Funes el memorioso

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De pequeño viví durante algún tiempo en un diminuto pueblo, en el interior de la
Provincia de Buenos Aires. El pueblo se llamaba Juan N. Fernández.
Me imagino que seguirá existiendo.
En el cursé los primero grados de escuela.
En realidad, mis recuerdos de esa época son escasos. Probablemente, el pueblo en si, no debía tener nada interesante. Calles de tierra, los cordones de las veredas muy altos, una plaza con árboles raquíticos, una iglesia insignificante, los grandes baldosones colorados del piso de la escuela, un Ford T, pintado de marrón claro y la cantidad de extraños objetos que se apilaban en el almacén de ramos generales.
Tal vez, haciendo mucha memoria aparecería algo mas, pero no creo que mucho.
En cualquier sentido que uno caminara, a las pocas cuadras, la vista se perdía en los inmensos campos que nos rodeaban.
En cambio, si recuerdo a algunos de mis compañeros de colegio. En especial a uno. Se llamaba Funes, creo que Ricardo de nombre, pero no estoy muy seguro, generalmente, nos llamábamos por el apellido, acostumbrados a escucharlos todos los días en la lista que cada mañana, pasaba la maestra.
En verdad, me acuerdo ahora de él, debido a un hecho fortuito que hace que regrese en estos momentos del pasado. Me doy cuenta que lo tenía totalmente borrado de mi memoria.
Sigamos hablando de Funes.
Vagamente, recuerdo su aspecto físico. De escasa estatura, más bien flaco, con cabellos ensortijados y piel color cetrino, no se diferenciaba en nada de otros muchos chicos. Haciendo memoria, lo más recordable de él, es justamente, su memoria. Era capaz de recordar todo. Lo que oía, lo que veía, lo que pasaba a su alrededor, las formas, los movimientos, los cambios climáticos, que se producían en cada instante y las sensaciones, que todas estas cosas juntas le causaban mientras las registraba. Para peor, si se veía obligado a referir cualquier hecho o circunstancia, se le sumaban, a aquel recuerdo, todo lo acaecido durante el relato.
Pronto dejo la escuela. Aprendía todo a una velocidad pasmosa pero, por supuesto, de memoria, se le hacía muy difícil razonar.
Supimos, que pasaba gran parte de su tiempo tratando de olvidar algo, por insignificante que esto fuera. Lo malo, era que a más de no conseguirlo, lo único que lograba era recordar todos los esfuerzos realizados para olvidar. Faltando poco para final de ese año, a mi padre lo trasladaron en su trabajo. Nos mudamos a Mar del Plata.
El cambio de paisaje, me resultó impactante. El descubrimiento del mar, la vida en una gran ciudad, la nueva escuela, todo hizo que prontamente, fuera olvidando mi vida anterior y sus circunstancias.

Pasaron los años.
Escapando al insoportable verano porteño, no hace mucho de esto, me hice una escapada a esquiar a Chamonix. Conocía prácticamente todas las pistas europeas, sin embargo no sé porqué, estas tenían para mí un encanto especial.
Antes de mi regreso a la Argentina, decidí hacer una corta visita a Martincito, un querido primo, que a la sazón, vivía en Roma.
Me recibió con gran alegría, ya que hacia mas de un año que no nos veíamos. Lamentablemente al día siguiente, contra su voluntad, no tuvo más remedio que dejarme solo ya que debía atender importantes asuntos en su estudio de arquitecto. Para no aburrirme, dado que el día frío y desapacible no invitaba a ninguna actividad en exteriores, me metí en un cinematógrafo cercano. La película que proyectaban era francamente mala.
A la mitad de la misma me levanté y salí de la sala. Afuera llovía. Por suerte descubrí en las proximidades una vieja librería, que a más de refugio, me dio la oportunidad de realizar una de mis actividades favoritas, revisar libros. Por pura casualidad, encontré un pequeño libro, escrito por ese extraordinario actor, que fuera Vittorio Gassman. Se llamaba Vocalizzi y era una edición de Longanesi de Milán. No quiero aburrirlos, contándoles mi gran admiración por este talentoso actor, al que había tenido el gusto de ver en memorables actuaciones en el Piccolo Teatro, hasta las últimas en Buenos Aires, donde lamentablemente, el hijo no estuvo a la altura del padre. En cine, creo haber visto prácticamente todas sus películas y de su obra literaria, había leído “Un grande avenire dietro le spalle”, su tierna y cínica autobiografía.
De regreso en la casa me dediqué a leerlo con fruición. Se trataba de un tomo de no más de ciento cincuenta páginas. A una breve pero encantadora introducción, seguían poesías del autor y luego de estas una segunda parte compuesta de traducciones al italiano más o menos libres, de poemas de diferentes autores. Entre estos últimos encontré, no sin sorpresa, una de Jorge Luis Borges. Me encantó. Decididamente me predispuso a retomar, en la primera oportunidad, la fenomenal obra de este autor.
Caminando por Buenos Aires una agradable tarde de otoño, buscando algo para leer, en una librería de usados, di con un libro de Borges. Se trataba de un tomo de una Antología personal, que había editado el diario Clarín. Al revisar su índice, descubrí con alegría, que dos o tres trabajos que en el se publicaban, no los había leído. Uno en especial, me resultó muy notable y me dejo lleno de dudas, se llamaba “Funes el memorioso “. Me parecía imposible que el autor hubiera conocido a mi antiguo compañerito de colegio.
Ya en casa leyéndolo detenidamente, encontré una serie de similitudes y grandes diferencias, entre mis recuerdos y el relato.
Primera coincidencia, y no menor, las características del personaje y su apellido. No así sus nombres. El que yo conocí, según creo recordar, se llamaba Ricardo, mientras que el nombre del otro, era Ireneo. Este murió en 1889, y el otro fue mi compañero en 1940. En el mejor de los casos, podría llegar a ser un nieto o bisnieto del primero, pero Ireneo era oriundo del Uruguay y me es absolutamente imposible llegar a saber hoy, si algún Funes, se hubiera trasladado a la provincia de Buenos Aires.
Otra sugerente, aunque no demasiado importante, coincidencia, es que Borges conoció al tal Funes, durante una visita a la estancia de los Haedo en Fray Bentos. Yo vivo en la localidad de Haedo, partido de Morón y la ciudad uruguaya, en la actualidad es portada de todos los diarios por el conflicto con las papeleras.
Por desgracia, no logro similitud, entre la calidad de lo escrito, por el ya fallecido autor, y lo mío.
Mi gran duda hoy, es que al no poder comprobar parentesco, lo que explicaría una posible herencia de las cualidades recordatorias, es saber si estas cualidades no son inherentes al apellido. Deberé investigar mas este tema.

____________________2007

6 comentarios:

SÍSIFA dijo...

Hola, querido Carlos. Ya lo estaba extrañando. ¡Qué historia tan mágica! ¿Qué estará haciendo su Funes ahora? ¿Qué habrá hecho con su vida? ¿Habrà aprovechado su don? ¿O se habrá vuelto loco? Un abrazo gigante.

Carlos Podesta dijo...

Gracias por tu afectuso comentario.un beso.

SÍSIFA dijo...

¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Por qué ese cuadro tan hermoso se llama El estafador y la princesa? Y no se vaya a enojar conmigo por favor pero permítame decirle algo como admiradora que soy de su obra: lo único que no me parecen genialidades son los títulos, creo que hasta desmerecen un poco la conmovedora belleza de su pintura, por ejemplo, Me parece que vi un lindo gatito... es como si a la Gioconda o a la Monalisa la hubieran titulado La tía Chola pensando en el Bartolo, o algo así... Salvo Instrospección y Tristeza primaveral, pienso que Usted se achica a la hora de nombrar algo tan bello, ¿por qué algo poético y sublime se va a llamar de manera prosaica y de entre casa? Por favor, no se vaya a enojar, es sólo una humilde opinión de alguien que lo valora muchísimo.

Carlos Podesta dijo...

Tratare de ser breve. Supe conocer a un señor, muy parecido al del cuadro, que tenia como profecion, confesa, estafador. Vivia este señor en la casa de una señora mayor, a la que le alquilaba una habitacion. Esta señora tenia todos los muebles, incluso la lampara sel dormitorio, forrados con cretonas floreadas de todos los colores. Lo atendia muy bien, pese a que solia llegar totalmente borracho. El la llamaba princesa y ella se derretia.Algun dia te contare la historia completa.

Leguar dijo...

Si sigue existiendo. En la zona de Necochea y vecino a La Dulce. Conozco por allí y tengo parientes en los tres lugares. Muy bueno el cuento y los cuadros.
Saludos

Carlos Podesta dijo...

Gracias por el dato. Efectivamente, de muy niño, cuatro o cinco años, vivi en el pueblo. Dale manija a tu blog qie es muy bueno. Chau