Diría Alberto Balaguer Mendoza:

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Un traidor suele ser, simplemente eso, un traidor y de un traidor solo se puede esperar una traición...
¡Guarda, cuídense que anda suelto! Si los cacha se da vuelta.
¿No es así Don Cleto?

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1970 - Domingo de lluvia

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Óleo sobre tela
0,75 x 0,85
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1992 - La costurerita que dio el mal paso

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Acrílico sobre compose de telas
0,70 x 0,80
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1999 – Laura

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Óleo sobre tela
0,40 x 0,50

El turco

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Nadie sabía muy bien cuando o como había llegado.
Algunos suponían que lo hizo con Pigafetta a bordo de la nao Trinidad, otros aseveraban en cambio, que llego como marinero de la goleta Feuerland junto con Plüschow. Me inclino a darle mayor credibilidad a la segunda posibilidad ya que no encontré, en los detallados escritos del lombardo, ninguna referencia a su persona. (Ver “Relación del primer viaje alrededor del mundo” de Antonio de Pigafetta.). Tampoco aparece, nombrado para nada en “Sobre la Tierra del Fuego “, del famoso marino-aviador pero, por una cuestión de fechas, supongo más razonable esto último.
El hecho de no figurar en este libro, podría deberse a un problema de seguridad ya que, como es bien sabido, salió de su Polonia natal, con gran sigilo por la manifiesta enemistad que le demostraron sus vecinos.
El hecho es que, fuera como fuera, el polaco Karol Klitenic se quedó en Tierra del Fuego hasta el final de sus días.
Sólo unos pocos sabían porqué, a un tipo medio rubión, bastante colorado y con ese apellido, le decían El Turco.
Aparentemente esto se debía a la rara costumbre que tenía de tomar por detrás tanto a las ovejas como a las señoras. Esta rara costumbre parecería ser la que produjo el disgusto de sus conciudadanos, quienes le achacaban el desfloramiento de varios jóvenes de respetables familias.
Sin embargo jamás aceptó ninguno de los cargos que se le hacían justificándose, en cambio, diciendo que la gente era incapaz de comprender su total falta de interés en la trascendencia a través de la descendencia.

En su deambular por la isla, conoció a Popper, ese otro extraño personaje, que al frente de su grupo de aventureros se dedicaba, como negocio a buscar oro y como deporte a matar indios. Esto último, fue lo que decidió su pronta y alegre unión a las huestes del rumano.
Una vez más, su extraña costumbre, le produjo problemas.
Sus compañeros lo expulsaron de la casa comunitaria donde se alojaba y no tuvo más remedio que construir su vivienda personal con champas de pasto, igual a las otras, pero un poco mas pequeña y alejada del resto.
Dispuesto a no pasar solo las frías y húmedas noches, consiguió la compañía de una joven selknan. Ésta, aparentemente, se sentía mal pensando que su familia la repudiaría por cohabitar con un blanco. Para evitarle a su compañera este sufrimiento, los eliminó a todos. Esta noble actitud fue muy valorada por el resto de los integrantes del grupo.
Pese al mejoramiento de su situación, su espíritu inquieto, le indicó la necesidad de buscar nuevos horizontes. En realidad influyo en su decisión, la persistencia con que Popper pretendía ubicar el faltante de una respetable cantidad de oro.
Vendió entonces, a la que cariñosamente llamaba su india de mierda, al integrante del grupo con el que menos mal se llevaba. Si bien había intentado en varias oportunidades, sin éxito, sodomizarlo, éste no le guardaba rencor.
Una fría noche partió tierra adentro, sin que nadie se enterara.

Llegado que hubo a un hermoso bosque, pensó que este era un buen lugar para desarrollar algún tipo de industria maderera. Idea que dejo de lado viendo que, ni Tolhuin ni Cami, se habían fundado aún.
Se radicó entonces en Ushuaia. En esta ciudad por suerte nadie lo conocía y en ella seguramente podría hacer buenos negocios.

Allí conoce al que a la postre sería su socio y mentor. Se apellidaba Ferrari, pero lo conocían como El Chino. Este Ferrari era un sargento retirado, no por su gusto, de la Federal.
Se hacía evidente que le era conveniente estar a la mayor cantidad de kilómetros de Buenos Aires.
A poco de cambiar las primeras palabras, comprobaron que los unían tanto sus posiciones morales como filosóficas y una gran comunión de ideales. Resuelven entonces reunir fuerzas en pos de lograr la concreción de dichos ideales comunes.
Abren, en las afueras del pueblo, un cabaret. Lo denominan El mono azul.
La competencia era mucha y con el correr del tiempo comprobaron que su facturación era muy pobre.
Puestos a hacer un análisis detenido de la situación, llegaron a la conclusión de la urgente necesidad de efectuar serios cambios en su negocio.
Sus competidores, habían importado mujeres del norte, tanto argentinas como chilenas y hasta alguna europea en decadencia.
Ellos en cambio, por ahorrar dinero, se habían conformado con salir a cazar a algunas yámanas, traer de puerto Williams a tres o cuatro alacalufes, más un par de onas del interior de la isla, que les vendió a buen precio Ramón Lista.
En principio creyeron ofrecer así un amplio espectro como para satisfacer las necesidades de los marineros que llegaban a ese puerto en busca de cariño. Lo que no tomaron en cuenta, era que la gran fealdad de sus pupilas, sumado al olor que despedían, sobre todo las costeñas, mezcla de ballena en descomposición y a cholga ahumada, no las hacía para nada apetecibles.
Decidido entonces el cambio, ponen en venta a sus dependientas. Con gran pena deben liberar a gran parte, por no haber quien se interese en las mismas.
El siguiente paso fue importar del norte a un reducido grupo de muchachas tobas. A estas las vistieron con polleras de vivos colores.
En el local pintaron grupos de palmeras y cambiaron el nombre del cabaret, por el de “Club nocturno el Pol Goguén del sur”.
El éxito fue rotundo. Atraídos por el ambiente exótico, marinos de paso y lugareños, colmaban las instalaciones del boliche todas las noches. Comenzó entonces una época dorada en la existencia de ambos socios.
La plata entraba a raudales, y si bien se robaban mutuamente, este era un riesgo que los dos tenían perfectamente asumido.
No obstante la bonanza, algunos nubarrones comenzaron a aparecer en el horizonte.
El comisario se ponía muy molesto, cuando notaba el interés conque su amigo lo miraba irse. A la vez, el Turco, veía con gran preocupación y nerviosismo, al otro, mirándolo fieramente y limpiando con detenimiento su pistola.
Por suerte para ellos, atraído por las pingues ganancias que dejaba el club, apareció un misterioso comprador de raro acento árabe-riojano, que ofreció por este muy buen dinero.
Concretado el acuerdo y antes que las cosas se pusieran peores, uno pa vos y uno pa mi, rápidamente hicieron el reparto y cada uno rumbeó para su lado
El chino se fue para Grande, donde ingresó a la policía territorial con el grado de Comisario Mayor. Esto le permitió mirar al futuro con renovado optimismo, sobre todo, pensando en las puertas que se abrían para sus futuros negocios. Pese a esta aparente felicidad, cada tanto, una sombra de tristeza empañaba sus ojos recordando la forma cariñosa con que lo miraba, de atrás, su ex socio.
El Turco, se quedó en Ushuaia. Hizo algunos pequeños negocios con Pascual in, sobre todo en el rubro aceites y cueros de lobo marino, pero, notando la creciente impopularidad, de su nuevo socio, prefirió alejarse de él, para no quedar pegado.
De todas formas, el dinero colectado desde su llegada a la isla le permitiría vivir un buen tiempo sin preocupaciones económico-financieras.
Pasa así un tiempo de tranquilidad y jolgorio, y pese al enojo de los Bridges y de los Salesianos abre su propio templo-misión.
La llama “La nueva misión para la liberación retroactiva”
Está dispuesto a catequizar a los indios e indias jóvenes.
Se lo acusa de querer convertir a esta misión en una nueva Sodoma, pero él, se defiende afirmando que sus intenciones son simplemente las de querer transmitir su espiritualidad a través de nuevos caminos y por medios alternativos de conocimientos retroalimentados. Nadie entendió muy bien que quería decir con esto, pero sí, estaban seguros que no debía ser nada bueno.
Si bien esta nueva ocupación no le producía ingresos notables, por lo menos, la misión, se autoabastecía con la venta de las variadas artesanías que fabricaban sus indiecitos.
Así transcurrió un tiempo de bucólica felicidad, encantado con la posibilidad que se le brindaba de introducir, casi todas las noches, a alguien, profundamente en el conocimiento.
Un hermoso y soleado día, raro para esa época de incipiente primavera, correteaba desnudo alegremente por la playa, en pos de una jovencita que escapaba lo más rápido que podían sus patitas.
Ésta se subió a unas piedras y desde allí se zambulló en las frías aguas del canal, para escaparse nadando.
Él prefirió seguirla corriendo por la costa, mientras pensaba ¡En algún lugar vas a tener que salir, turra!
Por correr mirando a la nadadora, tropezó con una piedra y cayo de cabeza al agua. Estaba realmente fría, así que rápidamente nadó hacia la parte más baja de la orilla, sabiendo que no podría resistir mucho tiempo esa temperatura. Cuando estaba ya por salir, sintió un arañazo en la pierna, era una tremenda centolla que, atraída por lo que creyó un sabroso gusanito, con una de sus pinzas, se lo cortó de un solo tijeretazo.
En esos tiempos, las centollas eran muchas y realmente grandes. Rápidamente aparecieron otras que se dieron un verdadero festín con él.
La noticia de su extraña muerte se conoció con prontitud en el pueblo, donde si bien fue festejada, no lo fue tanto como en su misión, donde a mas de los festejos, todos sus habitantes aprovecharon a desparramarse alegremente, por los bosques y quebradas del interior de la isla, para no aparecer nunca más.
El que apareció poco tiempo después, fue el Chino Ferrari, quien no dudó en enfrentar el paso Garibaldi, todavía cargado de nieve, al frente de un reducido grupo de policías
Según explicó, su mayor interés, era iniciar una investigación para aclarar las causales de la muerte de su ex socio. De paso incauto los bienes del occiso para tenerlos en custodia, según arguyó, hasta que algún familiar directo los reclamase.

Dicen, que alguien lo vió quedarse por largo rato, mirando la danza de los cochayuyos y con una lágrima en los ojos arrojar unas flores al canal.




____________________2005

21 de septiembre - Día de la primavera y cumpleaños de Alejandra

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Alejandra cuando nos conocimos en 1947

1974 - Madre e hija

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,70

1991 - Se vino el pampero

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Óleo sobre tela
0,50 x 0,60

1996 - Geisha correntina

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1996 - Geisha Correntina

Acrílico sobre tela
0,80 x 1,00

Innominato

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Se metió el cañón del arma en la boca y apretó el gatillo.
La pared quedo manchada de sangre y pedazos de sesos esparcidos por todos lados.
El otro se quedo paralizado y boquiabierto. No alcazaba a entender el extraño comportamiento del suicida.
¡Qué tremendo boludo! Se dijo por fin. Evidentemente era un boludo y un boludo es solamente eso, un boludo y de un boludo lo único que se puede esperar es que haga boludeces.
Más tranquilo, luego de este razonamiento, comprendió que debía actuar con premura.
Rápidamente buscó los papeles que había venido a buscar. En el portafolio del muerto, los puso junto con algunos documentos que le parecieron de importancia. Por las dudas, en un par de disquetes, copió los archivos de la computadora y la dejó en blanco. No sabía si había algún registro de sus actividades. Cuanto menos se lo conociera, mejor.
Limpió prolijamente todos los lugares que recordaba haber tocado y salió del edificio aparentando la mayor tranquilidad.

Se metió en el subte, bajándose en Once. Recordaba que en la calle Catamarca había visto un local donde se hacían embalajes. Allí hizo hacer una buena encomienda con el maletín que contenía los papeles, documentos, títulos y disquetes. En una empresa de micros cercana, los despacho a su nombre a la terminal de Posadas.
Ya liberado de la comprometedora carga, tomó un colectivo que lo acercaba al hotel, donde estaba parando, en la zona de Constitución.
Prefería cualquier transporte público, pese a los apretujones y al calor, que tomar taxis o remises. Era mucho más fácil pasar desapercibido.

El autobús, que ya venía bastante lleno, completó totalmente su capacidad y algo más. Molesto y acalorado, fue pasando al interior del coche y por pura casualidad, quedó pegado a la espalda de una atractiva y bien formada joven. No tenía la menor intención de molestarla, pero no había forma de apartarse.
Notó que olía muy bien. Una mezcla de perfume y desodorante, combinados con un fondo de transpiración y aroma a sexo femenino, le subían por el cuello. Él era demasiado sensible a los olores como para no sentirse perturbado y preocupado por las lógicas consecuencias, que ya se hacían sentir. Temía una reacción airada pero, por el contrario y para su sorpresa, la joven pareció que buscaba un mejor y mayor contacto. Lentamente, fue imprimiendo a sus caderas un suave y rítmico movimiento.
El micro, estaba ahora bastante menos lleno, sin embargo ninguno de los dos hacía nada por separase. De pronto, cuando él estaba a punto de explotar, ella, se separó, se dirigió directamente a la puerta y apretó el timbre para bajar.
Él se recompuso lo mejor que pudo y bajó detrás de ella.
Ya en la vereda la mujer, sin dirigirle ni una mirada, comenzó a caminar resueltamente con paso rápido. Unos metros más adelante, se detuvo ante una vidriera a hacer un detenido estudio de los zapatos que allí se exhibían.
Un rato más tarde y después de haber tomado un café, se dirigían a buen paso, hacia el hotel.

Agradeciendo a todos los santos del cielo y sus alrededores, sabiendo que lo mejor que podría haberle ocurrido, después de ese día de emociones violentas, era encontrar una niña así, subieron a su dormitorio.
Ya en la cama, ella demostró ser una verdadera maestra. Parecían interminables la cantidad de masajes eróticos, las posiciones y hermosas cochinadas que era capaz de inventar. Jugaron largo raro, hasta que él, totalmente relajado, cayó en un profundo sueño.

Despertó a la madrugada, ella ya no estaba, tampoco su billetera.
No se preocupó mucho, era muy precavido y por las dudas, había retirado de la misma, documentos y tarjetas. La plata que quedaba, la fulana se la había ganado sobradamente.
Desayunó, preparó su equipaje y luego de pagar el hotel, se fue para aeroparque, donde llego con el tiempo justo, para subir al avión que lo llevaría a Posadas.

Luego de tomar una habitación en un discreto hotel de la calle Líbano, intentó retirar de la terminal la encomienda, pero debió esperar un día más hasta que ésta llegara.
En cuanto la tuvo en su poder, a la mañana bien temprano, tomó la lancha y cruzó a Encarnación, poniendo su mejor cara de turista en viaje de compras.
Se dedicó a recorrer negocios de ropa, en esa especie de mercado persa, hasta que se convenció que nadie lo seguía. Entonces se dirigió a un local más grande, donde vendían ropa deportiva.
La empleada lo miró con cara de asombro, cuando él le pidió que le mostrara una camisa roja con flores amarillas. Desconcertada le informó que en ese negocio no vendían prendas así, a lo que él respondió exigiendo la presencia del encargado.
Este, que observaba atentamente la escena, se acercó y sugirió cortésmente a la vendedora que atendiera a un cliente que acababa de entrar. A él, le pidió que lo acompañara, ya que creía que quedaban una o dos camisas como las que buscaba.
Entraron así a un probador que tenía en la pared del fondo un gran espejo. Cerrando la cortina que cubría la entrada y al constatar que no eran observados por nadie, el encargado, abrió el espejo, que disimulaba una puerta. Transpuesta ésta, tuvieron acceso a un oscuro pasillo que los llevó, luego de bajar unos cuantos escalones, a una amplia habitación.
El mobiliario, compuesto por dos pequeñas camas, una mesita con una garrafita con calentador y algunos enceres de cocina, un escritorio con una computadora y pocas cosas más, le daban un definitivo aspecto de aguantadero.
Mientras esperaban la llegada de un tercero, se dedicaron a revisar los papeles y el contenido de los disquetes. Bastó un análisis superficial, para que se dieran cuenta que tenían entre sus manos una verdadera bomba. Cuando sacó todo aquello del despacho del ahora muerto, su interés era simplemente no quedar él o su gente, al descubierto, pero el resultado había sido mucho mayor a lo esperado.
Tenían ahora, pruebas irrefutables de una serie de hechos ilícitos, que implicaban a importantes personajes de la política y de las finanzas de los dos países.

Comprendieron que debían moverse rápidamente.
Él cruzó nuevamente a Posadas, desde donde efectuó varios llamados de teléfono, arreglo cuentas en el hotel y a primer hora de la mañana, regresó a Encarnación. Esta vez en colectivo. Del otro lado del puente, ya lo esperaba un auto, con el que partieron a toda velocidad para Asunción.
El viaje le resulto interminable.
Una vez en la capital paraguaya, se reunió con dos o tres, al parecer importantes funcionarios. Esa noche, pese a las invitaciones que recibiera, cayó rendido en la habitación del hotel.
Nuevamente a la mañana muy temprano, pasó a la Argentina, esta vez a Clorinda. En Formosa, luego de muchas vueltas, consiguió que en una avioneta y por una respetable suma de dinero, lo llevaran a la capital de la provincia de Salta. Lo horrorizaba la idea de tener que hacer la ruta ochenta y uno en auto, con el calor que estaba haciendo.
En la misma tuvo una larga y acalorada reunión con el gobernador provincial. Durante dicha reunión, recibieron una noticia inesperada.
La noche anterior, un voraz incendio, había destruido, una tienda de ropa deportiva en la ciudad paraguaya de Encarnación. Todavía no se sabía cómo se había originado. En su interior, encontraron cuatro cuerpos calcinados. Tan quemados estaban que era imposible identificarlos. Suponían que uno pertenecía al propietario y otro, talvez, al encargado. En el cráneo que estaba en mejor estado, se observaba un agujero, que bien podría haber sido producido por una bala, de toda forma no se podía aseverar nada hasta tanto no se realizaran todos los estudios del caso.

Reflexionando sobre lo ocurrido, tomó verdadera conciencia de la gravedad del caso y se dic cuenta de que lo seguían de cerca. Debía apresurar las cosas.
Partió a la mañana siguiente, en el Beechcraft de la gobernación, rumbo a La Rioja, donde se entrevistó con un importante empresario y con personeros de un gobierno anterior. Uno de éstos, le presentó a una joven, que si bien le pareció medio tonta, no estaba mal del todo. Tenía unos grandes ojos negros, como de vaca degollada, pensó y una gran boca de sonrisa estereotipada que le daban aspecto de boba. Después de todo, con los días de tensión y fuertes emociones que venía teniendo, se dijo que mal no le vendría una noche de relax, con esta provinciana con cara de turca.
Ella aceptó la invitación a cenar y él pronto se dió cuenta de sus humos de gran dama y de sus pretensiones de aristócrata. Era notorio que los viajes a diferentes países, que había hecho acompañando a su padre, le habían llenado la cabeza de mierda. Ahora estaba radicada en Miami y sólo esporádicamente regresaba a su provincia natal.
Esa noche en la cama, debió reconocer que le hubiera resultado mucho más agradable haber salido a buscar cualquier chinita, antes que aguantar a esa estúpida y frígida mujer. Lo peor, era que debía tratarla con cuidado, en atención a sus relaciones y parentescos. Era toda gente con la que no le convenía estar en malas relaciones en estos momentos.

Se la sacó de encima lo mejor que pudo y habiendo terminado con los encuentros y conversaciones que lo habían traído hasta aquí, resolvió viajar a Buenos Aires lo antes posible. Esta vez lo haría en una aerolínea comercial.
Pocos minutos después de iniciado el vuelo y cuando se disponía a pedirle a la azafata que le alcanzara un whisky, vio con asombro por la ventanilla, que de una de las turbinas, salían llamas y humo negro. Segundos después explotaba, mientras la otra, simplemente dejaba de funcionar. Por más que el piloto intentó, no pudo llegar a Pajas Blancas. El avión se estrelló en plena sierra. No hubo sobrevivientes.

En el listado de pasajeros que entregó la empresa, figuraban cuarenta y un personas, incluida la tripulación, sin embargo, los rescatistas encontraron cuarenta y dos cuerpos. El cuerpo encontrado de más, no pudo ser identificado, ya que pese a tener con él cuatro documentos de identidad con diferentes nombres, eran todos falsos.
Nunca se pudo saber quién era realmente, no existían registros sobre su persona.
En cuanto al famoso portafolio y a su contenido, tampoco se pudo saber nada. Simplemente desapareció y nadie llego a conocer su existencia.

______________________2005-

A DESCACHARRAR A DESCACHARRAR QUE SE VIENEN LOS MOSQUITOS !

1953 - Jorge

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Óleo sobre hardboard
0,30 x 0,37
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1998 - Rubro 58

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Acrílico sobre compose de telas
0,80 x 100

1997 - La mujer del policia, se aburria cuando el mariso no estaba?

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Boceto

Acrílico sobre chapadur

0,30 x 0,40

Probablemente, Alberto Balaguer Mendoza, se hubiera preguntado:

"Si el chancho que desparramo la gripe era norteamericano ¿ Habra sido un chancho republicano o una chancha demócrata?

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Un fin de semana en el Delta

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Caminaba por la calle Corriente, como siempre, ensimismado y pensativo, cuando de pronto, una fuerte palmada en la espalda, me trajo a la realidad. Era Ricardo, un amigo de la infancia, hacía añares que no nos veíamos,
_ ¡Que hacé, zombi! ¡Siempre en la nuve vo!
Pese a tener un poco más de panza no había cambiado nada, igual que antes, seguía bromista, medio pesado y bastante pasado de revoluciones.
Nos fuimos a tomar un café. Con su verborrea habitual me contó, en diez minutos toda su vida y la de algunos viejos amigos más.
Estaba feliz de encontrarme porque justo la semana venidera, pensaba festejar su cumpleaños. Había organizado, junto con otros dos de la antigua barra, una festichola.
De entrada el asunto no me gustó nada. El programa era pasar sábado y domingo en una casa de su propiedad en el Delta, por supuesto incluía asado corrido y alguna sorpresita como para pasarla bomba. Intente alguna excusa, pero no hubo caso.
Me corrió por el lado de la nostalgia y de la alegría que le causaría a los otros el verme aparecer. Además podríamos darnos el gusto de pescar unas buenas tarariras, y hasta por ahí, algún lindo doradito. Al cuete explicarle que a mí la pesca, me parecía la cosa mas aburrida del mundo y el pescado de río me parecía un espanto.
No tuve más remedio que aceptar.

Ocho y veinte de la mañana, nos encontramos en la estación de tigre.
Saludos, abrazos y José mientras, intenta estacionar su coche, resultado final, cuando llegamos al muelle vimos como se alejaba la lancha. La siguiente salía recién a las catorce y treinta. Tomarla significaba perder prácticamente el día, el viaje era, más o menos de dos horas y media,
Quedaban dos opciones, volvernos a casa o tomar otra lancha, que salía a las nueve pero, dejaba en un arroyo del otro lado de la isla.
Según Ricardo, la caminata no era muy larga y además existía la posibilidad de encontrar a un vecino amigo, que nos alcanzaría en su lancha.
Pese a mi opinión en contrario, optaron por tomar la lancha colectiva.

Dos horas veinticinco minutos después, desembarcábamos en el muelle de una bonita casa.
En el mismo, un cartel rezaba: “Prohibido desembarcar propiedad privada”.
Salió a recibirnos un señor con cara de pocos amigos. ¡¿Ustedes no saben leer?! Fue lo primero que dijo.
Pese a las explicaciones de Ricardo diciéndole que íbamos a la casa vecina, que el lanchero nos había informado que tenía el muelle roto, no cambio su cara de culo.
Cuando nos alejábamos lo oíamos murmurar que a él eso le importaba tres carajos, que si al estúpido ese, los lancheros brutos le habían roto el muelle, que se joda y un montón de cosas más, que ya no llegamos a entender.
Caminamos unos doscientos metros, por una vereda muy bien afirmada, bordeada por setos de ligustrina y matas de hermosas hortensias, hasta llegar a la casa del señor, que supuestamente debía llevarnos en su lancha. Estaba todo cerrado y la altura del pasto, indicaba que nadie había estado por allí, en un largo tiempo. Era de imaginar, de acuerdo a como empezaba todo en este fin de semana.

Cargando bolsos, bolsitos, bolsas y bolsitas, desandamos el camino, tratando de pasar frente a la casa del tipo desagradable, lo más rápido posible. Por la misma veredita avanzamos unas siete u ocho cuadras, hasta llegar a un lindo puente que cruzaba un zanjón que venía del interior de la isla. No pasamos por el mismo, nos internamos en cambio, caminando sobre la defensa que bordeaba dicho zanjón.
Esta defensa, que evitaba en parte que el agua cubriera todo, estaba hecha con la misma tierra del dragado. En su parte superior, que era por donde caminábamos, medía unos sesenta centímetros de ancho, pero a medida que avanzábamos, la falta de mantenimiento, la reducían a menos de treinta centímetros. La humedad habitual de estos lugares, sumada a la lluvia que no había parado durante la semana anterior, la convertían en una pista de patinaje, donde se hacía casi imposible mantener el equilibrio. La humedad, el calor sofocante y los mosquitos, sumados al barro y a los resbalones, convertían a nuestra marcha, en lenta y penosa. Si bien los otros, parecían mas acostumbrados que yo a estos avatares, el humor había decaído y más que risas, se escuchaban puteadas.
Casi una hora después, cuando ya creía desfallecer, vi a la distancia, sobre nuestra ruta, una modesta vivienda. Se levantaba a orillas del zanjón, que a esta altura, no era mucho mas que una zanja maloliente.
Incluso se alcanzaba a distinguir una pequeña construcción sobre la misma zanja. Sufrí una gran desilusión al enterarme que ese no era el fin del recorrido. Llegando casi a la casita, en realidad un ranchito, dimos con los restos de lo que fuera un puente. Por él debíamos haber cruzado. Unos metros más adelante, un par de tronquitos, habían sido colocados, en su reemplazo.
Creo que si no hubiera sido por el fastidio de reandar lo hecho hasta allí, habría dado vuelta sin más,
Alentado, al ver cruzar a mis compañeros sin mayores problemas, lo intenté resueltamente.
También, resueltamente, patiné, y fui a dar al fondo del zanjón. En él quedaron rotas dos botellas de vino, mi orgullo y gran parte de mi dignidad. Por el olor, comprendí que funciones cumplía la pequeña construcción, vista anteriormente.
Entre las risas, de mis amigos y las de los isleros, que habían salido al escuchar voces, conseguí salir de tan embarazosa situación.
Estaba cubierto de pies a cabeza de una mezcla de barro y mierda, que hizo que todos se apartaran de mí, como si tuviera la peste.
Continuamos internándonos en la isla, ya no teníamos como camino a la defensa, ahora avanzábamos por una estrecha y barrosa picada. En realidad, apenas una huella, que pronto se fue perdiendo. De ahí en más, seguimos adelante, con el barro o el agua a la altura de las rodillas, entre espadañas y plantas pinchudas. Todo sazonado con todas las especies de zancudos conocidas y algunas más.
Luego de más o menos media hora de este suplicio, fuimos a dar a una forestación que recientemente había sido talada. Los troncos ya se los habían llevado, pero las ramas no. Todo el terreno estaba cubierto por ellas, lo que hizo peor aún nuestro avance. Por suerte, encontramos las vías de decauville por las que habían sacado la madera, aún sin levantar. Estas nos permitieron, salir en poco tiempo más, a la costa del arroyo. Por él, apareció un islero, navegando en un pontón. Respondió a nuestro llamado y por unos pesos, nos llevó sin inconvenientes a nuestro destino, del que estábamos ya bastante cerca.

El muelle donde desembarcamos, no ofrecía mucha seguridad. En realidad, era un antiguo y deteriorado muelle, que había sido reparado con palos de sauce.
La casa, era una especie de prefabricada, que parecía hacer equilibrios, en la punta de unos palos raquíticos. A un costado, una construcción, parecida a un rancho de adobes, ya casi tapera, completaba el lamentable aspecto edilicio de la propiedad.
Lo que debía haber sido el jardín, era un terreno descuidado, que daba la impresión de nunca haber sido desmalezado.

Mientras mis amigos abrían la casa para ventilarla y trataban de buscar algo de leña seca, yo lo único que quería, era sacarme la ropa maloliente y lavarme.
Armado de un balde, me fui directamente al muelle. En él, aprovechando que un tropezón me había mandado al agua de cabeza, me bañé prolijamente y lavé toda mi ropa. Todo quedó de un leve tinte amarronado, pero al menos no olía a mierda.

Almorzamos unos salamines, queso y algunas aceitunas, o sea lo que debió haber sido una picada. El asado se pospuso para la noche.
La lluvia caída durante toda la semana, sumada a que el agua había estado arriba, hizo que no se pudiera encontrar un solo palo seco en toda isla. El bolsón de carbón, que cargamos gran parte del camino, había quedado abandonado, porque total para que cargarlo cuando en casa podemos usar leña.
Después de tan opíparo almuerzo, busqué un lugar donde poder dormirme una siesta. Encontrada que hube una reposera, coloquéla bajo umbrío árbol. Experimentaba las bonazas del primer adormecimiento, cuando el ruido del motor de una lancha que atracaba en el muelle, me despabiló. Era una taxi, que nos traía a las sorpresitas.

Las sorpresitas eran dos pibas. Una tendría con suerte, dieciocho años, la mayor, alrededor de los veinticinco. Tenían más cara de miseria, hambre y miedo, que de putas. Sonreían tontamente, tratando de agradar. Lo del hambre, lo demostraron comiéndose hasta la última miguita de lo que había sobrado de nuestro almuerzo.
Mis amigos, mientras tanto ponían cara de galanes y se hacían los seductores, a la vez que decían los chistes de peor mal gusto que he escuchado.
Sentí verdadera vergüenza ajena.
Y no es que tuviera nada contra las putas, todo lo contrario, las respeto, creo que son necesarias y que brindan un importante servicio. No creo que ninguna se dedique a este desagradable oficio por gusto. No obstante, una cosa es una profesional, que sabe porqué, cómo y cuándo, y otra muy distinta, estas pobres pibas miserables.

Así entre bromas estúpidas y manoseos, subieron a la casa. Me excuse de acompañarlos diciendo que algo de lo comido, me había caído muy mal y que tenía una diarrea tremenda, en cuanto pudiera subiría.
Esto dio lugar a grandes risotadas y tuvieron un buen motivo para decir todo tipo de pavadas.
Busqué nuevamente, la comodidad de la reposera, e intenté descansar un rato. Cada tanto, me llegaban desde la casa las risotadas. Al rato, se asomó uno que me gritó que me apurara, que me estaba perdiendo lo mejor. Realmente no sé a que se referiría, pero conteste que enseguida iba. Tres cuartos de hora después, lo sentí gritarme nuevamente ¡Dale boludo que si las locas pierden la lancha de vuelta, las tenemos que aguantar toda la noche!
Esta vez preferí no contestar, y trate de mantener la calma.

Por fin, llegó la hora de la lancha y las pibas se fueron. Note que mientras se embarcaban, me miraban con cierta extrañeza.
Mis amigos, con caras satisfechas, no terminaban de contarse y contarme, las grandes aventuras amatorias de ese día. Por supuesto, omitiré los detalles, me resultaría vergonzoso tener que repetir tanta gansada desagradable.
Algo me quedó claro, estos eran realmente, unos verdaderos gansos.
Debería haber tomado yo también esa lancha, pero mi ropa estaba totalmente empapada, tendría que aguantarlos hasta el día siguiente.
Lo que no me quedó tan claro y en cambio quedo dando vueltas en mi cabeza, fue una sospecha. Era algo que subyacía en el fondo de estas historias. ¿No sería que toda esta promiscuidad, no fuera otra cosa que una excusa para toquetearse entre ellos, aprovechando la oscuridad?

Por suerte pasó la lancha almacén, que venía muy atrasada. Pudimos comprar carbón. Esa noche por fin, comimos un buen asado.
Me dediqué a comer a dos carrillos y a tomar vino, después de todo era lo mejor que había ocurrido, en este desagradable día.
Me trataron de intelectual paspado, tirifilo y cagón de mierda. No les di ni pelota, hubiera terminado a las trompadas.

Nos fuimos a dormir temprano, estábamos cansadísimos.
La noche no quiso ser menos que el día.
La cama que me tocó en suerte, tenía el elástico de malla metálica, totalmente vencido y uno quedaba hundido en un pozo.
El colchón era una maza húmeda, con un olor insoportable a moho.
Los mosquitos, de tamaño gigante, se dedicaron a dejarme sin gota de sangre. Las cucarachas, que infectaban la casa, se pasearon alegremente por mis brazos y cara. Pude comprobar, que el contacto de sus patas pinchudas, es una de las sensaciones más desagradables y duraderas. Otra espantosa sensación que descubrí esa noche, fue el sentir a un mosquito revolotear enredado en los pelos de mi nariz..

Sería las tres de la mañana, cuando tuve que levantarme para hacer pis. Me llamó la atención, al asomarme a la puerta, el brillo de la luna en el agua. Pronto descubrí, que estábamos totalmente rodeados. La casa parecía un barco en alta mar.
En ese mar, boyaban las sillas, la mesa y cuanta cosa habíamos usado y dejado abajo. Por supuesto, gran parte de la ropa que había dejado secándose, también navegaba lentamente.
A los gritos, los obligué a despertarse. Me costó bastante hacerles entender lo que pasaba, mientras aguantaba sus puteadas
No tuvimos más remedio, hubo que meterse, con el agua a la cintura, y a la luz de una linterna, juntar todo lo que flotaba, antes que la corriente se lo llevara.
Cuando terminamos la interesante tarea, descubrimos que a Jorge, le habían aparecido unas feas manchas rojas en las piernas. Probablemente se debieran a algún tipo de alergia, el asunto era que le picaban bastante. Como no había en la casa nada mejor, se me ocurrió hacerle una friega con ginebra. Fue una pena desperdiciarla así, pero le hizo bien, a la mañana las manchas prácticamente habían desaparecido.
Terminamos lo que quedaba de la noche, muertos de frío, envueltos en mantas y tratando de calentar agua para hacer café, en un viejo, mal oliente y humeante, Bran Metal.
Amaneció a las seis y media, una densa bruma cubría todo y la temperatura había bajado notoriamente. Por suerte el agua, también había bajado un poco. A las ocho, esta vez con el agua a la rodilla, salimos a ver que más podíamos rescatar. Salvamos algunas cosas que habían quedado varadas en un parte mas alta del terreno y otras hundidas, con las que por casualidad tropezamos.

Por fin a las dos de la tarde, apareció la lancha que nos llevaría de regreso. Habíamos estado parados media hora en el muelle, con el agua a media pierna. Estábamos muertos de frió y de hambre. Al carbón se lo había llevado el río y lo poco que teníamos comible, sin necesidad de ser cocinado, se había acabado temprano a la mañana.
Yo tenía mi ropa empapada, me sentía afiebrado, me dolía todo y estaba furioso.
Llegamos a Tigre, nos despedimos rápidamente, con frío y fríamente.
Nos prometimos llamarnos.

Pasé una semana en cama, con fiebre, anginas, engripado, enculado y qué se yo con cuántas porquerías más.
Al Delta no he vuelto, creo que deberá pasar mucho tiempo antes que lo haga.
De mis amigos no he tenido más noticias, espero no volver a tenerlas.

_________________2006.

1968 - 21 de septiembre - 2

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Óleo sobre tela
0,40 x 0,80
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1985 - El petiso tomaba mate todo el día

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Boceto

Óleo sobre tela
0,30 x 0,50
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1992 - El estafador y la princesa

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Acrílico sobre composé de telas
100 x 130
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Funes el memorioso

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De pequeño viví durante algún tiempo en un diminuto pueblo, en el interior de la
Provincia de Buenos Aires. El pueblo se llamaba Juan N. Fernández.
Me imagino que seguirá existiendo.
En el cursé los primero grados de escuela.
En realidad, mis recuerdos de esa época son escasos. Probablemente, el pueblo en si, no debía tener nada interesante. Calles de tierra, los cordones de las veredas muy altos, una plaza con árboles raquíticos, una iglesia insignificante, los grandes baldosones colorados del piso de la escuela, un Ford T, pintado de marrón claro y la cantidad de extraños objetos que se apilaban en el almacén de ramos generales.
Tal vez, haciendo mucha memoria aparecería algo mas, pero no creo que mucho.
En cualquier sentido que uno caminara, a las pocas cuadras, la vista se perdía en los inmensos campos que nos rodeaban.
En cambio, si recuerdo a algunos de mis compañeros de colegio. En especial a uno. Se llamaba Funes, creo que Ricardo de nombre, pero no estoy muy seguro, generalmente, nos llamábamos por el apellido, acostumbrados a escucharlos todos los días en la lista que cada mañana, pasaba la maestra.
En verdad, me acuerdo ahora de él, debido a un hecho fortuito que hace que regrese en estos momentos del pasado. Me doy cuenta que lo tenía totalmente borrado de mi memoria.
Sigamos hablando de Funes.
Vagamente, recuerdo su aspecto físico. De escasa estatura, más bien flaco, con cabellos ensortijados y piel color cetrino, no se diferenciaba en nada de otros muchos chicos. Haciendo memoria, lo más recordable de él, es justamente, su memoria. Era capaz de recordar todo. Lo que oía, lo que veía, lo que pasaba a su alrededor, las formas, los movimientos, los cambios climáticos, que se producían en cada instante y las sensaciones, que todas estas cosas juntas le causaban mientras las registraba. Para peor, si se veía obligado a referir cualquier hecho o circunstancia, se le sumaban, a aquel recuerdo, todo lo acaecido durante el relato.
Pronto dejo la escuela. Aprendía todo a una velocidad pasmosa pero, por supuesto, de memoria, se le hacía muy difícil razonar.
Supimos, que pasaba gran parte de su tiempo tratando de olvidar algo, por insignificante que esto fuera. Lo malo, era que a más de no conseguirlo, lo único que lograba era recordar todos los esfuerzos realizados para olvidar. Faltando poco para final de ese año, a mi padre lo trasladaron en su trabajo. Nos mudamos a Mar del Plata.
El cambio de paisaje, me resultó impactante. El descubrimiento del mar, la vida en una gran ciudad, la nueva escuela, todo hizo que prontamente, fuera olvidando mi vida anterior y sus circunstancias.

Pasaron los años.
Escapando al insoportable verano porteño, no hace mucho de esto, me hice una escapada a esquiar a Chamonix. Conocía prácticamente todas las pistas europeas, sin embargo no sé porqué, estas tenían para mí un encanto especial.
Antes de mi regreso a la Argentina, decidí hacer una corta visita a Martincito, un querido primo, que a la sazón, vivía en Roma.
Me recibió con gran alegría, ya que hacia mas de un año que no nos veíamos. Lamentablemente al día siguiente, contra su voluntad, no tuvo más remedio que dejarme solo ya que debía atender importantes asuntos en su estudio de arquitecto. Para no aburrirme, dado que el día frío y desapacible no invitaba a ninguna actividad en exteriores, me metí en un cinematógrafo cercano. La película que proyectaban era francamente mala.
A la mitad de la misma me levanté y salí de la sala. Afuera llovía. Por suerte descubrí en las proximidades una vieja librería, que a más de refugio, me dio la oportunidad de realizar una de mis actividades favoritas, revisar libros. Por pura casualidad, encontré un pequeño libro, escrito por ese extraordinario actor, que fuera Vittorio Gassman. Se llamaba Vocalizzi y era una edición de Longanesi de Milán. No quiero aburrirlos, contándoles mi gran admiración por este talentoso actor, al que había tenido el gusto de ver en memorables actuaciones en el Piccolo Teatro, hasta las últimas en Buenos Aires, donde lamentablemente, el hijo no estuvo a la altura del padre. En cine, creo haber visto prácticamente todas sus películas y de su obra literaria, había leído “Un grande avenire dietro le spalle”, su tierna y cínica autobiografía.
De regreso en la casa me dediqué a leerlo con fruición. Se trataba de un tomo de no más de ciento cincuenta páginas. A una breve pero encantadora introducción, seguían poesías del autor y luego de estas una segunda parte compuesta de traducciones al italiano más o menos libres, de poemas de diferentes autores. Entre estos últimos encontré, no sin sorpresa, una de Jorge Luis Borges. Me encantó. Decididamente me predispuso a retomar, en la primera oportunidad, la fenomenal obra de este autor.
Caminando por Buenos Aires una agradable tarde de otoño, buscando algo para leer, en una librería de usados, di con un libro de Borges. Se trataba de un tomo de una Antología personal, que había editado el diario Clarín. Al revisar su índice, descubrí con alegría, que dos o tres trabajos que en el se publicaban, no los había leído. Uno en especial, me resultó muy notable y me dejo lleno de dudas, se llamaba “Funes el memorioso “. Me parecía imposible que el autor hubiera conocido a mi antiguo compañerito de colegio.
Ya en casa leyéndolo detenidamente, encontré una serie de similitudes y grandes diferencias, entre mis recuerdos y el relato.
Primera coincidencia, y no menor, las características del personaje y su apellido. No así sus nombres. El que yo conocí, según creo recordar, se llamaba Ricardo, mientras que el nombre del otro, era Ireneo. Este murió en 1889, y el otro fue mi compañero en 1940. En el mejor de los casos, podría llegar a ser un nieto o bisnieto del primero, pero Ireneo era oriundo del Uruguay y me es absolutamente imposible llegar a saber hoy, si algún Funes, se hubiera trasladado a la provincia de Buenos Aires.
Otra sugerente, aunque no demasiado importante, coincidencia, es que Borges conoció al tal Funes, durante una visita a la estancia de los Haedo en Fray Bentos. Yo vivo en la localidad de Haedo, partido de Morón y la ciudad uruguaya, en la actualidad es portada de todos los diarios por el conflicto con las papeleras.
Por desgracia, no logro similitud, entre la calidad de lo escrito, por el ya fallecido autor, y lo mío.
Mi gran duda hoy, es que al no poder comprobar parentesco, lo que explicaría una posible herencia de las cualidades recordatorias, es saber si estas cualidades no son inherentes al apellido. Deberé investigar mas este tema.

____________________2007