conocía como el mal de Catkingsohn. No pude saber más.
Todos estos datos, que tal vez podrían haber preocupado a una persona de más edad, a mí no me afectaron en lo más mínimo y nuestra amistad continuó igual que siempre. Seguíamos explorando casas deshabitadas y patiperreando felices. Ahora que digo patiperreando, me acuerdo que los perros no le eran para nada simpáticos. Me causaba mucha gracia verlo enfrentarlos, mostrándoles los dientes y haciendo un extraño bufido, que, generalmente, los hacía salir corriendo con el rabo entre las patas.

Un día, llegamos hasta una vieja casa abandonada. Estaba bastante alejada, dentro de lo que había sido el campo de los Lacroze.
En el momento en que llegábamos, se largó una tormenta impresionante. Caía una cortina de agua, viento y unos truenos que daban pavura. Muertos de risa, corrimos a buscar refugio en el interior. Adentro llovía casi tanto como afuera, pero encontramos una habitación pequeña que se mantenía seca. Por las estanterías que quedaban, se veía que había sido una especie de despensa o depósito.
Se hacía de noche y la tormenta era cada vez peor, ya casi no se veía. De pronto, un fuerte golpe de viento, cerró la puerta. Por más que pusimos todas nuestras fuerzas, nos fue imposible abrirla.
Aparte de la puerta, la única abertura era una pequeña ventana. Estaba muy alta, y pese a que sus vidrios estaban rotos, era muy chica como para que pudiéramos salir por ella.
A mí me dió un ataque de pánico, recuerdo que sentía a Pablito, haciendo unos ruidos raros. Me largué a llorar como un loco y estoy seguro que en ese momento, con la luz de un relámpago, alcancé a ver a un gato, que salía por la ventana.
Me debo haber desmayado, por que no recuerdo nada más, hasta que vi. entrar a mi padre y a mi madre que llegaban a buscarme. Parece que me volví a despatarrar.
Estuve en cama, con fiebre, delirando y con unas pesadillas que despertaban a toda la familia con mis gritos. Esto duró como una semana o más. Cuando esto fue pasando y volví a mis cabales, me contaron que Pablito había llegado empapado y bastante asustado, a avisarles que me había quedado encerrado. Aparentemente él había podido salir por la ventanita. Luego al preguntar por él, me enteré, que se había ido con sus padres, a pasar un tiempo en casa de unos parientes en Esquel o el Bolsón, no sabían muy bien.
Tiempo después recibí una tarjeta postal de la zona. Me contaba que se quedaban a vivir en Cholila. El padre parece que había conseguido un buen trabajo y la madre era maestra en una escuela. El se estaba dedicando a hacer averiguaciones y recogiendo datos sobre la vida de Buch Cassidy y el Sundance Kid en la región. De él no me decía nada más. Nunca la contesté por que no daba dirección a dónde hacerlo.

Pasaron unos cuantos años, de mis andanzas infanto juveniles, ya ni me acordaba. Trabajaba de encargado en un negocio de ropa y artículos deportivos. Entre sueldo y comisiones por ventas, redondeaba una buena entrada mensual. Estábamos haciendo planes, con Irene, mi novia, para casarnos antes de fin de año y si bien prácticamente vivíamos juntos, ella quería formalizar y casarse por iglesia.

Una noche que estábamos en mi casa, los maullidos lastimeros de un gato, no nos dejaron dormir hasta la salida del sol.
La cosa se repitió las noches siguientes. Pasó una semana y el maldito gato, no paraba con sus gritos y nosotros no dormíamos. Por fin, me decidí, busqué mi viejo veintidós, abrí la ventana y le disparé.
Los maullidos cesaron como por encanto. Convencido de haberle dado un buen susto, esa noche dormí tranquilo.

A la mañana, al salir al jardín, vi con espanto, junto a la tapia del fondo, a un hombre tirado. Tenía un pequeño agujero de bala en la frente. Horrorizado, descubrí en él, a mi amigo Pablito.
Fue tal la angustia, que entré a la casa decidido a suicidarme, pero con bronca, descubrí que había gastado la última bala.
Me fui entonces a la estación de trenes, dispuesto a tirarme ante la primera formación que apareciera. Me paré al borde del andén, y cuando vi venir al tren, cerré los ojos y sintiendo que llegaba, me tiré a las vías. El golpe en la cabeza contra las piedras, me hizo abrir los ojos, con desesperación vi que me había equivocado. El tren que había visto llegar, era el trencito a puerto Madero. Estaba en la otra vía.
Rápidamente, se tiraron a las vías varias personas y algunos policías ferroviarios, creyendo que mi caída se debía a un accidente.
Cuando comprendieron, que lo mío había sido intencional, me sacaron de la estación a patadas en el culo.
Frustrado, avergonzado y más apenado aún, fui directo a uno de esos edificios de más de veinte pisos que hay sobre Rivadavia.
Iba dispuesto a tirarme desde la azotea.
En el momento que entraba una señora, me metí. Con ella comprobamos que había corte de luz, por lo que los ascensores no funcionaban.
Protestando, la mujer, emprendió el lento ascenso, vivía en el segundo piso. Yo le dije que iba al quinto y arranque con todo. Esta vez tenía que ser la vencida.
Me encontraron tirado en el piso diecisiete con un preinfarto. Me internaron en el Posadas y cuando me dieron el alta me encontré con una consigna policial en la puerta de la sala. Estaba acusado de asesinato. Terminé, esta vez, internado en Devoto.
Los muchachos me recibieron muy bien, mis muy crecidas hemorroides me hacen sumamente popular.

______________________ 2006.

1990 - El Espejo

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1990 - Jhonny Walker

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